noviembre 29, 2021

América Latina: entre el miedo y la violencia

Todo el espacio latinoamericano está filmado, fotografiado, radiografiado por esas fuerzas y aún así se pavonean los políticos corruptos, paramilitares, capos del narcotráfico, extorsionadores, tratantes de personas.

Es mediodía y dos docenas de hombres armados irrumpen en el poblado, arrancan de sus chozas a los varones adultos y, en minutos, los decapitan frente a sus familias y vecinos. Ante el ataque las autoridades especulan y señalan a presuntos culpables mientras el miedo y la certeza de su vulnerabilidad penetran entre los misérrimos pobladores. Atardece en una pequeña ciudad del centro de México, se acerca el sordo ruido del convoy; son camionetas de lujo polvorientas: hay F-150 King Ranch, Escalade, Hummer y Grand Cherokee. El silencio impera cuando sus tripulantes ingresan a una casa, ahí saciarán la sed de días, desecharán los pañales desechables y contabilizarán sus ganancias. Saben que los dueños huyeron para Estados Unidos y esa, como todas las casas, están vacías por la ingobernabilidad y de la violencia.

Ambos escenarios retratan la imagen de la violencia impune que se atribuye al crimen organizado en comunidades y ciudades de América Latina, principalmente en zonas productoras de drogas y de tránsito hacia Estados Unidos. Al tráfico de personas, armas y bienes se suma la extorsión cotidiana que atormenta a miles de ciudadanos mientras que la respuesta gubernamental es, siempre, desarticulada.

Se expande dramáticamente el tamaño de las fuerzas armadas, los militares operan como policías, viejos policías se reciclan en nuevas corporaciones; esta perversa lógica relaja los controles en el reclutamiento reduce la calidad en la capacitación de nuevos agentes. Pareciera, dicen los enterados, que se trata de un esfuerzo por producir a los oficiales de policía más malos para que cuanto antes se involucren en actividades ilegales.

Hace décadas que el crimen organizado trasnacional es el actor que le disputa el poder al Estado en América Latina. Hábil, construyó un eje estratégico con alcaldes, gobernadores, ministros, jueces, aduanas, bancos, miembros del Ejército, Marina y Policía e influye en la toma de decisiones políticas y económicas. Ante la incapacidad para diseñar planes estratégicos con soporte de inteligencia, los Estados apuestan a la dependencia financiera, tecnológica y “humanitaria” del exterior. Varios países parecen estar en guerra contra sí mismos.

Para las atormentadas poblaciones de esos territorios no existe la seguridad ciudadana, no se previene el delito y muere la esperanza. Un ejemplo: para la Oficina de Control de Drogas de Naciones Unidas el puerto de La Ceiba en Atlántida, Honduras vive la peor situación de seguridad pública del mundo. El propio gobierno estima que en ese país cada 88 minutos es asesinada una persona.

La bibliografía especializada en el fenómeno de la delincuencia organizada en América Latina subraya el riesgo cotidiano de los casi 46 millones de habitantes de los 7 países centroamericanos. En el glosario de la impotencia el vocablo “Triángulo Norte” tiene connotación de desamparo y decepción; escenario de tasas de mortalidad elevadísimas, decesos que ya no se investigan y 6 millones de personas desnutridas, la mayoría menores de 5 años, informa la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

La constante violencia y el crimen en esa región “afectan las decisiones diarias de la población sobre su vida y entorno”, advierte el informe 2011 de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano en Centroamérica. Atrás quedó el camino del desarrollo.

En toda América Latina los jóvenes son el blanco de la violencia. El informe 2010 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos refiere que en los 21 países de América Latina y los 12 del Caribe se presenta el mayor nivel de violencia juvenil del planeta. En el Salvador la tasa de homicidios entre jóvenes de 15 a 24 años es de 94 por cada 100 mil personas, más alta que en Irak y Afganistán. Se está frente a una generación perdida. En México constituyen el mayor ejército de desempleados.

Esa dinámica propicia el negocio del miedo: los que venden protección física, equipos de vigilancia, los que ofrecen cooperación estratégica, capacitación a Ejércitos, Marinas, Policías y Grupos de Élite en países “en riesgo” en nombre de la cooperación y la seguridad. Los presupuestos en este rubro aumentan exponencialmente cada año fiscal.

La violencia reconfigura el espacio público: aísla a pobres de ricos, a vecinos de vecinos y rompe la cohesión. Las clases media-rica y medias de América Latina invierten cada vez más en firmas de seguridad que superan las fuerzas de la policía en proporción de 4 a 1 en Guatemala y El Salvador. Se estima que México tiene 450 mil agentes legales que trabajan en esas empresas contra 600 mil no registrados contra una fuerza de, apenas, 390 mil 781 agentes de policía.

En ese contexto, el gobierno estadounidense escatima ayuda para el desarrollo y derrama dólares para la seguridad regional. Los fondos de la Iniciativa Mérida se suman a los de la USAID, la Iniciativa de Seguridad Centroamericana (CARSI) y el Departamento de Estado. La FBI capacita a los agentes en técnicas contra el crimen moderno, incluyendo intercepción de teléfonos y correos electrónicos; el Comando Sur rediseña su acción en Colombia y Honduras con su enriquecida red de bases que aloja a Fuerzas de Tarea, como la Conjunta Bravo (JTF-Bravo) de la base aérea en Soto Cano.

Todo el espacio latinoamericano está filmado, fotografiado, radiografiado por esas fuerzas y aún así se pavonean los políticos corruptos, paramilitares, capos del narcotráfico, extorsionadores, tratantes de personas. Entretanto, crece la desconfianza ciudadana en los políticos y partidos, se les percibe como parte de las redes ilícitas, elitistas y corruptas. Los parlamentarios acaparan el rechazo público y mengua la autoridad del Estado.

En México la Encuesta de Ciudadanía, Democracia y Narcoviolencia (SIMO CASEDE, 2011) revela que 37% de la población se siente insegura, en la capital del país (DF) 66 por ciento opina que el Ejército se ha corrompido por el narcotráfico, 65 por ciento cree que está perdida la guerra contra la delincuencia organizada y 59 por ciento considera que para evitar que crezca la violencia debe lucharse contra la pobreza y el desempleo. 61 por ciento de la población ya no sale en la noche a divertirse ni circula por carreteras locales. El 70 por ciento opina que el próximo presidente del país debe seguir la lucha contra el narcotráfico

A la violencia, casi endémica en Centroamérica, norte de Colombia, ciudades perdidas de ciudades brasileñas, centro, poniente y norte de México, se suman los efectos de la crisis económica, los desastres y la degradación ambiental que dejan su estela de hambre, desempleo, migración y el sentimiento de incertidumbre en gran parte de la población.

Corolario: con el miedo los gobiernos de derecha y el depredador neoliberalismo intentan redireccionar la mirada y las vidas de los seres humanos, principalmente los desposeídos, hacia un sentido donde el camino sea irreversible. (Arquitectura política del miedo, Robinson Salazar).

*          Es internacionalista de la Universidad Nacional Autónoma de México y ha realizado periodismo de investigación en temas internacionales para distintos medios mexicanos.

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