octubre 28, 2020

La Virgen María: errante eterna (entre la santidad y las amenazas de lapidación)

María simboliza el rostro femenino de Dios. Es la madre de Jesús, del maestro desgarradoramente crucificado. Desde que quedó embarazada y a lo largo de toda su vida vivió errante, huyendo de las amenazas de la lapidación, y las persecuciones viéndose forzada a peregrinar de un lado a otro durante toda su maternidad, hasta su apostolado, casi 40 años después de que pierde a su hijo en la cruz.

Pero la vida y la imagen de María, la madre de Jesús, han sido y siguen siendo permanentemente distorsionadas por el peso de su virginidad, su maternidad inmaculada, sus dones de sanación, su apostolado o su sapiencia. Y, aunque siempre vivió como fugitiva y amenazada de muerte, este lado de la historia quedó ensombrecida.

María y los Evangelios Apócrifos

Para algunos estudiosos, María fue conocida primero en el mundo islámico y aparece citada varias veces en su texto sagrado, el Corán, sobre todo en el capítulo 19 donde es representada como virgen y madre del profeta Jesús por intervención divina. Desde entonces, María es venerada en el Islam por su pureza virginal, su humildad y su piedad, que hacen de ella un modelo de fe para los creyentes.

Por otro lado, entre las diversas fuentes informativas e históricas, además de los textos considerados sagrados como la Biblia o el Corán, figuran los rollos del Mar Muerto, descubiertos a mediados del siglo pasado con más de 800 documentos que a la fecha son intensamente escudriñados por la fascinación y misterio que encierran más de dos mil años de historia. Su descubrimiento ha hecho que desde hace algo más de medio siglo se intensificaran las investigaciones sobre las mujeres que acompañaron a Jesús a lo largo de su vida y, gracias a esos hallazgos, la biblioteca personal Jorge Luis Borges, en colaboración con María Kodama, en 1985 publica los “Evangelios Apócrifos” con una precisión previa: “… junto a los libros canónicos del Nuevo Testamento estos Evangelios Apócrifos, olvidados durante tantos siglos y recuperados ahora, fueron los instrumentos más antiguos de la doctrina de Jesús. (…) Leer este libro es regresar de un modo casi mágico a los primeros siglos de nuestra era cuando la religión era una pasión”. Finalmente, en cuanto a lo apócrifo el escritor puntualiza: “La palabra apócrifo ahora vale por falsificado o por falso; su primer sentido era oculto. Los textos apócrifos eran los vedados al vulgo, los de lectura sólo permitida a unos pocos”.

Y, luego de tantos años de misterio, hoy es posible re-transitar la historia que se tejió en torno a la mujer que nunca abandonó a Jesús. Así, el Protoevangelio de Santiago, por ejemplo, describe la vida de María desde su concepción -milagrosa- hasta su supuesto matrimonio con José. Según este documento, el padre de María, Joaquín, fue un hombre rico en extremo perteneciente a las doce tribus de Israel, estuvo casado con Ana, prima hermana de la madre de Juan el Bautista, pero con la que no tuvo descendencia y, de acuerdo a las costumbres de la época, ya en el epilogo de sus vidas ambos se sentían desaventurados y objeto de maldición. Pero luego de profundas súplicas, ayuno y penitencia, como afirma el relato, son bendecidos y conciben a María.

Otros escritos dan cuenta del prodigio de la niña y sus deferentes cuidados la hacen merecedora a ser consagrada en el Templo, en medio de un ambiente paradisíaco, para ser alimentada con alimentos angélicos y custodiada por sacerdotes que se encargarían de su pureza, hasta su pre-adolescencia cuando, siguiendo las tradiciones de la época, su vida es confiada al anciano José, modesto carpintero pero del linaje de David, en un matrimonio simulado y espiritual, práctica también común en varias corrientes místicas, herederas de antiguos usos y costumbres hebreos.

La ignominia por el matrimonio y la maternidad

Y como mencionan el documento anterior o los Evangelios de Tomás, de Pseudo-Mateo, en el Libro de la Natividad de María o documentos del mundo árabe conservados en el Evangelio Árabe, cuando María tiene apenas 14 o 15 años vive la Anunciación del Ángel Gabriel quien le comunica que será madre del Hijo de Dios y queda embarazada.

Pero inmediatamente será rechazada por José, por los sacerdotes del templo y por la gente de su pueblo, que condenan su pecado, su vulnerabilidad ante la supuesta seducción y su traición.

Sin embargo, ante las amenazas de ignominia, María se enfrenta a todos: “… sin que signo de impureza apareciese en su rostro (..) dijo con clara voz para ser entendida de todos: Por la vida de Señor, Dios de los Ejércitos, en cuya presencia me hallo, que yo no he conocido ningún hombre, y más que no lo debo conocer, porque desde mi infancia he tomado esa resolución(…) Y he hecho a Dios el voto de permanecer pura para El, que me ha creado. Así quiero vivir para El solo, y para El solo permanecer sin mácula mientras exista”. Cap. XII, Evangelio Pseudo Mateo.

Hay que destacar aquí que, según la tradición judía, en esa época los jóvenes varones podían contraer compromiso matrimonial entre los dieciocho y veinticuatro años, mientras que las mujeres a partir de los doce años ya eran consideradas doncellas y a partir de esa edad podían desposarse.

Sin embargo, para las miradas comunes, incluso para las de hoy, la unión de María y José, un anciano de casi 80 años, fue considerado un acto sacrílego y objeto de todo cuestionamiento. Por ello durante su embarazo huyen de un lugar a otro, hasta que camino a Bethelehem, en medio de la aridez del entorno y la nada, se enfrenta al momento del alumbramiento, lo que les obliga a cobijarse en una gruta subterránea sin claridad, pero que -según los registros- se iluminó con la sola presencia de María, quien está a punto de parir mientras que José corre desesperado en busca de unas comadronas para socorrer a la joven. Grande sería su sorpresa cuando al regresar encuentra a María con el niño en su regazo y para cerciorarse de la efectividad del parto una de las comadronas constata que María permanece virgen y tiene leche en los senos para alimentar a su niño.

A partir de ese momento los diversos textos, producto de la tradición oral, la religiosidad y el apego a antiguas profecías, consagran en María la maternidad divina y la reivindicación de la santidad femenina, luego de la condena padecida por la subversión de Lilith, la primera esposa de Adán, y del pecado de Eva.

Pero la vida de María desde entonces estaría permanentemente en riesgos, atravesada por la incertidumbre y amenaza, como cuando vive el repudio de José que se obliga a guardar el secreto del embarazo, hasta que en un sueño Dios le hace conocer sus designios: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» y José tendrá que acompañar a María a enfrentar y a huir de los riesgos, porque las amenazas de castigo y muerte recién comenzarían.

El embarazo será la primera amenaza. La siguiente vendría desde el mismo rey Herodes quien, al sentirse acechado por la aparición de un nuevo rey, de un nuevo mesías que llegaría para gobernar, ordena la degollación de todos los niños de Bethelehem.

Ya con Jesús niño en Judea, según diversos registros, María y José deben enfrentarse al temor y sospecha que surgen a raíz de los milagros del niño, que no ha superado los cinco años, y que incluyen resucitaciones, curaciones o sanaciones, además de diversos prodigios como la sumisión de fieras y serpientes. Pero también deban responder por las interpelaciones que Jesús realiza a patriarcas del Templo que buscan instruirlo e ilustrarlo en los mandatos de la Ley Divina y que hacen que durante buena parte de los años de infancia y adolescencia de Jesús, los tres vivan errantes, extranjeros y desterrados.

Las otras diosas, la virginidad y los arquetipos

Sin embargo, desde la perspectiva simbólica la emergencia de María en la historia, la mitología y la religiosidad judía, islámica o cristiana es una asimilación de otras deidades mucho más antiguas, adoradas en ritualidades y plasmadas en simbologías de culturas mucho más antiguas que la judía, cuyos templos contaban con estatuas de vírgenes en los que la gente ofrecía sus oraciones, sus ofrendas y sus esperanzas. Con el advenimiento del cristianismo, muchos de ellos se transformaron en templos dedicados a María, la Inmaculada Concepción.

Las religiones y las culturas de entonces ceden ante la fuerza cristiana y quienes en tiempos del imperio romano adoraban a Diana o Venus poco a poco la reemplazaron por María, la virgen madre de Jesús, relegando a sus antiguas diosas a las cimientes de nuestra memoria larga, para transformar sus nombres aunque no sus ritualidades.

Diosas antiguas, y para algunos paganas, como Lilith, Anat, Afrodita, Aradia, Artemis, Astarte, Ceres, Demeter, Diana, Eostre, Gaia, Hera, Ishtar, Isis, Juno, Kali, Minerva, Persefone o Venus ceden así su lugar y dan paso a María, la madre de Jesús. Pero dejan como legado la idea de que la virginidad tiene diversos sentidos: implica desde reivindicaciones de autonomía hasta representaciones religiosas y simbólicas ligadas a la fertilidad divina, con poco énfasis entre virginidad y castidad, lo que permite descubrir que el título de “Santísima Virgen” ya fue otorgado a otras diosas, aquellas que precisamente representaban a mujeres poderosas con autonomía, que no tenían que responder ante ningún hombre ni por ningún niño.

Para algunos estudiosos, la virginidad no estaba ligada a la continencia sexual, sino más bien a una condición emancipatoria, pero que siglos después, por la tradición cristiana, se convertiría en un acto reivindicativo del pecado original de Eva. De esta forma, durante los siglos posteriores se sublimará la virginidad física de María y la concepción inmaculada de Jesús, porque desde comprensiones literales del nacimiento virginal, Jesús es totalmente humano y totalmente divino.

Pero siglos atrás en Grecia los nacimientos virginales son parte de las prácticas de las deidades de su enorme panteón religioso y son atribuidos a personajes humano-divinos o semi-divinos, héroes o sabios como lo evidencian las historias de Pitágoras, Platón, Alejandro, Zoroastro, Sargón, Perseo, Jasón, Mileto, Minos o Asclepio, por mencionar algunos ejemplos que hoy pueden ser corroborados fácilmente en la red informática.

Otro dato significativo y recogido de los saberes populares antiguos y el arte que sobrevivió a lo largo de los siglos es la representación de las diosas como síntesis perfectas de Trinidad originaria, en la que convergían virgen, madre, sabia/bruja. Por lo que el término “doncella” usualmente era sustituido por el término “virgen” para de-sexualizar la palabra, la que a su vez asociaba a la adolescente casi niña con virgen o doncella justo al comienzo de la menstruación. De esa transición y transformación de la niña en una joven mujer, nace en muchas culturas mediterráneas la celebración de ritos en honor a la libertad de la juventud.

Joseph Campbell, uno de los mayores expertos de la mitología y religión comparada del siglo XX, une el nacimiento de Cristo con el nacimiento de Buda y denomina a ambos acontecimientos “the birth of compassion”,señalando que los héroes y semidioses nacen no de la sexualidad ni de la auto-preservación, sino de la compasión, un nacer del corazón. Visión que compartirían también las distintas corrientes gnósticas que vieron en la concepción de Jesús una realidad simbólica y de unión con el Espíritu Santo femenino, la Sophia con el Padre Dios masculino.

Por lo que esas presencias míticas, no exentas de heroísmos, a lo largo de la historia se han convertido en figuras o presencias arquetípicas, cuyas vidas se multiplicaron en réplicas comunes en diversos contextos, tiempos y espacios, anclados en antiguos pasados que tenían como plataformas comunes hitos fundantes y emblemáticos como referentes de vida y con potencialidades para dar paso al afloramiento de nuevas eras.

Por ello que es en el inconsciente colectivo estudiado y desarrollado por el psiquiatra Carl Gustav Jung que se ancla un lenguaje común a los seres humanos de todos los tiempos y lugares del mundo, constituido precisamente por simbologías comunes capaces de expresar contenidos que pueden ser interpretados más allá de los límites de la razón. Imágenes arquetípicas, que bien podrían traducirse también como imágenes ancestrales, oníricas y fantasías con motivos universales, de grandes coincidencias y similitudes, registrados y transmitidos sobre todo a través de las religiones, los mitos y leyendas, constitutivas precisamente de ese inconsciente colectivo.

De ahí que la figura de María, enfatizando en su virginidad y maternidad, se fusionará a la imagen arquetípica de las diosas pre judeo/cristinas e islámicas, para reforzar simbologías como las de la Madre de Dios, la Virgen, Sofía; los anhelos de salvación ante la condena del pecado de Eva y, como afirmaba el propio Jung, de un modo más amplio, como la base de «la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra, el monte, el mar y las aguas estancadas; la materia, el inframundo y la luna» (…) «como lugar de nacimiento y de procreación, los sembrados; el jardín, la roca, la cueva, el árbol, el manantial, el pozo, la pila bautismal, la flor como recipiente; como círculo mágico o como tipo de la cornucopia».

El poder de la maternidad

Sin embargo, el poder de la maternidad será otro de los antiguos arquetipos que se encarnarán también en la figura de María, como elemento que condensará fertilidad, fuerza creadora, autoridad femenina, magia, sabiduría, altura espiritual más allá del intelecto; lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da crecimiento, fertilidad y alimento; el lugar de la transformación mágica, del renacer; el instinto o impulso que ayuda; lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable, como puntualizará C. G. Jung en su obra Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Un inconsciente colectivo que también fue objeto de interpretaciones, redefiniciones, concentraciones de poder y cientos de miles de intencionalidades religiosas y dogmáticas.

Así, María fue el símbolo que se usó en las escrituras canónicas para condenar al embarazo y reivindicarla virginidad sublimada, dejando de lado paradójicamente e invisibilizando la historia que narra cómo en vida huyó como fugitiva y errante para evitar la lapidación, cuáles fueron sus poderes de sanación y su fuerza protectora, capaz de sobreponerse al peor de los dolores. Sin embargo, su impronta femenina se reivindicaría a lo largo del mundo con reedificaciones en su honor, festividades y cientos de miles de ritualidades para recordarnos, a través de los siglos y los milenios, el rostro femenino de Dios.

 

*          Feminista queer y periodista

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