octubre 21, 2020

¡La soberanía alimentaria, es urgente! Comida S.A. (Food INC)

La película Comida S.A. (Food INC) descubre la actividad criminal que las grandes corporaciones realizan con el alimento que se consume, especialmente en los países desarrollados, revelando un aspecto terrorífico y escalofriante de la industria alimenticia que, bajo la imagen de una producción agraria natural, esconde la deformación total de los animales, la tierra, los alimentos.

En Bolivia tenemos una resistencia, muy bien fundada, a las grandes corporaciones porque vivimos y sentimos en nuestro propio cuerpo los resultados del saqueo al que fuimos sometidos. Toda la imagen de eficiencia, prestigio, lujo, prosperidad que pretenden dar las corporaciones con esa prepotencia -que en última instancia es el uso del poder-, han tenido poco efecto en la población boliviana, por lo menos, en términos de poder negar el modelo neoliberal en el cual se amparaban.

Aún, a pesar de toda esta resistencia, es difícil imaginarse el alcance y los efectos que tiene la penetración de las grandes corporaciones en la totalidad de nuestras vidas, por ejemplo, en el consumo de electrodomésticos, telecomunicaciones, internet, consumo de cultura, etc. Pero esta vez, queremos referirnos específicamente a lo que hacen con los alimentos.

Según esta producción videográfica, la remodelación de la industria de los alimentos comenzó en los Estados Unidos con la iniciativa de la comida rápida, cadenas que hoy a nivel planetario son especializadas en unos pocos productos y, además, son pioneros en establecer procesos de factoría para mantener salarios bajos; pues, estas cadenas que revolucionaron el estilo de comer resultaron tan exitosas, que son ahora las mayores demandantes de carne. Debido a su exigencia de uniformidad aplicada intensivamente -es decir que la carne tenga el mismo gusto, olor y forma en todas partes- obligaron a cambiar el modo de producir la carne. Al subir estrepitosamente la demanda comenzaron a tener proveedores de su misma dimensión. Las cinco principales empresas de carnes de res en los Estados Unidos dominan el 70 % del mercado, aunque no se coma en un restaurante de comida rápida, de igual manera se consume ese tipo de producto.

Como se tiene que criar una mayor cantidad de cabezas de ganado para poder cumplir con los requerimientos de mercado se rellena a las vacas con maíz (transgénico y su semilla está patentada por un gran consorcio privado) para hacerlas engordar y crecer rápidamente, el maíz resulta ser un cereal muy barato, pero además no pastean libres en las praderas sino que están amontonadas y mezcladas con su propio estiércol que les llega hasta el cuello, dejaron de ser animales y se convirtieron en una materia prima viva. Las vacas de forma natural se alimentan con pasto en todo su proceso generacional, la nueva dieta de maíz les provocó resistencia generalizada a la bacteria llamada E. coli que es letal para la vida humana, y a pesar de este altísimo riesgo ya que provocó más de un desastre en cientos de consumidores, la industria en vez de dar marcha en esta irracional forma de producción, sigue incrementando los métodos “científicos”, para paliar esta infección en la carne le ponen amoniaco y óxido de amoniaco.

La hipocresía en la comida norteamericana expuesta en los supermercados, en este caso la carne, consiste en que la gran industria produce a costes bajo, sin embargo no considera los costos ambientales, de salud y toda la logística de represión para hacer cumplir sus patentes. Los resultados son alarmantes.

Se trata de la deformación global de la naturaleza, no es una modificación saludable o que provoque bienestar, se trata de una mutación de su condición básica: ser viviente. Los animales ya no son tales son objetos viviendo casi artificialmente, los productos agrícolas ya no son verduras ni vegetales por sus componentes químicos por la modificación genética de las semillas, por la alteración de los ciclos agrícolas, por los abonos químicos, por los fertilizantes, por los insecticidas. Los productos son “carne y vegetales” como una mutación difícilmente clasificable, con un altísimo grado de componentes químicos derivados del petróleo y muy contaminada.

Esta modificación de la naturaleza, no es un hecho moral, es un hecho vital, no está en cuestión si se debe o no modificar la naturaleza, esta deformación acabará en el corto y mediano plazo con las posibilidades de producción de alimentos por parte de la humanidad, pero además, se está atacando a la misma humanidad porque eso que comemos -ya no se le puede decir alimentos- son altamente dañinos, tóxicos y contaminados en todo sentido.

Todo esto está sucediendo con la “industria de alimentos” de las corporaciones porque controlan la propiedad de la tierra en sus países y en los demás países presionan para controlarla. Controlan las semillas, a través de ellas esclavizan a los pequeños productores, además presionan en todos los países para insertar estas semillas transgénicas. Controlan también los agroquímicos como otra forma de sujeción a los productores. Controlan las políticas alimenticias con la “revolución verde”, la “expansión de la frontera agrícola” y bajo el pretexto de producir alimentos baratos para todos cuando están lucrando a costa de la destrucción de toda la producción agraria y natural. Controlan la industria de los alimentos, su transformación e incluso la venta en los mercados, toda la cadena.

Pareciera que después de ver esta película uno despertara de una asfixiante pesadilla, tranquiliza y consuela un poco saber que en Bolivia todavía tenemos alimentos orgánicos, que los transgénicos no nos han invadido, que las verduras son verduras, que la carne proviene de animales naturales que comen pasto, forraje o alfa, que los pollos no son enfermos crónicos alimentados con antibióticos. En fin, tranquiliza pensar que la Constitución política propone la soberanía alimentaria donde, además de plantear el acceso a los alimentos como algo prioritario, se piensa también en la calidad de estos alimentos, en que la producción o importación no esté controlada y definida por las corporaciones. Que el vivir bien apuntale pautas culturales y civilizatorias -incluso para la alimentación-, que nos permiten cuestionar el ataque de la modernidad y sus pautas alimenticias. Que se priorice la salud, la vida, la armonía con la madre tierra.

En fin, todavía en Bolivia tenemos esperanzas, y por si a alguien se le olvidó que valoramos lo que tenemos, estamos todavía a tiempo también para luchar por nuestra soberanía alimentaria como lo hicimos por otros recursos.

*     Colectivo Wiphala.

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