diciembre 3, 2021

Mujeres en el poder: “Todos los Hombres del Presidente”

A inicios de este año, celebré la elección de dos mujeres como presidentas de las cámaras de diputados/as y senadores/a de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Varias amigas feministas me recriminaron por ello, señalando —palabras más, palabras menos— que esos nombramientos no harían ninguna diferencia. Hoy, tengo que darles la razón; sin embargo, creo que no basta constatar hechos, es necesario analizarlos para comprenderlos.

Participación política: simplemente, un derecho de ciudadanía 1

¿Vale la pena mantener la “ley de cuotas”, por qué y para qué?”. Hay que admitir, con Carolina Rodríguez (2003), que “las cuotas han sido consideradas como una de las acciones afirmativas más eficaces para aumentar la participación política de las mujeres, han incrementado en forma significativa la participación y representatividad de las mujeres tanto en los puestos de toma de decisiones electivos como en los de nombramientos”. No es, pues, una medida de menor importancia.

La lucha del movimiento internacional de mujeres por la apertura de espacios de decisión a nuestra participación comenzó con los movimientos sufragistas de fines del siglo XIX —cuando sólo exigían el derecho al voto— y continúa hoy en día, con importantes avances, por cierto. Producto de estas luchas, cada vez son más las mujeres que ocupan cargos de decisión en todos los niveles de la gestión pública, desde presidentas de estados, pasando por magistradas y ministras, diputadas y senadoras, hasta alcaldesas y concejalas. Sin embargo, desde la experiencia se ha visto que las mujeres en posiciones de poder, con capacidad de decisión, no necesariamente asumen esas responsabilidades o esas representaciones con “perspectiva de género”, es decir, con la convicción de que esas posiciones les permiten trabajar con orientación hacia el avance de sus congéneres. Por lo tanto, para el movimiento de mujeres, la presencia de mujeres en posiciones de poder no equivale necesariamente a contar con la garantía de “beneficios propios”.

Desde ahí, resulta pertinente la pregunta. Si bien en Bolivia solemos admitir —de manera muy cínica, por cierto— que “hecha la ley, hecha la trampa”, mi respuesta es, sin duda, afirmativa: ¡vale la pena! -aunque sea una pena que valga la pena mantenerla. Y la vale, sencillamente, porque estoy convencida de que, sin la exigencia normativa de las cuotas, no veríamos a tantas mujeres ocupando cargos de representación política, aun en proporción minoritaria. Las cifras demuestran que esta afirmación no es gratuita, la mayor presencia cuantitativa de mujeres en puestos de representación política se da en la medida en que se viene logrando el cumplimiento de esta normativa y de los recaudos cada vez más “exquisitos” que se debe introducir para ello, como los de la “paridad” y la “alternancia”. Las cuotas no serán necesarias el día que a nadie le resulte extraño ver a una mujer decidiendo en el ámbito público, el día en que esto sea “cosa natural”.

El “juego” de la política

Ahora bien, obtenido el derecho ciudadano de participación política, ¿a qué “juego” ingresan las mujeres? Pues, al mismo que los hombres, entran a jugar el juego que ellos construyeron por siglos, ese juego cuyo epicentro es el poder y que hace referencia a una relación de mando/obediencia, amigo/enemigo, nosotros/los otros. Desde que tenemos noticia y a lo largo de la historia, son y han sido los hombres (en masculino) quienes lo han producido, construido, armado y sustentado; por tanto, en lo que corresponde a su contenido ontológico, el poder es un constructo masculino. Este juego se desarrolla en el ámbito de la “arena política” “donde las distintas políticas-programas de acción, las organizaciones políticas que las sustentan y los hombres políticos que las animan entran en contacto, luchan por el predominio y también llegan a distintas formas de compatibilización y entendimiento” 2.

El orden patriarcal que impera en casi todas las sociedades humanas juega su rol en esa “arena”.En ese orden existe una arbitraria distribución de roles, a las mujeres se nos ha dado el “reinado del hogar” y a los hombres el dominio del ámbito público, que es donde se realiza el juego de la política. Desde su posición de dominación, los hombres se señorean allí y, desde su posición de subordinación, las mujeres —sobre todo las más próximas a los estratos hegemónicos— se las “arreglan” para participar en el juego de la política, ahí han aprendido a jugar con los jugadores, a hacer jugar a los jugadores, a jugar a través de ellos.

Ahora bien, tratándose de la participación de las mujeres en las “grandes ligas”, al parecer, o juegan “como hombres” o quedan fuera del juego, ahí no existe alternativa. Por ejemplo, observo las actuaciones de las presidentas de las cámaras de diputados/as y senadores/as en el último episodio del conflicto en torno a la carretera proyectada a través del TIPNIS y me resulta evidente que lo hicieron como “todos los hombres del presidente” 3, han actuado del mismo modo como lo hubieran hecho sus copartidarios varones, obedeciendo la línea de mando vertical de “los jefes”.

A modo de conclusión

Una somera observación de la participación de las mujeres en los ámbitos de decisión política —al menos en Bolivia y en las últimas tres décadas— confirma fehacientemente esta afirmación. O ¿alguien podría señalar alguna diputada, senadora, ministra, asambleísta, alcaldesa, concejala que en este tiempo se haya destacado por un posicionamiento de confrontación abierta a la normativa del poder en el marco de esa lógica masculina que lo sustenta, para “hacer la diferencia”? Adelanto mis disculpas si alguna lo hubiera hecho, en todo caso, no me cabe duda que sería “la excepción que confirma la regla”.

Entonces, vuelve la pregunta ¿qué ganamos las mujeres —y no sólo las mujeres, la ciudadanía en general— con la participación de algunas mujeres en esos ámbitos? ¿Por qué seguimos persistiendo en ese cometido? Insisto, la presencia de mujeres en los ámbitos de decisión política corresponde —ni más, ni menos— que al ejercicio de un derecho de ciudadanía, simplemente eso. Esperar que ello signifique un cambio cualitativo en el modo de “hacer política” es —al menos por ahora— simplemente una vana ilusión.

Sin embargo, no dejo de abrigar la esperanza de que con esa presencia se abran oportunidades de cambio para las futuras generaciones. Seguramente serán “otras” mujeres, en relación con “otros” hombres, quienes “harán la diferencia”. Para ello hace falta todavía un largo recorrido, una ardua lucha orientada a modificar sustancialmente la “hermenéutica del poder” y, dentro de ella, las tradicionales relaciones de género. Hace falta “despatriarcalizar” la política, el poder, el estado y la propia sociedad.

*          Psicóloga social, feminista y militante por los derechos de las mujeres.

1          Publicado en la revista Cuarto Intermedio N° 86 (Cochabamba, febrero de 2008)

1          En: http://www.eumed.net/dices/definicion.php?dic=3&def=158 (Énfasis mío).

1          Título de una película estadounidense de 1976, basada en el libro homónimo de Bob Woodward y Carl Bernstein, publicado en 1974, que relata la historia de la investigación periodística que condujo al famoso escándalo de “Watergate”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Todos_los_hombres_del_presidente

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