diciembre 3, 2021

¿En qué momento estamos?

Los movimientos sociales, articulados en torno al núcleo denso de cinco organizaciones sociales mayoritariamente indígenas —CSUTCB, Bartolinas, las seis Federaciones del Trópico, los regantes de Cochabamba y la FEJUVE El Alto—, fueron los que fracturaron el modelo colonial de dominación a punta de bloqueos y movilizaciones y abrieron el camino a las transformaciones que hoy vivimos.

Desde hace algún tiempo, y preponderantemente en los últimos meses, hemos escuchado una diversidad de discursos que impugnan el quehacer del gobierno del Presidente Morales desde posicionamentos diversos. Unos más virulentos que otros, unos más fundamentados que otros, pero todos convergiendo en una idea común: los errores que comete el gobierno a tiempo de la conducción del proceso de cambio.

¿Es así? ¿Estamos ante una colección de errores? ¿Cuáles son los errores? Para contestar estas y otras preguntas conexas habrá que comenzar preguntándonos —recordando— cuáles eran las finalidades que se propuso el actual gobierno y la conexión que guardan —o no— con los objetivos de su primera gestión.

Quizá lo primero que habría que recordar es que Morales llegó a la Presidencia por voluntad mayoritaria popular. Pero popular es un término muy amplio. El núcleo fundamental de esa voluntad fueron aquellos movimientos sociales que pelearon desde inicios de siglo por destruir el modelo económico dominante y el modelo colonial de dominación impuesto. Esos movimientos sociales, articulados en torno al núcleo denso de cinco organizaciones sociales mayoritariamente indígenas —CSUTCB, Bartolinas, las seis Federaciones del Trópico, los regantes de Cochabamba y la FEJUVE El Alto—, fueron los que fracturaron el régimen imperante a punta de bloqueos y movilizaciones y abrieron el camino a las transformaciones que hoy vivimos. Y en todo caso, la huelga de hambre de las clases medias operó como el mecanismo que evitó la radicalización de la lucha. Como siempre ocurre en acciones de este tipo, el apoyo de esta clase no busca el avance sino la estabilización del conflicto, no es impulso sino freno.

Más allá de ello, estos movimientos fueron capaces de imponer la agenda de octubre como programa de transformación estructural del país y fueron ellos también los que eligieron quiénes serían los ejecutores de esa transformación. Sólo así se entiende la elección de Evo Morales y las características del proceso de cambio.

En ese marco, lo que es importante destacar es la capacidad de ese núcleo denso de articular a todos los otros sectores sociales en una de las construcciones más profundamente democráticas que ha tenido Bolivia a lo largo de su historia. El Pacto de Unidad fue sin duda el proceso de unificación política indígena que sustentó tanto el proceso de cambio como la Asamblea Constituyente que permitió formular la nueva Constitución Política.

El proceso, claro, no estuvo exento de diferencias que fueron haciéndose más evidentes con el tiempo, particularmente en el segundo gobierno del Presidente Morales. ¿Qué tipo de diferencias? Diferencias de intereses. El segundo gobierno de Morales, articulado en torno a la construcción del Estado Plurinacional, ha sido sin duda una disputa continua por los términos de la conducción del proceso. Alguien podría decir que esa disputa muestra el grado de apropiación que tiene el proceso de cambio, sin embargo, es más evidente que ella tiene que ver con proyectos propios —sectoriales, personales— sumergidos, enmascarados en la nominación genérica de proceso de cambio. En otras palabras, hay quienes, a título de ser fieles al proceso de cambio, no han hecho otra cosa que defender sus intereses y/o defender visiones del mundo sumamente estrechas. Es ilustrativo el caso de Adolfo Chávez o Rafael Quispe, hoy francos aliados de Rubén Costas, que comenzaron su alejamiento del Pacto de Unidad por no lograr satisfacer sus sórdidos intereses; pero es también el caso de las posiciones de la APG, que pretende ser la exclusiva beneficiaria de los ingresos que percibe el país por concepto de la explotación del gas; al medio podemos encontrar a todos aquellos exfuncionarios del gobierno que hoy actúan como sus furiosos detractores ante la imposibilidad de convertir su visión de clase media en el norte del proceso de cambio.

El blanco favorito es, sin duda, el Presidente. De la forma más miope, se pretende ignorar que el proceso no es sólo el presidente y que detrás del él están los más potentes actores y conductores del proceso de cambio, a quienes también se busca desacreditar, claro. Los apelativos de las diferentes facetas de la indianitud son los adjetivos descalificativos con los que se refieren a ellos.

En esas paradojas históricas que sólo pueden producir los pequebús que juegan a revolucionarios comprometidos —¿se acuerdan de la Nación clandestina?— y aquellos que sólo piensan en la acumulación personal, se tiene hoy el atrevimiento de querer arrogarse la conducción del proceso por encima de sus gestores. ¿Dónde estaban en octubre de 2003 la CIDOB, el CONAMAQ, la APG y todos los pequebús izquierdosos? Este proceso no lo gestaron ellos, por tanto, tampoco son los que lo conducirán. No tienen alma de país.

En un momento de sinceridades históricas, cada quien ha mostrado finalmente su verdadera cara. Lo más importante: quienes lucharon toda su vida contra el orden colonial y capitalista son los que siguen hoy al frente de este proceso, defendiéndolo de quienes pretenden apropiarse de lo que no les ha costado. Mientras así sea, podremos seguir avanzando en la construcción del futuro.

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