diciembre 8, 2021

Caminos trazados en la Conferencia de Rio + 20

En el proceso de negociación hacia la Cumbre de Rio + 20 se hizo muy poco balance a conciencia de lo que ha sucedido con el planeta durante los últimos 20 años. Las negociaciones se han convertido más bien en una pugna en torno a la economía verde que encubre formas de mercantilización de la naturaleza nunca antes imaginadas.

Cuando en 1992 los países del sistema multilateral adoptaron la Declaración de Río y establecieron la Agenda 21 con la finalidad de enfrentar la ya entonces preocupante devastación ambiental, las inequidades sociales y la pobreza, se pensó que el novedoso concepto de “desarrollo sostenible” podría ser el más adecuado para detener lo que ya se presentaba como una crisis de sobre producción y sobre consumo a gran escala.

La bonita fórmula de -“consumir lo suficiente para satisfacer las necesidades del presente, sin comprometer las necesidades de las generaciones del futuro”, no había tomado en cuenta que pocos años antes arrancaba el Consenso de Washington y que ya estaba en pleno apogeo la multiplicación de instituciones, leyes, acuerdos, mecanismos financieros, sistemas de condicionalidades y gobiernos, dispuestos a proteger por encima de cualquier otro precepto las inversiones privadas y el gran capital. -El mandato del Consenso de Washington: “sin inversión privada, no hay desarrollo” se convirtió en la máxima de todo estado y en particular de los gobiernos en los países en el sur que abrieron sus puertas a toda condicionalidad del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que, estaba destinada a que las transnacionales puedan lucrar a sus anchas. Las consecuencias de ello no sólo fueron el debilitamiento de los mecanismos de regulación estatal y por tanto del Estado, sino también los impactos ambientales y la violación de los derechos humanos.

Hoy estamos ante una situación aún más grave porque la crisis ecológica y financiera -que las mismas empresas, dueños de bancos y grandes capitales han provocado bajo ese modelo- opera como un fuerte justificativo para avalar, de manera explícita esta vez, una nueva maquinaria denominada “Economía Verde” que pretende incorporar la naturaleza en la fórmula como activo, para asegurar esta vez la “sostenibilidad de la economía global”.

Y es que hay una crisis galopante y pues el capitalismo como dice Susan George, “se pregunta en cada momento, de dónde va a venir su próxima comida”.

El proceso de negociación hacia la Cumbre de Rio + 20 ha sido un proceso en el que se ha hecho muy poco balance a conciencia de lo que ha sucedido con el planeta durante los últimos 20 años. Las negociaciones se han convertido más bien en una pugna en torno a la economía verde, en la que los países desarrollados y el UNFPA han presionado para que la declaración se pronuncie a favor de ésta, que aunque tiene un nombre atractivo y ecológico, encubre formas de mercantilización de la naturaleza nunca antes imaginados pues postula básicamente que el cuidado ambiental es un gran negocio.

Esto es, en parte, fruto del enorme lobby corporativo al interior de las Naciones Unidas. Varias redes de instituciones de la sociedad civil han denunciado a pocas semanas de la Cumbre de Rio de Junio pasado, que grandes empresas transnacionales han buscado incorporar su visión y su lenguaje en la propia declaración.

Algunos países en el G 77 se propusieron redefinir la economía verde y salvarla de un enfoque mercantilista. Los países desarrollados liderados por la Unión Europea pugnaban por un documento que se pronuncie por la economía verde. Pasando por encima de todo el ritual -como suele hacer el país anfitrión de una Conferencia para no pasar a la historia con un resultado negativo-, Brasil dió por finalizadas las largas jornadas de negociación presentando un documento de propuesta de Declaración que permanece anclado en el concepto de “crecimiento económico sostenido”, opta por la economía verde como instrumento y habla un conjunto de medidas débiles y sin compromisos para verdaderamente regular a las corporaciones y limitar a los países desarrollados en su lógica de ocupación del planeta. Bolivia terminó planteando reservas al documento reclamando su soberanía y decisión de cuidar a la Madre Tierra, a pesar de su evidente ruptura entre discurso y política interna.

No pocos comentaristas han dicho que Rio + 20 ha dejado como saldo el hecho de que los Estados se han rendido ante el capital y han levantado sus manos de la responsabilidad de asumir compromisos verdaderamente vinculantes para parar la deforestación, controlar el cambio climático, cuidar el agua, evitar la contaminación, evitar la grave pérdida de biodiversidad. Ante esa falta de compromiso, son ahora las grandes transnacionales y los países poderosos vinculados a estos intereses los que toman en sus manos no solamente los caminos a tomarse sino también la narrativa, el discurso: La naturaleza es parte del capital, invertir en la naturaleza para cuidarla es invertir en los negocios, la economía debe ser sostenible; hablar de sostenibilidad es lo mismo que hablar de factibilidad o rentabilidad.

Esto lo vemos claramente en las conclusiones del Foro de Sostenibilidad Corporativa que se organizó como una actividad paralela a la Conferencia de la ONU, que emitió una Declaración del Capital Natural suscrita por al menos 40 transnacionales y entidades financieras y que tiene como eje definir a la Naturaleza como capital. Queremos “hacer entender que “activos” como el agua, el aire, el suelo y los bosques son un “capital fundamental” y advertir cómo esos recursos afectan los negocios de las empresas”… “De la misma forma que un inversionista quiere preservar su patrimonio y vivir de la ganancia que le genera, el desafío es ahora no depredar recursos naturales para obtener un beneficio…” dicen sus organizadores.

Entonces estamos ante el hecho de que el propio sistema multilateral va dando paso a una gobernabilidad corporativa. De hecho gran parte de las normas, acuerdos y leyes que amparan el gran capital como son los acuerdos de libre comercio, los acuerdos de protección de inversiones, los tribunales de litigio de las empresas contra los países tienen más poder compulsivo que las Declaraciones, Convenciones, Conferencias y otros cuerpos de las Naciones Unidas. La rutina y la repetición mecánica ce términos, palabras relacionadas con la sostenibilidad no son suficientes para contrarrestar esta maquinaria.

No podemos olvidar que las 100 primeras economías mas grandes del mundo son corporaciones transnacionales; son dueñas del dinero, de los bancos, de las tierras, de la justicia, de la tecnología, de las maquinarias; tienen acuerdos de libre comercio a su favor, reglas de protección de inversiones y tribunales a su medida.

Los intereses que están detrás de la economía verde son claros y buscan materializarse más allá de las declaraciones o reservas, a menos que los países decidan tomar en sus manos redefiniciones trascendentales sobre desarrollo, extractivismo, energía, cuidado de los ecosistemas, justicia, redistribución social justa. Bolivia está ahora bajo esa lupa, veremos si los postulados de su Constitución y su planteamiento sobre la justicia ecológica van a encontrar un cauce coherente en su política interna.

La Cumbre de Rio + 20 ha mostrado hasta qué punto se han desgastado las palabras y declaraciones y que lo que cuenta y contará en el futuro será la verdadera voluntad de los países de cambiar radicalmente los paradigmas dominantes del desarrollo, cualquier concesión al desarrollismo, el extractivismo y la usura tiene a esta altura ya un costo muy alto para el planeta y sus habitantes.

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