octubre 23, 2021

Transgresión y política

por: Pilar Uriona Crespo

Si el contexto en que se inscribe e interpreta es el de las normas, los códigos y los elementos de control y ordenación (políticos, simbólicos, culturales y religiosos), la transgresión puede percibirse como un acto vulnerador y condenable o como un factor de polémica a exaltar para generar fisuras e interrogantes respecto a qué evita que avancemos, primero, en el campo de la emancipación y, luego, en el de la libertad.

Transgredir constructivamente, sin menoscabar dignidades ni descalificar visiones y elecciones de vida diferentes a los nuestros, requiere centrar el análisis en cuáles son las reglas, costumbres y regímenes que se asumen y practican de manera automática y poco reflexiva permitiendo que modelen nuestros comportamientos y relaciones. Es decir, la manera en que nos presentamos ante el mundo y posicionamos nuestro discurso como forma de auto-expresión y, además, de auto-realización.

Así pues, la transgresión, en tanto equivalente de provocación, supone hacer preguntas incisivas. Pero además de sacar a la luz y posicionar desde el performance o desde la argumentación unos “modos de ver” que, en palabras de J. Berger, lo que hacen es “establecer nuestro lugar en el mundo y permitir explicarlo con palabras”, la transgresión entraña fracturas, estupefacción y sacudidas. En el campo político, la principal se va gestando en función a discutir por qué, en tanto ciudadanas y ciudadanos, nos resguardamos y asumimos una posición cómoda: la de obedecer.

Sin duda, esta elección revela que, como sociedades donde el respeto incuestionable al poder y a las pautas y reglas desde él dictaminadas se avizora como una actitud arraigada, la política no ha llegado aún a transformarse en lo que la sitúa como fuerza redentora. No ha conseguido, pues, presentarse como construcción conjunta de sentidos eximida de la violencia.

Ésta última persiste, se exhibe o se disfraza bajo el manto de que, gracias a su carácter coercitivo y paradigmático, las leyes garantizan que se ratifique lo normal, lo moral, aquello que es adecuado, pertinente, seguro y conveniente.

Habría que preguntarse entonces, como sugiere Pierre Clastres, si, dado que en estas circunstancias la violencia se erige como el predicado del poder y el mismo obedece a la trilogía orden-obediencia y coerción, es posible salirse del molde e ir más allá de este esquema particular, viendo las condiciones de posibilidad social de imaginar otros proyectos, aunque sea en borrador. Considerando que, como rememora también este autor, las sociedades indígenas selváticas y territoriales “descubiertas” en el siglo XV eran descritas por los primeros cronistas como sitios donde existía “gente sin ley, sin Dios y sin rey”, podríamos pensar que, dado el arraigo de la imposición colonial, esta frase delataba ante todo un juicio etnocéntrico orientado a oponer la civilización a la barbarie.

Pero vale también imaginar que quizá mostraba algo más: el asombro inicial, casi traumático, que experimentó una cultura encadenada por la monotonía de la obligación de acatar acuerdos sociales en cuya construcción no se ha participado plenamente frente a la policromía y el desembarazo de otra cultura esencialmente libre, donde lo que vale es el “poder ser en colaboración”, tan defendido por Franz Fanon.

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