noviembre 26, 2020

Bolivia – Chile: Una Vecindad Fracturada


por: Javier Murillo de la Rocha *-.


Algunas voces destempladas desde Santiago, con tintes belicistas, corresponden a un lenguaje del siglo XIX, lo que nos llevaría a pensar, que siguen vigentes todavía prescripciones geopolíticas dictadas por Diego Portales, que promueven una actitud deliberada para mantener a Bolivia, dependiente y vulnerable.

Con este título publiqué en noviembre de 2004, un ensayo en el que puse particular énfasis en la necesidad de dar una respuesta, sobre datos históricos incontestables, a la pregunta que los bolivianos nos hacemos desde hace 132 años: ¿Por qué seguimos geográficamente enclaustrados?

Comparando circunstancias, escenarios y comportamientos de los países directamente involucrados en el problema, vale decir, Chile y Perú, pero, fundamentalmente Chile, encontré que la respuesta, que buscamos tan afanosamente, era obvia: los grandes problemas internacionales, que implican límites o cesiones territoriales, sólo se resuelven cuando existe una voluntad política de las partes, más grande que los obstáculos que hay que remover para alcanzar las soluciones. Y entiéndase la voluntad aludida, conforme a cualquier diccionario, como la capacidad consciente para realizar algo a pesar de las dificultades, adversidades o contratiempos. Y esta es la condición insustituible.

No basta, en consecuencia que la causa sea justa. ¿Quién podría dudar de la justicia de nuestra causa marítima? Tampoco es suficiente la solidaridad internacional, que dentro de sus limitaciones ha estado y está de nuestra parte. Se habla mucho, con evidente superficialidad, de una supuesta incapacidad crónica de la diplomacia boliviana para haber llevado adelante negociaciones exitosas, o de la falta de creatividad en la elaboración de una propuesta. La verdad, sea dicha, nunca será suficiente la fórmula genial o una habilidad excepcionalmente eficaz por parte de los operadores diplomáticos, porque nada de esto reemplaza a la voluntad política y, lamentablemente, esa voluntad por parte de Chile ha estado ausente en todas las tratativas que nuestro país emprendió a lo largo de los pasados 132 años, con el propósito de superar nuestro enclaustramiento.

En realidad, la falta de una solución para el encierro geográfico boliviano es un fracaso de la diplomacia chilena, porque apostó a la resignación boliviana. Y apostó mal. Pensó que 132 años serían suficientes para que la demanda marítima quedara definitivamente archivada. Fue, y es un error de cálculo. Pensó, seguramente, que el régimen de libre tránsito y algunas facilidades portuarias, con las restricciones que tienen, reemplazarían la necesidad de un acceso soberano de Bolivia al Océano Pacífico. Y también se equivocó.

Ahora surgen algunas voces destempladas desde Santiago, con tintes belicistas, que corresponden a un lenguaje del siglo XIX, con amenazas de recurrir a la fuerza para hacer cumplir los tratados, lo que nos llevaría a pensar, que siguen vigentes todavía prescripciones geopolíticas dictadas por Diego Portales, que promueven una actitud deliberada para mantener a Bolivia, dependiente y vulnerable.

Corresponde, también, a una percepción equivocada el sostener que Chile mantiene una sola línea en su política exterior y que eso le da fortaleza. Eso no es real. Si comparamos las distintas negociaciones emprendidas vemos que Chile ha ido disminuyendo progresiva y sistemáticamente su voluntad y el objeto del posible acuerdo, que hoy se encuentran en su mínima expresión, hasta llegar a la negativa total en cuanto al atributo de la soberanía. Repasemos algunos datos: En 1895, a través de un tratado, ofrecía la transferencia a Bolivia de Tacna y Arica y, en su defecto, Caleta Vítor, u otra análoga. En 1950, solamente una reducida zona al norte de Arica, sin compensaciones territoriales. En 1975, una franja territorial al norte de Arica, concesión sujeta a una serie de onerosas condiciones entre las que figuraba el canje territorial. En 1987, la gestión boliviana recibe un portazo. En 2000 se admite, en Algarbe, Portugal, que existen problemas históricos pendientes que deben ser resueltos, y hoy por hoy, después de un paciente trabajo, en el marco de la agenda de 13 puntos, se excluye cualquier arreglo que considere la soberanía, con lo cual, para cumplir con un mandato constitucional, al gobierno no le quedó otra alternativa que explorar las posibilidades de acudir a un órgano jurisdiccional. La política de Santiago, no ha mostrado, en consecuencia, una sola línea excepto la de reducir, como se ha visto, su decisión para viabilizar un arreglo con Bolivia.

La siguiente pregunta, para dar coherencia a lo que sostenemos, resulta inevitable: ¿Por qué Chile, entonces, aceptó en tantas oportunidades negociar una salida soberana de Bolivia al Océano Pacífico, si no tenía la voluntad de llegar a un arreglo?

La respuesta es también simple: porque buscaba otros objetivos. En 1895, al aceptar la transferencia de Tacna y Arica, nos transfería también el conflicto con el Perú. Posiblemente nos ganábamos la enemistad de este país hermano y vecino, sin asegurarnos la de Chile. En 1950, Chile buscaba saciar la abrasadora sed del norte de su territorio con las aguas, principalmente, del Lago Titicaca, a sabiendas de que la negativa peruana, ante esa circunstancia, estaba más que asegurada. En 1975, deseaba neutralizar a Bolivia ante las amenazas del Perú, de reivindicar las provincias cautivas antes del centenario de la guerra del Pacífico, le preocupaba también las tensiones con la Argentina y el aislamiento internacional que confrontaba por la resistida figura de Pinochet al mando de la Nación. Despejados estos temores o inviables las posibles ventajas de un acuerdo, Chile perdía interés en la negociación y la llevaba a un callejón sin salida como ocurrió con la que se inició en Charaña; proceso sobre el cual es ilustrativo repasar algunos antecedentes.

El Perú tardó, es cierto, once meses, en contestar a la consulta que recibió de Chile en aplicación del Protocolo Adicional al Tratado de 1929, y lo hizo, aduciendo que dicho Protocolo establece la necesidad de llegar a un acuerdo previo, lo que implica atender ciertas condiciones que también pone el gobierno de Lima.

Chile resuelve declinar simplemente la consideración del planteamiento peruano y, a partir de este momento, se ingresa en un laberinto sin salida. Se exige a Bolivia que se decida sobre lo que podríamos llamar el precio del acuerdo, vale decir, el canje territorial. Bolivia, por su parte, exige, con razón, que Chile muestre los títulos saneados para la eventual transferencia, que no son otros que el consentimiento peruano. Chile considera que no debe hacer ningún esfuerzo ulterior para lograr dicho consentimiento y, es más, trata de endosar a Bolivia la responsabilidad de lograr la anuencia peruana, sin ser parte, pero víctima del referido Protocolo Adicional. La negociación está herida de muerte. Chile, despejados sus temores respecto del Perú ( Velasco Alvarado había sido depuesto por Morales Bermúdez) y disminuidas las tensiones con la Argentina, pierde todo interés en seguir negociando con Bolivia.

En ese escenario no existe ya ninguna perspectiva. La razón de ser del diálogo iniciado era resolver el enclaustramiento. Negada esta posibilidad, no cabía otro camino que denunciar una nueva agresión, esta vez contra la buena fe, e interrumpir las relaciones diplomáticas.

En cuanto al Tratado de 1904, este instrumento refleja en su espíritu y contenido los objetivos que llevaron a desatar la Guerra, y a consolidar sus resultados. Su meta principal ha sido la de anexar definitivamente los territorios conquistados; establecer nuevos límites, es decir, los espacios hasta donde se extendería el poder soberano del vencedor, a quien no le interesaba asegurar condiciones que promovieran hacia adelante una relación de vecindad cooperativa con Bolivia. No hay prescripciones en su texto encaminadas a promover y alentar la complementariedad armoniosa entre dos naciones vecinas. Sus cláusulas reflejan un carácter restrictivo y excluyente. No se puede considerar, como sostienen los chilenos, un instrumento libremente consentido, porque resulta un absurdo pensar que se pueda ejercer la libertad para consolidar una situación de cautiverio.

En suma, el ensayo al que me referí al comenzar este artículo, nos ha llevado a definiciones concluyentes que podemos resumirlas así:

La demanda marítima boliviana no se extinguirá por el transcurso del tiempo; No se puede compensar la pérdida de un atributo como la soberanía marítima, que Bolivia ejerció, sino con un bien jurídico, político y económico de naturaleza equivalente, lo que descarta soluciones en el marco de las facilidades portuarias o de tránsito; el problema marítimo sólo podrá ser resuelto cuando concurran en un mismo tiempo político la voluntad de Chile, el consentimiento del Perú y la convergencia de criterios en Bolivia. La voluntad de los países involucrados estará presente cuando éstos acepten, finalmente, que el enclaustramiento geográfico de Bolivia perjudica a sus intereses económicos y políticos. Entonces y no antes, cualesquiera sean las instancias a las que se recurra, se producirá la solución.

*     Ex Canciller.

Be the first to comment

Deja un comentario