diciembre 3, 2021

Motín policial y la defensa de la revolución

La innecesaria violencia de los policías para hacer escuchar sus demandas, es preocupante y convoca a iniciar una reflexión profunda de lo que todavía resta por hacer para construir un Estado Plurinacional que sea garante de justicia, paz, cooperación y solidaridad.

Es preocupante pues si la protesta policial no estaba contaminada con ingredientes políticos de corte opositor al gobierno, las declaraciones de sus representantes, en particular de la dirigente de las esposas de los uniformados, y las acciones violentas desplegadas contra algunos oficiales y bienes públicos, conducen a pensar en todo lo contrario o al menos de poner en duda los propósitos de la protesta.

En las acciones de fuerza del jueves y viernes pasados, los portavoces del amotinamiento policial no se cansaban de lanzar advertencias al gobierno sobre la sangre que se iba a derramar si se optaba por acudir a las fuerzas militares para restablecer el orden. También se decía que un enfrentamiento de esa naturaleza implicaría el fin del gobierno de Evo Morales. Es decir, mucho de amenaza política para acompañar a una demanda sectorial, más aún si al Ejecutivo no se le pasó nunca apelar a la fuerza para resolver el conflicto.

Entonces, la posición de los actores frente al conflicto fue radicalmente distinta. La toma violenta de los recintos policiales, la quema de documentos y las consignas de guerra de los movilizados contrastaba con la prudencia y hasta cierto punto la pasividad de un gobierno que no dejaba de apostar al diálogo. No puede negarse que el llamado a dialogar fue reiterado tantas veces como escuchada la negativa de los policías. De esta manera, la reivindicación de los policías de base, a la que luego se sumaron la mayor parte de los oficiales, perdía legitimidad para dar paso a la duda sobre los verdaderos propósitos de una parte de los conductores de la movilizados.

Por un lado se empezaba a percibir la intencionalidad desestabilizadora que incluso condujo al presidente Rafael Correa a denunciar que en Bolivia se quería hacer con Evo Morales lo mismo que se hizo con él en 2010, cuando se desencadenó en Quito un golpe de Estado a partir de un motín policial, pero felizmente frustrado por la valentía del jefe de Estado y la rápida reacción de la base social de la “revolución ciudadana”.

Por otro lado, a contramarcha de un grupo de los policías, se apreciaba un discurso y práctica gubernamental que, por ser bastante cauta, abría el riesgo de no anticiparse a un hipotético escenario de conflicto claramente subversivo contra el proceso de cambio, ni mucho menos advertir a sus fuerzas sociales que empezaron a reaccionar ante la delicada situación.

Con todos estos hechos, lo que se demuestra es que solo la organización y movilización social permitirá defender y profundizar la revolución más profunda de nuestra historia.

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