septiembre 22, 2021

La segunda etapa de la travesia. Navegando por aguas peligrosas

Turbulentas, además de peligrosas, habría que decir. En Tarija el guaraní Justino Zambrana, presidente de la Asamblea Departamental, se esfuerza por desarrollar un perfil propio. Zambrana, merced al apoyo de la bancada opositora MNR – Camino al Cambio, pudo desplazar al MAS de la presidencia del órgano legislativo y desde entonces ha tenido una posición por lo menos distante, de la gobernación administrada por el partido de gobierno. De igual manera en Santa Cruz, hace unos meses se operativizo la alianza entre la bancada indígena y la de “Verdes”, organismo que responde al gobernador Rubén Costas.

La ruptura entre el bloque indígena de tierras bajas y el partido de gobierno venía gestándose desde antes del estallido del conflicto del TIPNIS, e inclusive tal vez, de la penúltima marcha, cuyos resultados fueron harto distintos a los obtenidos por la dirigencia de la CIDOB en los pasados días. ¿Cristalizará dicha crisis en la materialización de una nueva opción política, una suerte de partido “TIPNIS”, como en algún momento pareció insinuarse?. En todo caso queda claro que al presente se ha formado un grupo político indígena de tierras bajas, independiente, que seguramente en algunos temas actuará como un bloque nacional, y en otros se adecuará a los contextos departamentales o locales. Un bloque tampoco exento de contradicciones, como lo demuestran los conflictos surgidos recientemente entre Celso Padilla y otro sector de la directiva de la A.P.G., encabezado por la vicepresidenta del organismo.

Los indígenas de tierras bajas son uno de los dos sectores sociales, cuya ruptura con el bloque social de gobierno ha madurado y se ha revelado a la opinión pública, debido al conflicto del TIPNIS; el otro es el constituido por la clase media paceña, la que, aunque disminuida en número y mediatizada por el crecimiento poblacional de El Alto, sigue siendo una feroz formuladora de opinión, capaz de influir en distintos ámbitos del territorio nacional.

Y en el camino recorrido en los primeros dos años de esta segunda parte de la travesía, inaugurada por Evo Morales a la cabeza del MAS tras su fulgurante victoria electoral de diciembre del 2.009, quedan otros sectores si no en duda, por lo menos demasiado apegados a sus intereses sectoriales, al parecer colocados por encima de cualquier proyecto nacional; el caso de la veleidosa COB que en los últimos años parece dar pasos atrevidos hacia la oposición cada vez que la coyuntura se lo permite, o de los choferes, grupos de gremiales, etc.

La primera etapa del gobierno MAS, estuvo impulsada por el profundo descontento que la democracia pactada provocó en amplios sectores populares del país, y dirigida por un liderazgo que contaba con un programa claro y simple: el de la agenda de octubre, que fácilmente se podría resumir en dos consignas: Nacionalización de los Hidrocarburos y Asamblea Constituyente.

Ese, después del de la reconquista de la democracia del 82, ha sido el programa político que ha logrado generar mayor adhesión en Bolivia en los pasados cuatro decenios (mucho más que el Plan de Todos, o cualquier planteamiento formulado durante la democracia pactada). Resulta claro entonces, el por qué el MAS, respaldado en un bloque social cuya expresión orgánica se identificó en el Pacto de Unidad, pudo saltar de victoria en victoria en sus primeros cinco años de gobierno, a pesar de haber tenido que enfrentar obstáculos innecesarios, tales como el de la reivindicación autonómica, que finalmente resolvió merced a la Constitución Política del Estado, consensuada.

Con las expresiones conservadoras en franca retirada, pero sobre todo con una firme convicción asentada en los sectores sociales más importantes del país, en sentido de que era imprescindible un cambio después de veinte años de frustraciones cotidianas que expresaban la incapacidad de las elites tradicionales para democratizar la sociedad, el primer periodo del MAS se asemejó a un paseo victorioso, llevado a cabo contra oponentes que carecían de toda perspectiva estratégica.

Pero la victoria trae consigo la retirada, por lo menos momentánea, del enemigo y el cumplimiento de las dos principales reivindicaciones de octubre, la desaparición del principal aglutinador del Bloque Social emergente de octubre. Por eso es que los pasados dos años se han parecido al del lento desgranamiento del Rosario, en el que determinados sectores sociales no sólo han vuelto a poner en el primer plano de sus prioridades sus reivindicaciones específicas, sino que de manera más profunda, se preguntan sobre su perspectiva a largo plazo en el marco de un proceso cuyo norte se ha dejado de atisbar con la claridad meridiana que parecía tener a un principio.

Si hay una diferencia entre el MAS y otras organizaciones políticas populares que lo precedieron, es el de la fuerza que tienen en su devenir interno los sectores sociales. De ahí que lo “reivindicativo” e inmediato, tenga una importancia superlativa, no solo en las relaciones entre el gobierno y la sociedad, sino en el desenvolvimiento mismo de la organización política y de la administración pública que lleva adelante.

Por eso es que el desafío central para el MAS no se reduce solamente a realizar un listado de medidas administrativas que configuren una nueva agenda, sino a lograr que esta tenga la formulación política de un proyecto auténticamente nacional y por tanto con la capacidad aglutinadora que tuvo en su momento la de octubre. En este caso no valen ni las repeticiones, ni las improvisaciones geniales. En realidad la discusión debería centrarse en determinar cuál es la continuidad natural de lo planteado en octubre y de lo vivido en la primera etapa (inclusión, presencia del Estado en la economía, Plurinacionalidad, Autonomías), para lo que se requiere una visión amplia y un debate genuinamente participativo. Caso contrario las aguas seguirán aumentando en turbulencia.

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