Obama ha sido reelecto presidente de los Estados Unidos, tras una dura contienda electoral con el republicano Romney. Lo que le espera al líder demócrata es mucho, sobre todo si se inyecta un poco de voluntad para aprovechar este su último mandato para cumplir con sus ofertas electorales recientes y las que hizo en las elecciones de 2008.
En la política doméstica, el titular de la Casa Blanca deberá adoptar medidas concretas para revertir una crisis económica que si bien en los últimos meses se ha detenido, continúa representando una amenaza real para la mayor parte de la población, cuyas condiciones de vida se han deteriorado sustancialmente. La precarización del empleo, el aumento de una tasa de desempleo superior al 7%, el alto costo de vida, la disminución de la capacidad adquisitiva del salario y la paralización de centros de producción emblemáticos —como la industria automotriz-—, se presentan como las principales manifestaciones de una economía golpeada y endeudada.
También, en su política interna, Obama deberá honrar su deuda con la población latina, cuya inclinación electoral a su favor lo convirtió en ganador el pasado 6 de noviembre. Eso significa, entre otras cosas, tomar medidas para que los latinos sean protegidos de la grosera agresión laboral y de las múltiples formas de racismo que enfrentan en varios estados de esa nación norteamericana, pero también de resolver la situación migratoria de un alto porcentaje de esa población no anglosajona. La situación de parcial o total de indocumentación de millones de migrantes es aprovechada por patrones que pagan salarios por debajo de los promedios y por policías que cometen abusos inimaginables, lo cual hace de EE.UU. uno de los países que más viola los derechos humanos.
Lo que complota contra el cumplimiento de sus promesas domésticas, además de la escasa voluntad que objetivamente ha mostrado en su primer mandato, es sin embargo la compleja relación de fuerzas en el Congreso Nacional, ya sea por la fuerte presencia republicana o por la posición conservadora de muchos políticos demócratas.
En materia de política exterior no hay que ser ingenuos ni hacerse ilusiones ideológicas. Sin embargo, hay que pensar que Obama también tiene la oportunidad de hacer en su segundo mandato lo que ofreció y no hizo en el primero: terminar con las guerras e intervenciones militares y dejar de comprometer la seguridad del planeta con los obsesivos planes de ocupación de Irán.
El presidente estadounidense también tiene la oportunidad de recuperar en algo la credibilidad suya y de su país en América Latina y el Caribe, a partir de respetar la emergencia de una voluntad latinoamericanista que no está de acuerdo con formas abiertas y encubiertas de intervención. EE.UU. no debe darle la espalda a los pueblos y estados del continente que le exigen levantar el criminal bloqueo contra Cuba, pero también debe renunciar a sus planes conspirativos contra los gobiernos revolucionarios y progresistas.

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