octubre 30, 2020

Más sobre vulnerabilidad ciudadana

por: Pilar Uriona Crespo

Son las cinco de la mañana de un día domingo y, durante el viaje de retorno en la flota Bolívar desde Cochabamba a La Paz, una idea fija se instala en mi cabeza. Tengo la seguridad de que en el tiempo breve en que perdí de vista mi equipaje y el de mi compañero alguien se apoderó de ellos. Mi primera reacción es verificar si están donde los dejamos. En efecto, mi bolsa no se encuentra en su lugar y al levantarnos a buscarla terminamos encontrándola tres asientos más atrás, abierta y registrada, pero con su contenido intacto. Claro, la misma sólo traía libros, botín poco atractivo para quien pretende obtener ganancias fáciles apropiándose de los ingresos de otros y mercantilizando objetos robados. La mochila de mi compañero, en cambio, siempre permaneció en su lugar. Sin embargo, al abrirla, descubrimos que está absolutamente vacía.

Alguien inmaterial, invisible para todos, ha podido pasearse por los pasillos y acomodarse en los asientos con total calma, como si fuera algo absolutamente natural, para así poder revisar nuestras cosas y adueñarse de aquellas que considerase de mayor valor.

Las reacciones naturales brotan tras el shock: comenzamos a preguntar a los demás pasajeros si vieron algo raro que pueda ayudarnos y bajamos para informarle al chofer lo que acaba de ocurrir. La respuesta de este último nos desconcierta porque es la que menos esperábamos: comienza a defenderse sin que nadie lo atacara, señala que pone en duda que alguien nos haya robado pues nadie subió ni bajó del bus sin que el ayudante lo viera y que no se hicieron paradas en el camino. En suma, nos da entender que no detendrá la flota y que como responsable de las personas a quienes les presta un servicio no tiene el menor interés en colaborarlas.

Una vez en la terminal, pensamos en buscar a la policía turística, pero brilla por su ausencia. Y, a medida que discutimos con el ayudante que continúa cuestionando nuestra palabra, nos queda más claro que la vulnerabilidad ciudadana es una sensación con la que hay que acostumbrarse a convivir, ante la cual siempre estamos expuestos. Sólo que aceptarla, quedarse en silencio y levantarse de hombros es una particular manera de restarle importancia a un hecho aún más preocupante: el quiebre del contrato social, la fragmentación de los lazos solidarios y la asunción de una actitud de desconfianza, de sospecha frente a todo que obliga a pensar que es uno quien tiene la responsabilidad de hacerse respetar, usando los medios posibles. Mejor si son contundentes y violentos, pues proporcionan un sentimiento de que se ha hecho justicia, de que se ha conquistado el peligro y se es menos indefenso.

Pero si parte del problema lo constituye la falta de una fuerza pública que garantice nuestra seguridad, el elemento que permite la instalación del caos en las relaciones humanas son nuestros presupuestos básicos como sujetos individuales y sociales. Hoy en día, éstos se basan en el traslado de la culpa del criminal a la víctima: te roban por ser confiado, por no estar alerta, por tu falta de suspicacia… Y tu buena fe hace que te merezcas ser estafado. Así, los delitos dejan de ser leídos como una transgresión inaceptable, como hechos que requieren una sanción, para pasar a ser vistos como el precio que tienen que pagar quienes no se cuidan a sí mismos, quienes carecen de malicia y deben ser castigados por mostrarse vulnerables. Sabiendo esto, ¿podemos seguir creyendo que no estamos retrocediendo hacia un estado de naturaleza que sustituye al estado de derecho y al de la difusión total de la idea de que sólo vale la ley del más fuerte?

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