noviembre 29, 2021

Los Economistas Clásicos y su aporte antropocéntrico

Adam Smith es, para la mayoría de los economistas formados en nuestro medio, el padre de la economía, aunque otros documentos y los propios textos de historia económica e historia de su pensamiento económico, demuestren que la preocupación por las actividades de la reproducción se hayan dado mucho antes de que este filósofo escocés haya publicado su obra “Una indagación sobre la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones”. Sin duda que esta intención de mantener a muchos intelectuales como precursores, padres, creadores, gurús, etc, y hacer que estas ideas queden muy bien selladas en las mentes de las generaciones futuras, en este caso de los futuros economistas, es una acción permanente del colonialismo intelectual que ha mantenido el eurocentrismo.

Se reconocen como pensadores cumbre del pensamiento clásico en economía a los siguientes personajes, la mayoría de ellos ingleses: Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Thomas Malthus, Juan Baptista Say.

Adam Smith tuvo la oportunidad de relacionarse con la escuela francesa fisiócrata y fue el primero en hacer que la economía haga un viraje hacia una concepción enteramente antropocéntrica. A partir de entonces, se abandonó todo intento de considerar a la naturaleza como fuerza viva y fundamental en la reproducción social y de ella misma. Se dejo a un lado a esa máxima que habría dejado Willam Petty cuando afirmaba que, en el caso de la producción “el Padre es el Trabajo y la Madre es la Tierra”.

La preocupación fundamental de los economistas clásicos se concentró en aquellos elementos que exigía el capitalismo naciente: la riqueza, la producción, la distribución, la concentración, el poder de las naciones, la acumulación, la mercancía, la propiedad, la ganancia, etc.

El concepto de riqueza está presente en la economía, desde los mercantilistas, fisiócratas y en todo el pensamiento de los denominados economistas clásicos. La riqueza es considerada como el producto del trabajo de los seres humanos, pero en relación con la naturaleza. Los seres humanos necesitan de los materiales que ha de proporcionarles la posibilidad de transformarlos a sus necesidades. Necesidades que se justifican por el requisito de vivir y de reproducir su especie y la necesidad de sentirse más ricos y poderosos que el vecino, sea este un país, una comunidad o simplemente el vecino.

Los materiales que requieren para esos objetivos, solo y solo, pueden ser obtenidos de la naturaleza. Sin embargo a la economía clásica y sus pensadores poco les importaba indagar en los mecanismos, leyes o regularidades, con el que la naturaleza les procuraba esos recursos, por dos criterios, a saber:

  1. Creer que los recursos que brinda la naturaleza existen de manera ilimitada, inagotable y por una eternidad. Al respecto, Bifani coloca una cita en su libro (Medio Ambiente y Desarrollo) los escritos de un predecesor de Adam Smith, Nicolas Barbon, quien abría escrito los siguiente:

            “La producción nativa de cada país es la riqueza de ese país y es perpetua y nunca se agota: los animales de la tierra, las aves del cielo y los peces del mar aumentan naturalmente. Cada año hay una nueva primavera y un nuevo otoño que producen una nueva provisión de plantas y frutos. Y los minerales de la tierra son inextinguibles. Y si el acervo natural infinito, es artificial, que procede del natural, también debe serlo, como las telas de lana y lino, las zarazas y los tejidos de seda, que se elaboran con la lana, lino, algodón y seda natural.” (The political and comercial Works of that celebrated writer).

  1. Pensar que el ser humano, por “sus cualidades de razonar” era la especie que debía someter, a sus mezquinos intereses, a la naturaleza.

Estos dos aspectos influyen en el dogma de la doctrina económica de los economistas clásicos y que aún es válido para los economistas contemporáneos, como los neoliberales, “el orden natural”, como la más ventajosa para el género humano. El dogma del orden natural es instalado como el único elemento que dinamiza la vida social. El ser humano está en la cúspide de este orden natural, en tanto que la naturaleza está en una escala inferior, consecuentemente al servicio total del que está en la cumbre de esta pirámide.

Al interior del género humano también se concibe un orden de dominación, influidos por la ley de la selección natural, mal o bien interpretada, el pensamiento de los economistas clásicos justificaba la existencia de seres humanos ricos y seres humanos pobres. En palabras de Adam Smith se señala que: “todo hombre es rico o pobre de acuerdo con el grado en que puede permitirse gozar de las cosas necesarias, de las comodidades y de las distracciones de la vida humana” (Smith, La riqueza de las naciones, Cap. V).

Se reconoce que uno de los aportes más significativos de la economía clásica fue su teoría del valor. Sin embargo en ella no es posible visualizar, ni de lejos, el valor que aporta la naturaleza en las distintas fases de la producción, sea esta producción primaria (alimentos, minerales, energías, etc) o producciones transformadoras, como la manufactura y la industrial. Tanto valor de uso como valor de cambio, ambos tienen un sentido atropocentrista. El valor de uso es lo que satisface al ser humano y el valor de cambio es la expresión del esfuerzo que pone el ser humano. Así, la afirmación de David Ricardo tiene sentido cuando escribe que:

“…la utilidad no es, por lo tanto, la medida del valor de cambio, aunque es algo absolutamente esencial al mismo. …El valor de cambio de las cosas que poseen utilidad tiene dos orígenes: su escasez y la cantidad de trabajo requerida para obtenerlas.” (D. Ricardo, principios de economía política y de tributación, Cap. XX).

El aspecto de escasez, para los primeros clásicos, estaba referido a la dificultad o el desconocimiento por parte de los seres humanos sobre la existencia de los recursos naturales existentes o las dificultades para acceder a ellos. Aspecto que será superado, para mal de la naturaleza y el medio ambiente, con la denominada “revolución industrial” y la incorporación de las colonias del Abya Ayala (América Latina) a los objetivos del robo y el saqueo por parte del capitalismo desde sus orígenes hasta nuestros días. A partir de ese momento el dogma del crecimiento sin límites, sirvió para profundizar la extracción y destrucción de recursos naturales para el beneficio de un selecto grupo de sociedades que vivieron y siguen viviendo a expensas de otras sociedades, cuyas poblaciones mayoritarias padecen de necesidades básicas como la alimentación, la salud y la educación.

No faltaron, entre los pensadores clásicos, aquellos que se dedicaron a construir apologías para justificar el “orden natural” llena de desigualdades entre los grupos humanos. Ese es el caso de Malthus, un sacerdote católico que echaba la culpa de la pobreza y la miseria a los mismos pobres, planteando medidas naturales y artificiales para librarse de eso que consideraba una lacra social, la pobreza.

*          Docente Investigador Titular de la UMSA, economista crítico (no criticón)

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