octubre 21, 2020

Raúl Lara, la genialidad orureña Traducida en pincel surrealista

Desde las entrañas mineras de San José, en Oruro, Raúl Lara emerge como una de las figuras fundamentales de la plástica boliviana, gracias a su innata genialidad y cuando con tan sólo 12 años comienza sus estudios en el taller de su hermano, Gustavo Lara, otro virtuoso de las artes plásticas. Tres años después, ya casi adolescente, se integra a un movimiento cultural de la Capital Federal de la hermana Argentina, en el que descubre no sólo las exigencias del estudio de las artes plásticas, sino también las potencialidades propias de su talento.

Exigencias que a sus 17 años lo llevarán a integrarse a los talleres de la Asociación “Estímulo de Bellas Artes” de la capital bonaerense, en los que indagará los universos complejos y cautivantes de las policromías de la pintura, de la fuerza del dibujo, del grabado o de las multiformas de la escultura; y del que luego Raúl Lara especializará su técnica y talento por distintos talleres y centros especializados, aunque paralelamente su naciente arte transitará ya por distintas galería y centros de exposición del vecino país, bajo la fisonomía de sus atisbos surrealistas mestizos que lo consagraría como uno de los grandes de la plástica boliviana.

Tembladerani, El Alto, Tiquipaya, los carnavales, los micros y sus soberbios choferes, Colcapirhua a Chiripujio, las prestes, Avicaya, los sueños, como los de Agualamaya, las niñas wawas, Pandora, el Gran Poder, Cliza, Totora, los carnavales o las bellezas femeninas de sensualidad misteriosa y escurridiza se imprimirán en lienzos de cautivante misterio, para gravar en nuestra retina esas identidades de tenacidad profundamente mestiza, en las que nuestras indianidades emergerán en sus veleidades divinas y profanas, desde las entrañas de la Pachamama, en medio de inciensos, serpentinas, tules o alcohol, más allá de infortunios o prosperidades.

Y es que la obra del maestro Raúl Lara amplificó la magia de las altiplanicies cercadas por los Apus de la cordillera de los Andes con imágenes soberbias como la de don Estanislao meditando en medio de la nada, erguido majestuosamente sobre un sillón de micro suspendido en el vacío en compañía de una hermosa, sensual y ajena joven, sumergida en su propio mundo, quizá soñando con las sonoridades de las morenadas cautivantes de la festividad de Toro Toro o Sevaruyo… o con los mundos mágicos de convites, albas azulados y cautivantes violetas, al son de las potentes tubas que marcaran nuestros transitares en micro a través de sueños, fiestas o amaneceres y cómo no, por esas tardes de domingo profundamente inquietantes sobre todo al caer la tarde frente a los nevados de la magnificente cordillera.

Rasgos enigmáticos del maestro Lara que nos permitirían introducirnos no sólo a su pasión por los mundos oníricos, sino también a su estrecha relación con el maestro holandés Vincent Van Gogh, con el que compartió la calidez de su estudio en Oruro, situado en una altiplanicie de la que se divisaba su amada tierra natal y a su pasión por la paleta de los colores del cielo tan ligados al espectro caleidoscopio solar y que le permitieron reflejar perfectamente las texturas traslúcidas de sus enigmáticas acompañantes aladas, esas sirenas que abandonaban las quebradas y las vertientes para poner magia e inspiración a sus músicos y danzarines de los carnavales o de festividades magníficamente reflejadas a través de su pincel como el Gran Poder.

Alguna vez nos contó que en esa convivencia tan íntima con el maestro holandés los transportaba a las entrañas mismas del color, a las emociones de las texturas y el arte, y también nos contó que a Van Gogh lo impactó profundamente la fuerza minera, la mirada de esos hombres que convivían con el Tío en los socavones profundos del Ukhupacha y la ritualidad de los convites al grado de que dejó seducirse por la fuerza fastuosa de la China Supay, con sus alas transparentes, inéditas para el maestro flamenco y que luego se traducirían en ese extraordinario capítulo pictórico en homenaje a los 150 años del nacimiento del artista Vincent Van Gogh.

Pero el arte del maestro Lara también transitó por los monstruosos vericuetos del Plan Cóndor y de las dictaduras que le arrebataron las complicidades y el amor de su hermano Jaime, que desapareció junto a otros jóvenes luego del golpe militar argentino, un dolor que se traduciría principalmente en la primera época de su obra y que reaparecería durante su encuentro con Vicent Van Gogh, precisamente en su Oruro Natal y que la testimonió así:

A la Memoria de Jaime:

•   28 de mayo de 1976, fecha triste de mí vida y de la familia, lágrimas por Jaime. Desaparecido. Fue en mayo que Vincent, apareció en mi casa de Oruro – Bolivia trayéndome una carta de mi hermano, desde entonces tristeza y lágrimas se volvieron poesía, música y pintura.

•   Imagino campos de trigo, girasoles y cuervos volando, convertidos en golondrinas por los cerros y las pampas de Oruro. (…) “ Soy del mundo. Anduve por mil caminos, pinté noches y días, ardieron por mi cabeza infinidad de soles… por fin encuentro el sol que buscaba, espléndido, transparente, intenso, magnífico, es como me lo describió tu hermano Jaime, quien te envía esta carta. Mi nombre es Vincent… Vincent Van Gogh”…. su voz era ronca, melodiosa casi inaudible, tenia un dejo de tristeza.

•   Fue así que llegó a Oruro ese gran artista, con ojos desorbitados, zapatos deshechos de andar, hambre de siglos, transpirado, con un olor a mil caminos y es tremementina, huesudo, esmirriado, demacrado y mal dormido, sufriendo y gozando soles y vientos, lluvias y mil fríos, concluye el testimonio del maestro Lara.

Dolores que luego mitigaría doña Lidia, su esposa y compañera con la que tuvo dos hijos y que bajo el cobijo de la fuerza majestuosa de su arte sellaron páginas indelebles en la plástica de nuestro país… mi sentido pésame a la bella familia de Dn. Raúl, gracias por los momentos cálidos que compartimos, por su sabia sencillez y por su pasión por Oruro, su genialidad seguirá brillando en cada obra, en cada alita traslúcida que surque los cielos violáceos, al atardecer de nuestros domingos suspendidos, tan parecidos a los de Dn. Estanislao. Querido Dn. Raúl volvió a las estrellas, al infinito creador.

*       Periodista y feminista queer.

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