septiembre 22, 2021

La Participación Política Sustantiva de las Mujeres. Un Reto aún Pendiente en América Latina y el Caribe *

“Cada conquista de derechos enfrenta barreras que no están necesariamente en el lado de quienes son beneficiarios (as) de la política pública, estos son los y las que tienen una mayor conciencia de que estos derechos si les pertenecen” Susana Chávez 1

De lo imaginario a lo real

El concepto de democracia esta indisolublemente ligado al concepto de ciudadanía. La ciudadanía como ejercicio de derechos son el resultado de la controversia y el conflicto. Por ello no son estáticos ni eternos, sufren transformaciones permanentes en dinámicas y contextos diversos como es la región de América Latina y el Caribe.

La Declaración Universal de Derechos Humanos reafirma el principio de la no discriminación y proclama que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y que toda persona puede invocar todos los derechos y libertades proclamados en esta declaración, sin distinción alguna y por ende, sin distinción de sexo.

La creciente incorporación de las mujeres en los puestos de participación y representación política ha suscitado en la Región más desigual del mundo, grandes expectativas tanto sobre el rol desempeñado por las mujeres para contribuir a cambiar la “cultura política” a partir de la incorporación de nuevos contenidos, expresiones, discursos y prácticas, como frente a la posibilidad de que un mayor número de mujeres en la vida pública – política contengan diferentes afirmaciones normativas y políticas que se sustenten en los principios éticos – políticos “de la igualdad y de la justicia frente al desequilibrio existente entre mujeres como ciudadanas y su participación en los núcleos de decisión política.” 2.

En términos generales, este debate no está resuelto, algunos estudios e investigaciones han subrayado la contribución específica de las mujeres en puestos de representación y ejercicio del poder, otras/os han puesto de manifiesto las similitudes entre mujeres políticas y hombres políticos, sin encontrar demasiadas diferencias, mientras que otras tendencias sugieren que las diferencias de género en la política dependen de un contexto más amplio y de una “masa crítica” más extensa para la incorporación sustancial de las mujeres en la política, y en particular, para visibilizar, sostener y avanzar en una agenda que supere históricamente la concepción restrictiva de la ciudadanía” aún persistente en el presente siglo para el ejercicio de todos los derechos, no sólo en su reconocimiento formal – normativo, sino en el ejercicio sustantivo 3 de la mayoría de las mujeres que han accedido a puestos de decisión en los poderes ejecutivos, legislativos, judiciales, como en niveles departamentales, estaduales, federales, municipales y locales.

Está hipótesis no niega en ningún sentido la histórica propuesta política y la manera de hacer política de distintas mujeres en el mundo desde una ética de la igualdad, de la justicia, de la profundización de la democracia y en la lucha contra todo tipo de discriminación y exclusión social venga de donde venga. Nuestra región en esos términos es privilegiada y ello se lo debemos (en los tiempos actuales) a mujeres como Michelle Bachelet, Cristina Fernández y Dilma Rousseff, entre muchas otras mujeres, también a Patricia Mercado, Epsy Campell, que marcaron la diferencia, entraron a la política “real” para cambiar su concepción y el contenido de la misma con nuevos paradigmas y prácticas discursivas y argumentativas, que sin lugar a dudas, nos devuelven la esperanza de que “otro mundo es posible”, no sólo de soñarlo, sino de empezar a vivirlo, en un mundo donde la palabra y los actos cotidianos crean el mundo y en él se suceden los mejores y mayores cambios, donde la memoria escrita o soterrada de las historias y luchas pasadas son parte ineludible para seguir edificando.

La Observancia de Derechos Humanos y la Participación Política de las mujeres

Hasta el siglo pasado se tuvo la necesidad de crear formas de proteger a las personas buscando la igualdad. Estas conquistas fueron importantes, pero se trataba de una igualdad formal que temía a las diferencias. Ahora sabemos que los seres humanos, para tener derechos iguales necesitan ser reconocidos en sus diferencias y particularidades. Se trata de la búsqueda de la igualdad en la diferencia. Es un tema político que supone la construcción de sujetos políticos conscientes de su DERECHO A TENER DERECHOS.

En la década de los 90 está consigna, como muchas otras desde los movimientos feministas, movió a la comunidad internacional, a los Estados a la sociedad civil y a los movimientos organizados de mujeres y a las distintas vertientes de los movimientos feminista a movilizarse en torno a la necesidad de democratizar el poder, la representación y la participación política en el marco de “un ideal democrático de la igualdad como un hecho sustantivo para ejercer ciudadanía, para superar las viejas trabas sociales, políticas, culturales y económicas”, en el cual el poder y la participación política era de propiedad exclusiva de un sistema sexista hegemónico, sistémico y adaptable.

Sin duda, el siglo pasado fue testigo de una expansión sin precedentes de los derechos de las mujeres, una de las revoluciones sociales más profundas que el mundo haya presenciado. Cien años atrás, las mujeres podían votar en tan sólo dos países; actualmente, ese derecho es casi universal. Millones de hombres y mujeres de todo el mundo hoy luchan por eliminar la violencia contra las mujeres y un récord de dos tercios de los países han sancionado leyes para combatirla.

Las mujeres del mundo entero son líderes dinámicas y firmes defensoras del cambio. Pero el espacio para su liderazgo y participación social y política más amplia sigue siendo limitado. Hasta mediados del 2001 hay datos que registran que sólo 28 países podían afirmar que la representación, por ejemplo parlamentaria, de mujeres había alcanzado, sólo un 30 % global.

Si bien las leyes de cuotas de género han sido fundamentales para incrementar la representación política de las mujeres y propiciar una “masa crítica” femenina en los poderes del Estado, no han sido suficientes para garantizar la participación política sustantiva de las mujeres y promover su inclusión en los espacios partidarios y la inclusión de sus intereses. Menos aún para transformar el orden social de género sobre el que se asienta el orden político. Esto refuerza, por una parte la idea de la necesidad de adoptar mecanismos concretos que garanticen la presencia de mujeres que contrarresten la tendencia a la reproducción del poder masculino, y por otra dar cuenta de la facilidad con que la diferencia sexual es expulsada de la lógica de la distribución y re-distribución del poder.

Nada es tan Fácil

La democratización de las relaciones de poder en la política, en el ámbito público, debería definir a los y a las individuas como una comunidad política que garantice derechos y deberes, libertades y restricciones, poderes y responsabilidades. La ciudadanía presupone la existencia de una comunidad política, en la cual las mujeres comparten una determinada lógica de ejercicio de poder aprendido y hegemónico (masculinizado) se incluyen en él o intentan contribuir a su transformación objetivamente, sin la necesidad de perder o renunciar a su filiación política – partidaria.

Uno de los obstáculos más frecuentes que enfrentan las mujeres es la dificultad de convertir el capital social acumulado, a través de largas luchas sociales y políticas, en diferentes formas de poder social y político dentro de la sociedad. Existen limitaciones internas y externas a las mujeres para lograr que ese poder social y político se traduzca en cambios sustantivos para revertir la inequidad de géneros, el manejo del poder, de la política y de los recursos tanto materiales como simbólicos.

La forma de participación política que en los últimos años han demostrado las mujeres, no ha logrado aún la justicia de género que repare las discriminaciones pre-existentes. Si bien las leyes de cuotas —como medidas de acción afirmativa— incorporadas en normas, leyes y reglamentos nacionales, han sido un hecho de vital importancia, para que más mujeres asuman responsabilidades en los ámbitos públicos y/o políticos, ello no ha tenido como equivalencia la democratización real del poder y de la política, pese a los cambios vividos en la región en los últimos años.

La teóloga feminista Ivone Gebara 4 señala que “La comprensión común de la palabra «política» parece limitada a ciertos espacios de actuación y a ciertas actividades que tocan un nivel amplio de relaciones más o menos impersonales, reconocidas como espacio público. Si miramos de una forma global hacia los ámbitos de decisión política, económica o social, la constatación obvia es que están ocupados mayoritariamente por hombres. Son ellos los que prioritariamente organizan la economía, los ejércitos, la guerra, la producción de armas, la intervención en los Estados, la conquista de tierras, el sometimiento de los pueblos, el liderazgo en luchas y ocupaciones, las cruzadas políticas y religiosas, los partidos políticos, la dominación de los mercados de inversión económica, etc.”.

Por lo tanto, el acceso de algunas mujeres a los poderes políticos, en América Latina y el Caribe, no puede crear expectativas de que por el hecho de ser mujeres, van a introducir modelos diferentes de ejercicio del poder político, aunque se consiga más igualdad o equilibrio en las representaciones, como por ejemplo la paridad. La paridad -como aspiración posible y necesaria para el fortalecimiento de la democracia, la representación de la diversidad social y la gobernabilidad de los países, es un valor en sí mismo, desde una perspectiva histórica y comparativa en las luchas por los derechos ciudadanos y por la ampliación de las democracias.

Gebara se pregunta “ ¿si no estaremos, haciendo de la paridad?, una palabra casi mágica, «todopoderosa», un concepto absolutista e inflexible, una palabra juzgadora de nuestras acciones, palabra “sagrada” de poder masculino ante la cual nos inclinamos sin saber bien ¿por qué? ¿No estaremos todos, incluso las mujeres, dependiendo de una especie de catecismo único interpretativo de las relaciones humanas, que a pesar de su reconocido valor se volvió de cierta forma sectaria y reduccionista frente a la compleja realidad que vivimos?… Se habla mucho sobre el impacto simbólico de la paridad, puede ser que no alcance para más y que no seamos capaces de mirar la radicalidad de una medida como esta en sus implicancias futuras, a condición claro está que la capitalicemos políticamente. Desde la norma masculina, las mujeres constituyen lo otro indiferenciado” 5.

Naturalizadas en su alteridad, las mujeres distintas entre si, son idénticas e intercambiables bajo la mirada patriarcal, lo que hace que en la representación que la democracia masculina hace de si misma, las mujeres quedan encasilladas en “la mujer” y en los roles políticos asignados que define el poder como fuerza hegemónica, donde lo más negociable, incluso es la representación y la participación política de las mujeres, que llegan a esos puestos no sólo por las leyes y las medidas afirmativas, sino por el voto ciudadano en un Estado de derecho.

Desigualdad, injusticia, impunidad son círculos que encierran y justifican la división sexual del trabajo pero a la vez el etnocentrismo, el sexismo y el “odio” contra las mujeres, consciente y/o inconsciente, se convierten en temas estructurantes que colocan a las mujeres múltiples desafíos para contribuir al cambio político cultural, no como responsabilidad exclusiva, sino como responsabilidad compartida ética y políticamente con los hombres, con los sistemas políticos, con los partidos políticos y con las sociedades en su conjunto verdaderamente democráticas.

*          Resumen de la ponencia “presentada” en el Foro de SUMA: “Democracia es Igualdad. México: Generando Estrategias para el Empoderamiento Político y Económico de las Mujeres: Presentación de avances y retos de siete iniciativas en la región”. (Bogotá, noviembre, 2011).

**         Ximena Machicao es Socióloga Feminista Boliviana

1          En Mujica Jaris. Economía Política del Cuerpo. La Restructuración de los Conservadores y el Biopoder. PROMSEX, Lima-Perú, 2007.

2          Isabel Diz Otero y Marta Lois González (Eds). Mujeres, instituciones y política. Ediciones Bellaterra, España, 2007.

3          Derecho Sustantivo: La igualdad formal implica que la ley en su texto proteja a todas las personas sin distinción, y requiere que esta protección sea igualmente accesible para todas las personas en la situación descrita por la norma jurídica mediante los actos de aplicación individuales de esta ley. La igualdad formal parte de dos principios fundamentales: trato igual a los iguales y trato desigual a los desiguales. Por lo tanto, el derecho de igual protección de la ley significa que ésta no puede ser aplicada de manera distinta a personas en situaciones similares e, igualmente, que no puede ser aplicada de forma idéntica a personas en situaciones diferentes. La igualdad sustantiva es la igualdad de hecho o material por oposición a la igualdad de derecho o formal. Supone la modificación de las circunstancias que impiden a las personas el ejercicio pleno de los derechos y el acceso a las oportunidades a través de medidas estructurales, legales o de política pública. (http://www.equidad.scjn.gob.mx/spip.php?page=preguntas_frecuentes&id_rubrique=8)

4          Ivone Gebara en la Memoria del Foro Mujeres, Alternancia y Paridad Política. La Paz-Bolivia, 2010.

5          Nota. Se recomienda leer un artículo de Lorena Fries, feminista chilena, denominado “Avances y Desafíos en Torno a la Autonomía Política”, en la página web del Observatorio Género y Equidad.

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