septiembre 17, 2021

Leonora Pintada por Poniatowska

por: Pilar Uriona Crespo

En mayo de este año, la artista plástica y escritora Leonora Carrington —“la novia del viento”, como la bautizó Max Ernst— murió en México, país que, desde 1942, se transformó en el espacio en el cual esta excepcional mujer ancló su mundo visionario e intenso.

Para quienes la admiramos y nos aferramos a su obra, como una criatura pequeña lo hace al regazo de su madre, su partida no puede menos que sacudir nuestro espíritu, instalando en él una especie de sensación imprecisa y titubeante similar a la orfandad.

Sin Leonora, el universo creativo parece dejado en suspenso, despojado de su parte más etérea, exento de puentes que ayuden a explorar con imágenes los laberintos del subconsciente.

Sin embargo, la impresión de haber quedado en el aire comienza a amainarse, cuando descubrimos que Leonora puede sernos devuelta acudiendo a otra práctica ingeniosa que, al igual que la pintura y la escultura, revela planetas ocultos, tamiza polvo de estrellas, filtra emociones y garabatea certezas: el oficio narrativo.

En sus profundidades, también se movió Leonora, intentando transformar el relato fantástico en una especie de cuadro hablado, cuyos personajes bien pueden representar una faceta nuestra, dejando claro, como pretendía la artista, que como personas no representamos una identidad única, sino más bien encerramos dentro una multitud de gente.

Nos quedan por tanto sus cuentos, que según el estado anímico que tengamos irán mostrándonos nuevos rostros. Pero también nos queda como recurso para revivir a Leonora obras sensibles como la biografía novelada que sobre ella escribió Elena Poniatowska. En ésta, Leonora es niña y es hada mística, es creadora y es activista, es mujer rebelde, amante y madre, es ser humano con necesidades diarias, es alma sensible y profética, voz que se quiere apagar, luz que se intenta opacar, hacinándola en lo subterráneo, inteligencia viva, personalidad valiente y energía penetrante.

Captar su talla y la infinidad de matices contenidas en un cuerpo tan frágil y tan lleno de voluntad y vida para transmitírnosla es un regalo final, espontáneo e inesperado que nos hace Poniatowska. Gracias a él, como diría Gabriel Weisz, uno de los hijos de la Carrington, podremos seguir viviendo, sin renunciar al cobijo de sabernos todavía contenidos y arraigados “en los mundos que Leonora incendiaba”.

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