octubre 30, 2020

¿Y mañana qué? Olvido institucional y masculinidades en el Cerro Rico de Potosí

por: Alicia Allgäuer * y Arkaitz Alzueta **

“El polvo fino ha matado a mi marido”, cuenta Doña Marcelina. “Él era perforador en la mina, perforaba en seco y siempre llegaba con los ojos rojos a casa.” La joven viuda está sentada en el sofá rojo de la oficina de MUSOL (Solidaridad para la Mujer), una ONG potosina que apoya a las mujeres que viven en el contexto de la minería, cooperando desde hace 20 años con la ONG austriaca INTERSOL. “Fue MUSOL la cual en el 2004 empezó a reunirnos a las viudas y nos ayudó a formar nuestra propia asociación.” Hoy, Marcelina es la presidenta de la Asociación de Viudas de Trabajadores Mineros Sin Renta, y junto con la vicepresidenta Roxana se ha reunido con nosotros esta tarde para contarnos sus experiencias. Ambas son viudas de trabajadores mineros que no estaban asegurados en la caja de salud. Por eso no recibieron dinero para el tratamiento de sus maridos ni tienen derecho a una renta o pensión de viudedad.

Debido la enfermedad del marido de Marcelina su la familia se quedó con deudas: “Hasta mis hijos han tenido que trabajar para pagar el tratamiento de mi esposo, algunos también en la mina. Él estuvo enfermo durante cinco años, pasaba meses y meses en el hospital y eso era muy caro. La silicosis se comía sus pulmones, tosía sangre y sus manos se ponían negras. Murió a sus 39 años.” La esperanza media de vida de los trabajadores mineros en Bolivia está en los 35 años, enfermedades y accidentes cobran la vida de muchos jóvenes que habían buscado una salida a la situación económica precaria de Potosí. Históricamente en esta ciudad, la cual produce una parte importante de los productos minerales de exportación del país, poco o nada se ha quedado de la gran cantidad de riquezas extraídas. En la actualidad, las empresas mineras privadas, tanto nacionales como internacionales que operan en todo el departamento de Potosí, explotan las minas sin invertir después parte de los beneficios en la propia ciudad. Estas empresas poseen el 57% de la producción minera en Bolivia pero únicamente emplean al 10% de las personas trabajando en este sector. Poco hace el “gobierno de cambio” para cambiar estas relaciones de poder económico, como describe el sociólogo potosino Samuel Rosales: “El sector oligárquico minero hasta ahora es impermeable a los cambios postulados en la Nueva Constitución Política del Estado y por el contrario, sus intereses no han sido afectados por instancias del gobierno central en el Ministerio de Minería y principalmente COMIBOL. Los centros de poder económico y sus intereses en el departamento de Potosí, permanecen inalterables.” 1

La minería como única alternativa laboral

Las tasas de desempleo y pobreza en la ciudad de Potosí son altas, no existen industrias u otras fuentes de trabajo y además las tierras de la región no producen mucho, lo que le convierte al Cerro Rico en la única alternativa laboral para muchos potosinos – o por lo menos supone el único trabajo en el que se puede ganar un sueldo medio: unos 1.200 Bolivianos como peón en la mina. Estos problemas económicos estructurales no son tratados por el gobierno boliviano y el pueblo potosino se siente olvidado por el estado. “No recibimos ningún apoyo aquí, al gobierno sólo le interesa exportar el mineral”, afirma Marcelina. Estas exportaciones le permiten “al gobierno del MAS gobernabilidad política, solvencia económica, disponibilidad financiera para sostener su gobierno”, como escribe Rosales en el artículo anteriormente citado. Por este olvido institucional, la gente potosina en Agosto del 2010 hizo un paro de 19 días para reivindicar algunas de sus demandas históricas. La respuesta del gobierno fue ignorar las demandas y descalificar las protestas como oligárquicas y opositoras.

El otro lado del olvido institucional se manifiesta en las condiciones de trabajo en las minas: No hay suficiente control estatal de medidas de seguridad para los trabajadores, COMIBOL cuenta con tan sólo cuatro empleados para controlar todo el cerro y no hay inversiones estatales para garantizar la preservación del mismo. Por consiguiente, no existen tales medidas de seguridad. Por ejemplo una simple máscara contra el polvo podía haber salvado la vida del esposo de Marcelina o el control de la estabilidad del cerro y un mapa con un plano general de extracción podrían evitar muchas muertes innecesarias. Por el otro lado, los mismos mineros no respetan las más mínimas restricciones del gobierno, porque “el agotamiento de las vetas de mineral hace que los mineros ingresen a zonas cada vez más peligrosas arriesgando su vida y cada vez hay más accidentes dentro de la mina.” 2

Las cooperativas: minería de sobrevivencia

Desde la quiebra de la Corporación Minera de Bolivia en 1985, que se tradujo en el despido de unos 30.000 trabajadores, el Cerro Rico es manejado sobre todo por varias cooperativas mineras que han sido capaces de absorber un gran número de esos desempleados. La actividad de estas cooperativas se caracteriza por una minería de supervivencia con una escasa mecanización que se realiza en yacimientos casi agotados y difíciles de explotar manualmente. El tamaño de las diferentes cooperativas varía, lo que conlleva estructuras de poder desiguales entre las mismas. También dentro de las propias cooperativas existen estructuras de jerarquía interna: sólo una mínima parte de los trabajadores son socios con plenos derechos, seguro social y un sueldo mayor. “De los 12.000 mineros que hay en el Cerro Rico aproximadamente, sólo unos 1.200 son asegurados, el resto trabaja en condiciones muy precarias sin derechos laborales”, critica Ibeth Garabito, directora de MUSOL, a las cooperativas. Los peones hacen los peores trabajos, no tienen seguro de salud y ningún derecho dentro de la cooperativa.

Otro grupo de empleadas desfavorecidas de las cooperativas son las guarda-bocaminas 3, en su gran mayoría mujeres que viven y trabajan 24 horas al día, 30 días al mes, con sus hijas/os en el mismo Cerro, en cuartitos sin agua ni luz, cuidando las bocaminas y herramientas de los mineros, viviendo en condiciones paupérrimas con un sueldo inferior al mínimo oficial de 815 Bolivianos. “Deberían ganar por lo menos el equivalente a tres sueldos mínimos vitales y tener un seguro de vida por el peligro que representa su trabajo”, reivindica Garabito.

Pero, como no existen alternativas laborales a la minería para gran parte de la población, las cooperativas disponen de muchas fuentes de mano de obra y no ven ninguna necesidad de cambiar las condiciones jerárquicas y establecer unos estándares de seguridad en la mina. Se trata de una “lucha entre pobres”, como lo expresa Samuel Rosales, y la falta de alternativas hace que muchos hombres arriesguen su vida en el intento de subsistir.

Masculinidades mineras y sus consecuencias

El marido de Roxana fue uno de los aproximadamente 45 muertos que cada año se producen por accidentes de trabajo en el Cerro Rico. Murió después de caer 25 metros al vacío dentro de la mina. “Él nunca se cuidaba, yo le decía que no se arriesgara, pero él pensaba que nunca le iba a pasar nada”, cuenta Roxana. La cuestión de la seguridad laboral es compleja y no puede entenderse sólo por la ausencia de medidas legales de seguridad. Las formas de masculinidad, es decir, de ser y verse como hombre, influyen determinantemente en la vida y muerte de los mineros 4: “Mi marido seguía perforando pese a su enfermedad. No me quería escuchar y sólo fue al médico cuando ya era demasiado tarde”, lamenta Marcelina. El hecho de que muchos hombres no dediquen tiempo a cuidar su salud es una de las consecuencias de la división histórica de los roles de género, mediante la cual se asigna a la mujer, entre otras tareas, todas aquellas que tienen que ver con el cuidado de los demás.

“Mi marido no me dejaba trabajar, quería que me quedara en casa. Decía que con su sueldo tenía que ser suficiente para mantener a la familia”, dice Marcelina. Las exigencias que establece la obligación de proveer económicamente, históricamente asignada al varón, explica en parte por qué estos hombres trabajan en condiciones tan peligrosas. “En un grupo de 15 personas, sólo él perforaba, trabajando polvo tóxico todo el día. Yo le decía que no lo hiciera, que dejara a otros perforar, pero él no me escuchaba, decía que así le pagaban un poco más y que necesitábamos el dinero”, nos cuenta Marcelina, cuyo marido terminó muriendo después de una larga enfermedad asociada a la ingesta de polvo. Las condiciones en la mina son extremas, por eso las culturas de las masculinidades mineras están construidas sobre conceptos como dureza, fuerza y resistencia.

Esta imagen que los mineros tienen de sí se complementa y se alimenta con la visión que la sociedad boliviana tiene de ellos y que se ha fraguado, entre otras cuestiones, por la actuación política que a lo largo de la historia han desarrollado. Esta actitud política se ha caracterizado por la violencia y la confrontación en sus demandas y prácticas, lo que ha generado un imaginario social a través del cual el colectivo minero es visto como fuerte y violento, asociado a las condiciones de vida y trabajo en las que se desenvuelve. Por estas razones las marchas de los mineros son temidas en Bolivia, es normal verlos con su indumentaria minera llevando dinamita que hacen estallar 5.

No expresar los sentimientos y no compartir sus preocupaciones con su mujer, parecen ser otros de los aspectos clave de estas formas de ser y verse como hombre. “Nunca contaba nada de su trabajo, no quería hablar de eso conmigo”, nos dice Marcelina. Esta actitud es contraproducente en muchos casos, afectando en última instancia a las familias: “Él me dijo que estaba asegurado y cuando murió, fui a gestionar la renta de viudedad y me dijeron que él nunca había cotizado al seguro, todavía no sé si él me mintió o si también fue engañado.” Marcelina se quedó viuda a los 34, con sus cinco hijos menores de edad, sin profesión y con los pocos ahorros gastados en las medicinas de su marido. Como hemos comentado anteriormente, existen diferentes formas de trabajar en la mina, y por ende se dan múltiples escalafones de poder, mediante los cuales, los mineros acceden a mejores o peores condiciones de trabajo y sueldo. Por lo tanto existen mineros que ejercen control, poder y coacción sobre otros mineros, sin embargo parece ser que fuera de la mina, hasta el peón de menor graduación tiene y ejerce poder sobre su mujer y su familia.

Vivir en condiciones tan duras, junto al hecho de no poder/deber expresar sus sentimientos, provocan que en la mina y en su entorno existan múltiples formas de fraternidad y solidaridad homosocial, es decir diferentes ambientes en los que los hombres se relacionan con otros hombres y en los que el papel de la esposa queda reducido al mínimo. “Yo nunca había subido a la mina hasta después de que mi marido murió. Nunca me llevaba a su lugar de trabajo ni a las fiestas de la cooperativa, como hacían otros, más tarde me enteré de que tenía otra mujer por ahí”, cuenta Roxana. Tomar alcohol, visitar los prostíbulos, tener varias mujeres son prácticas asociadas a las masculinidades tradicionales que no sólo son comportamientos de los hombres mineros, sino que se pueden extender a todas las sociedades patriarcales. Estos comportamientos son consecuencia de un acceso diferenciado al poder entre hombres y mujeres que permite a los primeros tomar decisiones sobre su propia vida, su dinero y sobre la vida de su familia. En el contexto minero éstas prácticas masculinas, que están asociadas a su vez con violencia intrafamiliar y con la transmisión de enfermedades sexuales por parte de los varones, entre otras, se retroalimentan y justifican a través de las malas condiciones de vida y trabajo, las cuales provocan una visión a corto plazo de la vida, en la que hay que vivir el presente no existiendo cabida para un mañana.

Sin embargo, para las familias de los mineros sí existe un mañana y las prácticas masculinas afectan a todos los actores involucrados en el contexto potosino, empezando por los propios mineros y sus familias. Por eso, uno de los objetivos de MUSOL es concientizar a los peones de minero para que reclamen mejores condiciones de trabajo y así poder romper con parte de esta cadena de prácticas y consecuencias que perjudica a todos/as. Pero resulta complicado trabajar con los hombres en este contexto, ya que por un lado las cooperativas se oponen a este tipo de demandas y por otro lado las propias masculinidades de los mineros hacen que no se preocupen por este tipo de cuestiones, considerando la participación en grupos de apoyo como “cosas de mujeres”, nos cuenta Ibeth Garabito.

Como hemos visto, el escenario que se plantea en el Cerro Rico es complejo y únicamente puede ser entendido dentro del contexto general de la región y del país, ya que en él influyen aspectos históricos, económicos, sociales, políticos, de género, etc. Desde nuestra propia experiencia, consideramos fundamental una mayor intervención e inversión estatal, tanto en el control de las minas y en la aplicación de las leyes de seguridad, así como – y sobre todo – en la demanda histórica del pueblo potosino para crear alternativas laborales a la extracción minera y así evitar que las personas tengan que decidir entre el trabajo en la mina o la emigración. Pero a su vez también es necesario trabajar con hombres y mujeres, no sólo en edad escolar, mediante talleres o capacitaciones de género en los cuales se reflexione sobre aquellos aspectos de las masculinidades y de las feminidades que sean negativos tanto para unas como para otros, construyendo alternativas a esos procesos nocivos desde la equidad, el diálogo mutuo y dentro de un contexto propio.

*     Alicia Allgäuer, politóloga austriaca, varias estancias de investigación y trabajo voluntario en Potosí y La Paz.

**    Arkaitz Alzueta, sociólogo español, actualmente trabajando en su tesis doctoral sobre masculinidades y migración

1    Vea Samuel Rosales: Documento para contribuir a la comprensión de la movilización del pueblo de Potosí, 2010, documento inédito.

2    Ibídem

3    Para más información sobre las guardas vea: Allgäuer, Alicia/ Radhuber, Isabella/ Rosales, Samuel (2005): Mujeres Cuidadoras de las Minas en el Sumaj Orcko. Estudio de sus Condiciones de Vida. Cimagraf, depósito legal 71-393-05 Potosí/Bolivia

4    Para profundizar en estas cuestiones puede verse entre otros: Barrieros, Jaime; Salinas, Paulina; Rojas, Pablo; Meza, Patricio, (2009): Minería, género y cultura. Una aproximación etnográfica a espacios de esparcimiento y diversión masculina en el norte de Chile en AIBR Revista de Antropología Iberoamericana, Vol. 4, Núm. 3, pp. 385-408, disponible en http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=62312914006.

5    Un ejemplo del poder político que poseen estos grupos, derivado de su número, unidad y actitud violenta, se dio en los acontecimientos que siguieron a la aprobación del decreto supremo 748 que retiraba la subvención a los hidrocarburos por parte del Gobierno boliviano promulgado el 26 de diciembre del año pasado. En los días posteriores a esta medida Bolivia quedó paralizada y las protestas se sucedieron en la mayoría de las ciudades del país. Ante estas manifestaciones, el 31 por la noche en un escueto comunicado televisivo a la nación, Evo Morales rectificó y abrogó dicho decreto. Entre las múltiples causas que provocaron la marcha atrás del gobierno se encuentra un gran encuentro que varios grupos mineros iban a realizar a la capital el día 3 de enero y que se preveía violenta y clave dentro del conflicto.

       Así mismo la violencia extrema está presente también en los conflictos internos que afectan a diversos grupos mineros, un ejemplo de ello se dio en el año 2006 en la localidad minera de Huanuni donde en unos enfrentamientos entre mineros de la COMIBOL y miembros de la Federación de Cooperativas Mineras (FEDECOMIN) murieron 16 personas y hubo 61 heridos en varios días de lucha.

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