octubre 19, 2020

25 años de la marcha por la vida

Aún recuerdo con nitidez aquella última jornada en agosto de 1986 cuando decenas de mujeres, sus hijos y los últimos trabajadores mineros asalariados alcanzaron la población de Calamarca después de días de caminata desde Caracollo en la carretera que une a Oruro con La Paz, es decir a los centros productores de estaño con la sede del poder político.

Ahora pocos se acuerdan de aquella primera gran movilización por caminos, la “Marcha por la Vida y la Dignidad” que intentó detener sin éxito la implementación de un modelo liberal salvaje que arrancaba de las minas a los proletarios y a sus familias.

Era el último gesto del león herido mortalmente por sucesos concatenados, la burocracia en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), otrora símbolo del proceso nacionalista de los años 50; la caída de los precios del estaño y de otros minerales en los mercados internacionales; la primera distorsión de la economía boliviana con el naciente apogeo de la venta ilegal de cocaína; la inflación de tres dígitos heredada por el mal manejo de la hacienda pública durante gobiernos militares irresponsables; la vigencia de la nueva política económica reflejada en el D.S. 21060.

Recuerdo las largas jornadas y los sucesos milagrosos que compartí en comunión durante esa semana. Uno de ellos fue el lavado de pies y la fricción con “Mentisan” en las ampollas de los caminantes, o la multiplicación del ají de fideo que trajeron las amas de casa de Colquiri.

También tengo en mi memoria el discurso del gobierno, de sus ministros, de su vocero, culpando a los mineros de subversores. Nos apresaron a los que acudimos a apoyarlos por una causa humanitaria con la acusación de ser opositores, rojos. Entre los detenidos en el Cuartel en Patacamaya estábamos esta periodista, un sacerdote, una religiosa, un dirigente del magisterio.

Filemón Escobar me regaló un balde pequeño para usar como plato de comida y con él recorrimos algunos tramos para preparar la espera del nuevo amanecer. “Filipo” trasladó esa experiencia legendaria cuando, ya relocalizado, buscó entre los campesinos cocaleros alentar un nuevo núcleo revolucionario.

Así también tengo en mi memoria el llanto de José Pimentel, entonces uno de los líderes de la marcha por la vida en las minas y actualmente Ministro de Minería. Otra autoridad, Walter Delgadillo, junto a muchos cristianos, era parte de los grupos de solidaridad y de los que esperaban la llegada de los mineros a El Alto.

El gobierno detuvo la Marcha en Calamarca con el respaldo de las Fuerzas Armadas. La posterior negociación se limitó a conseguir la libertad de los presos y residenciados. El tren de retorno, cargado de obreros en sus vagones, reproducía con belleza y con dramatismo, escenas épica y tristes de la guerra civil española.

A partir de ese final se derrumbó la historia del movimiento obrero boliviano y de su vanguardia minera. La historia de los obreros ilustrados, de los dirigentes éticos, del proletariado con consciencia de clase. Se derrumbó un modo de ser bolivianos.

Comenzó el entrevero de nuevos pobres y de nuevos ricos.

Una historia que, como suele suceder, se repite con similares personajes.

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