octubre 23, 2020

¿Ha comenzado la era post Chávez?

La grave enfermedad del comandante Chávez ha producido variados efectos. Se pueden verificar en términos sociales, políticos, diplomáticos, militar y emocionales. Este último efecto se manifestó en la expectación ante la incertidumbre informativa sobre su real estado de salud, segundo como explosión social el día 4 de julio cuando ocuparon todas las avenidas adyacentes al Palacio de Miraflores para vivarlo y manifestarle su apoyo.

De todos los efectos, el más trascendente, el más serio, es el que se producirá en la compostura del sistema de instituciones del país, o sea en su régimen político. En este punto, la salud del Presidente se confunde en una simbiosis con la del régimen institucional. No hay modo de separarlos desde 2002. Así nació la revolución bolivariana desde la aparición mediúnica de Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992. Así se fue conformando el movimiento chavista y con esa marca se desarrolló el sistema institucional. Es una perversión de la vida social y política, con profundas explicaciones, pero esa es la realidad. Para transformarla, hay que partir de ella.

Allí, el principal efecto del cáncer presidencial se transforma en el mayor desafío político para el proceso político venezolano. Ni Chávez podrá ser el mismo, ni el régimen político podrá tener la misma dinámica que el líder le imprimía hasta antes de ingresar a la clínica de La Habana. La psico-dinámica del primero afectará la dinámica del segundo.

Ni bien pase el vendaval de la celebración de los 200 años de la Declaración de Independencia, y cuando las aguas del susto y la emoción por el retorno de Chávez se apacigüen, el debate vital para Venezuela será alrededor de la idea de cómo hacer para darle sustentabilidad institucional y social a lo comenzado en 1999.

Eso tiene dos salidas. La primera es fortalecer el régimen “hacia arriba”, es decir reforzar las instituciones desde el mismo esquema usado hasta ahora, con centro en la personalidad relevante del Presidente y sus “anillos de poder” alrededor.

La segunda es más compleja, novedosa, pero la única que podría garantizar la sostenibilidad del conjunto del sistema y sus conquistas. Se trataría de fortalecer el mismo régimen bolivariano, pero en sentido inverso, es decir, “hacia abajo”. Esto significaría empoderar a los poderosos movimientos sociales venezolanos, que de hecho ya vienen ejerciendo un aprendizaje a escala social de empoderamiento popular, desde los Consejos de Poder barrial, la central obrera bolivariana y el control obrero en las principales fábricas, las más de 1200 empresas que funcionan sin necesidad de jerarquía ni propiedad capitalista, las organizadas Federaciones campesinas zamoranas que garantizan la existencia diaria de la producción alimentaria y la organización del campesinado, los casi 20 tipos de Comités que atienden asuntos locales y de segmentos sociales, varias Misiones que tienen funcionamiento autónomo, los nuevos Comités de las nuevas Misiones de Vivienda y Agroalimentos.

En estas instituciones debería descansar el funcionamiento del régimen político, para garantizar la transición a un gobierno más colectivo, menos centrado en la indispensable figura presidencial de Chávez, pero desmedida como único mecanismo de funcionamiento.

Ese es el debate abierto. De hecho ya se viene haciendo desde el año 2008. Al comienzo será mudo e inconsciente, pero en la medida que la enfermedad modere la expansiva dinámica presidencial, se convertirá en una necesidad consciente para los movimientos sociales.

Y lo más importante. Será una medida social antibiótica para el verdadero cáncer que amenaza la política venezolana: la burocracia escandalosa, de la que muy pronto brotarán los candidatos a reemplazar artificialmente al Líder, cada uno con una solución más bonapartista que el otro.

Ese es el dilema.

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