junio 20, 2021

¿Y si el Gobierno se sale con la suya y se construye la carretera?

Hagamos de cuenta que el gobierno se sale con la suya y la carretera finalmente es construida, respaldados con el 100% de votos. De ser así, sus autoridades creerán que el problema ha sido solucionado. Sin embargo, eso es cierto sólo en el caso del TIPNIS. La realidad muestra que el tipo de izquierda boliviano, aquel que ascendió al gobierno, es proclive a que esta situación se repita una y otra vez.

Esta tesis se sustenta en el tipo de izquierda que caracteriza a Bolivia. En nuestro criterio, siguiendo a Steven Levitsky (The Resurgence of the Latin America Left, Johns Hopkins, 2011), la izquierda boliviana en función de gobierno, constituye el modelo más inestable en América Latina. Se visibilizan 4 grandes tipos de izquierda, utilizando para su definición, al menos, dos criterios: por un lado, el grado de institucionalización/no institucionalización partidaria y, por el otro, la concentración/dispersión del poder. De acuerdo a ambas variables, tenemos las siguientes izquierdas, de la más estable a la menos estable.

Uno, la “izquierda institucional partidaria” muestra una notable solidez institucional reflejada en lo que es el Partido de los Trabajadores en Brasil, la izquierda socialdemócrata en Chile o el Frente Amplio en Uruguay. Estas instituciones nacieron al calor de las dictaduras y se formaron en el seno democrático. Su actitud frente a la democracia, por ende, es de apego. De ese modo, su fortaleza institucional está fuera de toda duda. Asimismo, respecto a la dispersión/concentración de autoridad, estos partidos se fueron haciendo cada vez más “inmunes” a la injerencia excesiva de las bases sociales. Se profesionalizaron y, así, distanciaron de las movilizaciones sociales, limitándose a asistir a eventos electorales. Vale decir, la combinación es institucionalidad más decisiones ampliamente democráticas. Es la izquierda más estable precisamente por ello: resuelve sus asuntos en el marco de reglas institucionales y con el concurso de variadas voces ciudadanas.

Dos, la “máquina institucional populista” que combina similar rigor institucional que los casos precedentes pero sin la democratización mencionada. Por el contrario, esta izquierda, visible claramente en Argentina, exhibe la solidez institucional de un partido tradicional nacido en abierta oposición a las oligarquías y dictaduras, pero con una personalización del poder no menos vehemente (el culto a la persona o “modelo Kirchner”). Es la segunda izquierda más estable. Resuelve sus problemas en el marco de las reglas democráticas a las que apoya. Sin embargo, y ésta es la ambigüedad, también lo hizo en contra de la democracia neoliberal que encarnó Menem. Lo que los convierte parcialmente, sólo parcialmente, en alentadores del discurso antisistémico propio de otras realidades (por ejemplo Venezuela). Discurso que es el origen de cierto grado de inestabilidad.

Tercero, la “izquierda populista”, encarnada en Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador. Combinan la presencia de nuevos movimientos sociales con la concentración personalista de la autoridad. Se trata pues de un sistema político caracterizado por la debilidad partidaria así como por la presencia de movimientos sociales notoriamente dirigidos “desde arriba”. La fragilidad partidaria reside en su reciente constitución. Nacieron en el marco de una abierta confrontación con el sistema partidario tradicional. Adoptaron, por lo tanto, una actitud antisistémica. Y, adicionalmente, tendieron a concentrar el poder de modo escasamente democrático, copando el poder judicial, electoral, federal/descentralizado y demás. En suma, no tienen tradición de resolver los conflictos en base a reglas de juego. No sólo que éstas son nuevas sino que pueden llegar a ser permanentemente usadas a conveniencia de los caudillos de turno. Resultado: moderada a baja estabilidad política.

Finalmente, la “izquierda de los movimientos sociales” que existe allá donde éstos deciden entrar a la arena política, creando su propio vehículo partidario para contrarrestar al poder estatal (tradicional). Esta situación conlleva una potencial dispersión del poder. Se podrá argumentar que esto no es cierto, en tanto los movimientos sociales están cooptados (y por tanto unidos). Es cierto, si lo están, pero no todos, ni todo el tiempo. Hoy las esquirlas sociales provienen de la CIDOB y CONAMAQ, pero es muy posible que mañana provengan de otras fuerzas sociales. Por tanto, la combinación es desinstitucionalización muy nítida acompañada por una dispersión del poder aún tenue pero potencialmente muy grande. Escenario propulsor de mayor inestabilidad. Se dirá que esto no es cierto pues Evo ya empieza a controlar todo el poder evitando la dispersión. Y si hay mucho de cierto en esa tesis. Sin embargo, esa certeza no es permanente, no lo es en todos los casos (o sea respecto a todos los movimientos sociales), de igual intensidad (no todos son igual de leales y/o igual de cooptados), ni todo el tiempo (algún rato, como en el caso del TIPNIS, hay quiebres). Por ende, no se puede comprar a los movimientos todo el tiempo (como se lo quiso hacer con Adolfo Chávez), ni se los puede reprimir a todos (como se lo hizo en Yucumo) ni, como lo demuestra el mecanismo de moda, se puede hacer referendos en todas aquellas regiones que lleguen a plantear disensos. Por tanto, se requiere un acercamiento menos clientelar, menos coercitivo y menos de “democracia del rodillo”. El tipo de izquierda existente en el país necesita de un acuerdo programático. Un acuerdo acorde a la escasa institucionalidad y excesiva dispersión del poder existentes. De lo contrario el TIPNIS es sólo el caso más reciente de los que sucederá en otros lugares y en otros momentos, dando mayores dolores de cabeza al gobierno.

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