julio 14, 2026

¿Habrá paz en Colombia?

por: Contexto Latinoamericano

Fragmentos de la entrevista exclusiva a Timoleón Jiménez, comandante del Estado Mayor Central de las FARC-EP, realizada por el sitio Contexto Latinoamericano de la editorial Ocean Sur.

Contexto Latinoamericano (CL).- En julio de 2012 las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) cumplieron cuarenta y ocho años de existencia. Si tomamos en cuenta la trayectoria previa de sus fundadores, su organización representa la continuidad de una insurgencia iniciada hace sesenta y cuatro años. Otros movimientos insurgentes que nacieron mucho después y emprendieron procesos de diálogo también mucho después, hace ya tiempo firmaron acuerdos de paz con sus respectivos Estados, en virtud de los cuales transformaron su acumulado político-militar en acumulado político-social y político-electoral.

¿Por qué es Colombia el país donde primero se inició un conflicto armado entre el Estado oligárquico y los sectores populares, y él único donde ha sido hasta ahora imposible resolver ese conflicto mediante el diálogo y la negociación? ¿Acaso no es eso un anacronismo en la segunda década del siglo XXI? ¿Quién es el responsable de este anacronismo? ¿Qué es lo que ha imposibilitado la concertación de un acuerdo de paz, firme y duradero, entre las FARC-EP y el Estado colombiano?

Timoleón Jiménez(TJ).- Quizás la característica más visible de los distintos gobiernos colombianos es su divorcio con los intereses de las grandes mayorías desfavorecidas. Eso ha sido evidente desde el nacimiento mismo de Colombia como nación independiente, pero en la actualidad se acentúa de manera impresionante. Los planes de desarrollo de los gobiernos más recientes han procurado, sin disimulo alguno, el rápido crecimiento de las ganancias para el sector financiero y empresarial, en ejercicio de la fórmula neoliberal según la cual la pobreza se elimina enriqueciendo más a los ricos, para que luego caigan sobre los pobres los sobrantes de tanta riqueza.

La implementación de esa línea estratégica del Estado colombiano ha acentuado enormemente el carácter antidemocrático y violento de su régimen político. La radical apertura de la economía colombiana al capital extranjero, la entrega de la soberanía nacional, la feria irresponsable de nuestros recursos naturales, el desmejoramiento generalizado de las condiciones de vida de los trabajadores, la privatización de servicios públicos fundamentales, la redistribución y el despojo masivo de la propiedad de la tierra, la militarización y hasta la paramilitarización de la vida nacional han sido decisiones adoptadas por una élite minoritaria, completamente refractaria e intolerante con la opinión popular.

El aparato institucional, las fórmulas democráticas previstas por las leyes, al igual que todo ese despliegue sobre derechos humanos y bienestar social, se encuentran viciados por dos gravísimos males, el formalismo y la corrupción. Los dos son piedras diarias de escándalo. Pero sobre ellos se echa tierra rápidamente y las cosas siguen su curso sin ninguna variación. La oligarquía colombiana sepulta y olvida muy deprisa los muertos y horrores que causa con su voracidad. Y pretende que toda la sociedad obre igual. Se lava las manos y genera, con los grandes medios, una animadversión feroz contra sus opositores, contra quienes denuncian y luchan contra ella. Los demás resultan ser los perversos. Un diálogo hacia la reconciliación comienza por poner la verdad sobre la Mesa, por permitir que se exprese la voz de la otra Colombia.

Por eso nosotros iniciamos este nuevo proceso de paz con un llamado a nuestro pueblo. Estamos convencidos de que la paz constituye su primer anhelo. Nadie como él ha aportado tanto al incesante caudal de muertos, heridos, desaparecidos, torturados, despojados, perseguidos, desplazados. Si lo sabremos nosotros, que precisamente por eso hemos tenido que alzarnos. Aspiramos a terminar definitivamente con el conflicto armado. Y eso implica la remoción efectiva de sus causas. La primera de ellas la exclusión.

CL.- La interrupción del proceso de diálogo y negociación de San Vicente del Caguán fue el preámbulo de la política belicista de Álvaro Uribe, quien escaló la guerra en forma sin precedentes, con el propósito de intentar conseguir una derrota militar de la insurgencia revolucionaria. ¿Qué ocurrió en los diez años transcurridos desde entonces?

 

TJ.- Las FARC-EP nos vimos obligadas, una vez más, a resistir la portentosa y desigual agresión del Estado colombiano, esta vez apoyado frontalmente, tanto financiera como materialmente, por los Estados Unidos de América. Actualmente se invierten cada día sesenta mil millones de pesos en la guerra contra nuestro pueblo y su guerrilla, unos treinta y tres millones de dólares al cambio de hoy. Un aparato de represión compuesto por medio millón de hombres, dotados del más moderno armamento, entrenados y asesorados por militares norteamericanos, que se vale de la tecnología más avanzada para matar, permanece encarnizado sobre nosotros con el propósito de aniquilarnos. Sus aviones, sus helicópteros, sus bombas y su metralla no nos han dado la menor tregua en los últimos diez años.

Sobrevivir a semejante embestida es ya una hazaña. Sobreponerse a ella y persistir en la lucha, continuar golpeando sin rendirse como lo hacemos todos los días las guerrilleras y guerrilleros colombianos de las FARC-EP, no solamente constituye un acto de valor, sino que se convierte en ejemplo de dignidad y heroísmo para todos los pueblos explotados y sufridos del planeta. Eso solo es ya un resultado invalorable. Habría que añadir el intangible político, el enraizamiento en el alma de las comunidades colombianas pobres, nuestro prestigio en alza en el campo internacional.

CL.- En los últimos años se generalizó el uso del término guerra de cuarta generación para hacer referencia a la guerra mediática. La desinformación como arma de guerra data de tiempos inmemoriales. El desenlace de todo conflicto bélico es, en última instancia, un desenlace cultural. La derrota del imperialismo norteamericano en la Guerra de Viet Nam fue una derrota cultural. Cuando en 1975 los Acuerdos de París ponen fin a esa guerra, los Estados Unidos tenían la capacidad de borrar a Viet Nam de la faz de la Tierra. Sin embargo, se vieron obligados a reconocer la mayor derrota política y militar de su historia porque la continuidad de la guerra amenazaba los consensos sobre los que se asienta la estabilidad de su propio sistema político. Una de las consecuencias de esa derrota fue el síndrome de Viet Nam. Así se llamó al rechazo de la sociedad estadounidense al involucramiento en guerras externas con altísimos costos humanos y económicos.

Para conjurar y revertir el rechazo de la opinión pública internacional a las agresiones imperialistas, las grandes potencias recurrieron a la aplicación de los resultados de la Revolución Científico Técnica en los medios de comunicación. Entre otras muchas cosas similares, hoy sabemos que las supuestas armas químicas que sirvieron de pretexto para invadir y ocupar a Irak nunca existieron, y que las acciones bélicas de la OTAN supuestamente emprendidas para proteger a la población civil en Libia eran la patente de corso para justificar la agresión externa que derrocó al gobierno de ese país y llegó incluso al asesinato público de su líder. Estrategias de guerra de cuarta generación se aplican en la actualidad contra Siria e Irán. ¿Cómo se desarrolla la guerra de cuarta generación contra las FARC-EP? ¿Cómo se defienden las FARC-EP de la guerra de cuarta generación?

TJ.- La oligarquía colombiana resultó muy buena alumna de las estrategias de reinvención y tergiversación de la realidad, practicadas por los gobiernos de distintas naciones imperialistas a través de la historia. Los norteamericanos han sido maestros en eso, particularmente con Hollywood, la televisión comercial y los grandes medios, en los que causas tan nobles como la del pueblo cubano o la pequeña isla de Granada son transformadas en prácticas abominables dignas del más brutal aplastamiento. El monopolio de los grandes medios informativos en Colombia, tan vinculados de una y otra manera con los gobiernos arrodillados ante el imperialismo, ha jugado un papel determinante en la estigmatización de las FARC ante el mundo. Las operaciones sicológicas hacen parte de la guerra contrainsurgente.

Durante los diálogos de paz en el Caguán, los voceros oficiales del Estado colombiano salieron tomados de la mano con los nuestros, a recorrer Europa hablando de paz y solicitando ayuda internacional para la reconstrucción nacional. Los representantes oficiales de más de veinte naciones, muchas de ellas europeas, concurrieron a analizar el problema de los cultivos ilícitos conjuntamente con el gobierno de Colombia y las FARC en el Caguán, con participación abierta del campesinado y diversos especialistas. El gobierno colombiano trabajó entonces por conformar un numeroso grupo de países amigos del proceso de paz en Colombia, sobre la base de reconocer nuestra condición política. Más adelante, cuando se percató de que no conseguiría el aval de nuestra parte a sus políticas neoliberales de saqueo y sobreexplotación, decidió repudiarnos y salir a gestionar nuestra condena como organización terrorista, narcotraficante y criminal. De la noche a la mañana, los guerrilleros colombianos fuimos convertidos en monstruosos demonios a los que se imputaban las peores actuaciones. Y se desató contra nosotros la más abrumadora campaña.

Conocimos de la intolerancia política llevada al grado más enfermizo en nuestro país a raíz de la llamada guerra fría. Padecimos la brutalidad insensata de la Doctrina de la Seguridad Nacional que comenzó a inspirar la actividad de las fuerzas armadas colombianas. En la actualidad, grandes cadenas informativas y diversos medios de comunicación, patrocinados por los más poderosos consorcios económicos del país y el exterior, promueven la realización de grandes actos públicos en contra de las guerrillas. Con los más venenosos argumentos, y mediante el constante bombardeo publicitario, gestionan la intoxicación de las mentes de los colombianos, con el claro propósito de presentarnos como los grandes culpables. Cuentan para ello con el guiño favorable del régimen que tan bien los representa.

Nosotros apenas contamos con nuestra voz limpia, censurada, prohibida y perseguida por todos los medios posibles, para llamar, no a las presuntas víctimas nuestras, sino a los millones y millones de colombianos empobrecidos, burlados y olvidados por los sucesivos gobiernos, a las millones de víctimas del despojo y el desplazamiento, a los sobrevivientes de las espantosas masacres y crímenes selectivos practicados con probada complicidad del Estado, a sus dolientes y a quienes reclaman a sus parientes desaparecidos o asesinados en los llamados falsos positivos, que son en verdad asesinatos miserables, a los supérstites de los movimientos políticos exterminados a físico plomo, a los amenazados y hostigados por los organismos de seguridad, las fuerzas armadas oficiales o sus grupos paramilitares, a las comunidades asediadas por la depredación de las grandes compañías mineras o agroindustriales, a la media juventud colombiana desempleada y a la otra media explotada con la tercerización y la desregulación laboral, a la inconformidad penalizada o amenazada con su inminente prisión, para que salgan a la calle, para que se sumen a la lucha por una nueva Colombia, a pronunciarse por su urgente y real democratización, a exigir su participación en los asuntos de la paz que tanto les conciernen. Ellos sí que pueden transformar de raíz la suerte de nuestra patria. Y no precisamente hacia el lado de los grandes accionistas empresariales, que promueven el olvido de los más horrendos crímenes a cambio del encarnizamiento contra la desigual lucha del pueblo colombiano. No. La clase trabajadora, los campesinos, los indígenas, las negritudes, los estudiantes, los sin empleo, los quebrados por el libre comercio, todos los afectados por el capitalismo salvaje deben saber que este proceso de paz es su oportunidad para reclamar lo suyo, la puerta para ingresar con efectiva presencia en el mundo de la política, la posibilidad real, conquistada con sudor, lágrimas y sangre, de comenzar a ser respetados frente a la toma de las grandes decisiones.

En este momento, lo más importante es el cese de la guerra, de la violencia del Estado que ha originado esta cruenta confrontación y que pretende lavarse las manos agigantando las culpas del contrario. Es una verdad incontrovertible que sin violencia estatal callarán para siempre los fusiles guerrilleros. La protección y el aseguramiento de este espacio son urgentes. Millones de colombianos deben salir a blindarlo contra los provocadores, los escépticos, los saboteadores, los mismos que no quieren ni han querido nunca los cambios. Este pequeño pero importante rincón para dialogar sobre la suerte del país, no puede ser cancelado bajo ningún pretexto. Es ese nuestro llamado. Una vez conquistado el espacio para las solución dialogada, habrá de tejerse a su alrededor el más grande clamor por los cambios, por la justicia, por los derechos y las libertades. Las formas de hacerlo las irá construyendo el mismo pueblo.

CL.- Después de tres procesos de diálogo y negociación frustrados durante las últimas tres décadas por la intransigencia de la oligarquía, en especial, después de los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe, en los que trató infructuosamente de derrotar a las organizaciones insurgentes, el Estado colombiano y las FARC-EP han iniciado, por cuarta vez, conversaciones de paz. De ello se desprende que ambas partes consideran que existe la posibilidad de llegar a un acuerdo. ¿Cuál es su valoración de las posiciones negociadoras puestas sobre la mesa por el gobierno del presidente Santos? ¿Qué es lo más importante de este incipiente proceso?

TJ.- La oligarquía colombiana ha aceptado nuestras propuestas de diálogo en tres ocasiones, pero prácticamente en todas se ha limitado a exigir nuestra rendición y entrega. Esta vez vuelve a aceptar nuestra propuesta. Hasta ahora están acordadas una agenda y unas reglas generales para la discusión, aunque todavía hay aspectos pendientes muy importantes. Pero las verdaderas posiciones se darán a conocer sin duda en el desarrollo del diálogo. Independientemente de lo que sabemos va a exigir el gobierno, lo que cuenta para nosotros es la posibilidad de abrir espacios políticos, de vincular al movimiento social y político de oposición a la mesa, de movilizar por los cambios al conjunto de la población afectada por la voracidad capitalista.

Estamos entrando en la fase sustantiva de un cuarto proceso de diálogo y negociación en busca de la paz con justicia social para Colombia. Ya recorrimos un largo tramo exploratorio, animados con el optimismo de conseguir por fin la anhelada reconciliación entre los colombianos. Creemos en las vías del diálogo, en la concertación de soluciones políticas, en la posibilidad de alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. De otra manera no habríamos insistido en esta fórmula tantas veces, durante tantos años. Las dificultades enormes, que desde ya se atisban en el horizonte, no van a lograr intimidarnos. Partimos de la idea de que cualquier obstáculo en las conversaciones siempre será más sencillo de superar que la guerra fratricida. Sabemos que la inmensa mayoría de los colombianos nos acompaña en esta idea.

CL.- ¿No es el temor a una derrota inminente el que los conduce a la Mesa de Diálogo?

TJ.- Definitivamente no. Lo que nos conduce de nuevo a una Mesa de Conversaciones es la convicción que nos ha acompañado desde Marquetalia. Ya lo mencioné antes. Nuestros enemigos, siempre prestos a la calumnia y a la mortificación, atribuyen a diversas razones nuestra aceptación de los diálogos. Nos miran vencidos; nos desean humillados y rendidos. No vamos a responderles; lo hemos hecho con suficiencia en el campo de batalla. En la Mesa no vamos a combatir con armas sino con ideas. Vamos a hablar de paz, de soluciones definitivas a la grave situación que padece el pueblo colombiano. Y por encontradas que puedan ser las posturas del Estado y las nuestras, por difíciles que sean de concertar las fórmulas de entendimiento, llegamos a hacer cuanto sea posible para conseguirlo. Y somos optimistas.

CL.- Una de las razones principales por las que fracasaron los tres procesos de diálogo y negociación anteriores, es que las FARC-EP combaten y buscan una solución política negociada del conflicto armado en función de resolver los problemas estructurales -políticos, económicos y sociales- que afectan a las grandes mayorías de colombianas y colombianos. Pero esos son problemas que la oligarquía se niega a resolver porque ello afectaría su exorbitante enriquecimiento. De esto se deriva que una constante en las iniciativas de paz de las FARC-EP haya sido la insistencia en que todo proceso de diálogo y negociación se realice dentro del territorio nacional, para facilitar la mayor participación posible de los sectores populares. En esta ocasión, sin embargo, la Mesa de Diálogo funcionará en La Habana. ¿Significa esto que las FARC-EP considera que en esta oportunidad se puede llegar a una solución política que satisfaga las reivindicaciones de los sectores populares sin la participación directa de esos sectores en el proceso de diálogo? ¿Significa que las FARC-EP inicia este proceso en una posición política y militar desventajosa, que no le permite condicionar su participación en él a que se realice en Colombia? ¿Significa que las FARC-EP piensan, en el transcurso del diálogo, persuadir al gobierno para que acepte alguna forma de participación efectiva de los sectores populares en el mismo?

TJ.- En el llamado Encuentro Exploratorio de La Habana siempre sostuvimos que las conversaciones se realizaran en territorio colombiano, pero el gobierno se opuso radicalmente a esa posibilidad. Nosotros terminamos por concluir que el tema no envolvía una cuestión de principios. Consideramos que lo realmente importante era que el pueblo colombiano se movilizara para exigir su presencia en el marco del proceso de paz, el cual no se limita necesariamente a la Mesa de La Habana. El Acuerdo General prevé la posibilidad de organizar espacios para garantizar la participación popular, incluso delegando en un tercero su activación en Colombia, así que lo importante es que la gente salga a reclamar el derecho que conquistó allí. Habrá que ver cuál será la opinión del gobierno cuando se plantee la presencia de miembros de la Mesa en acciones de masas en el territorio colombiano. El marco del Acuerdo General es muy amplio. Está en las manos de las organizaciones sociales y políticas de oposición aprovecharlo.

Todas las decisiones importantes en la vida colombiana han brotado siempre de un reducidísimo grupo de compatriotas. Argumentos habrá de sobra en la Mesa para probarlo. La construcción de la paz comienza con la participación activa de la inmensa mayoría en los asuntos más importantes de la vida nacional. La confrontación armada existe porque las minorías que usurparon el poder de decisión en Colombia niegan reiteradamente esta posibilidad. Para ellas, nuestro país es un modelo democrático, un paradigma de desarrollo económico, un espacio de bienestar social a lo sumo perfectible. Y todo gracias a su benefactora y desinteresada gestión. La masa solo cuenta cuando se trata de elegirlos. A ellos únicamente. Verdaderas dinastías que aspiran a sucederse indefinidamente de padres a hijos, parentelas cuidadosamente tejidas por los dueños de la fortuna. Para conseguirlo, nunca han dejado de recurrir a los más repudiables métodos, los cuales suelen encubrir tras legalismos y parafernalias democráticas.

Sin poner fin a esta situación jamás va a conseguirse la paz en Colombia. En una Mesa de Conversaciones puede discutirse. Pero el fiel de la balanza seguramente oscilará entre un extremo y otro. La definición del dilema estará en realidad en manos de la población secularmente excluida. Y es a ella a quien invitamos a actuar. Este proceso de paz debe ser la llave para que se abran las compuertas de la democracia en Colombia. Ello será posible con la movilización de todas esas masas perseguidas, olvidadas y despreciadas. No se trata entonces de un diálogo en la cima del monte Sinaí, del cual descenderemos con el decálogo de la nueva ley. La paz en Colombia no será el producto de la desmovilización de las guerrillas, como lo promocionan incesantemente los privilegiados de siempre, sino del cese definitivo de la violencia y la intolerancia por parte del Estado colombiano y sus clases dirigentes. Es esa nuestra concepción sobre la paz y la solución política.

Alguna gente repite sin mayor análisis la tesis de los militares colombianos según la cual las FARC llegamos a la Mesa porque nos tienen al borde de la rendición. Eso no es cierto. La solución política ha sido bandera nuestra desde el comienzo mismo de la lucha. Fue la oligarquía quien nos impuso la guerra. De hecho, diez años atrás fue ella quien decidió cerrar las puertas del diálogo y reanudar las hostilidades. Ahora regresa a una Mesa, considerando quizás, aunque diga lo contrario, que su enorme esfuerzo ha resultado inútil para acabarnos militarmente. Nuestra firme resistencia a la más grande agresión sufrida por movimiento rebelde alguno en la historia del continente, convierte en un imposible material y moral que cedamos ante la presión de las amenazas. Somos revolucionarios consecuentes.

CL.- ¿Están las FARC dispuestas de verdad a hacer dejación de las armas?

TJ.- Cuando las FARC-EP aceptamos sentarnos a una mesa a discutir una agenda que incluye la terminación del conflicto, convenimos en incluir en ella la dejación de armas. Y lo hicimos para que quedara perfectamente clara la idea final con la que concebimos la solución política. No deseamos más muertes y heridas en Colombia. Aspiramos a que se ponga fin a la salida sangrienta. Y lo decimos así, sin titubeos ni dudas. Ello solamente será posible si en el corazón de los representantes del Estado, anida una sincera voluntad de rectificar su historia de horrores y violencias, de abrir plenos espacios a las voces que no comparten sus modelos ni sus métodos, de sentar las bases materiales para poner fin a tanta injusticia, de desprenderse de una vez y para siempre de los fanáticos que solo entienden de aplicar el terror cuando se les contradice.

Los criminales con licencia oficial tendrán que dejar sus armas y responder por sus hechos. Y el gigantesco aparato de violencia estatal también tendrá que desmontarse en un país sin conflicto armado, lo cual convierte este aspecto en condición esencial para la construcción de la paz estable y duradera. Las FARC no abrigamos el menor temor de que se abran todos los espacios para la indagación y divulgación de la verdad. Tenemos la tranquilidad de saber que la brutal barbarie impuesta al pueblo colombiano desde las alturas del poder, es la causa fundamental de la rebeldía popular y sus acciones, por encima del afán oficial y mediático por disminuir y disimular la responsabilidad del Estado, mientras se pervierte y demoniza la conducta de la insurgencia. Las realidades surgidas a flote se encargarán de vaciar la absurda intención de convertir en victimarios a las víctimas.

CL.- ¿Y el diálogo en medio de la confrontación no pone en riesgo el éxito del proceso?

TJ.- A quienes se alegran con las órdenes presidenciales de arreciar e incrementar la agresión contra los alzados, les decimos que contrariamente a nuestros adversarios, nosotros no llegamos a la Mesa a pesar en una balanza las muertes y destrozos de la confrontación, con el propósito de incidir a favor nuestro en los diálogos. Nosotros vamos a hablar de paz, de cómo poner fin precisamente a esos procedimientos atávicos, a la vieja práctica de someter al contrario mediante la horca y el cuchillo. Hubiéramos querido encontrar un criterio semejante en la contraparte, a fin de adelantar este proceso en las condiciones de un cese de fuegos. Confiamos en que el conjunto del pueblo colombiano impulsará decididamente ese objetivo.

*          El texto completo de esta entrevista se encuentra en el libro ¿Habrá paz en Colombia? Entrevistas al comandante Timoleón Jiménez y documentos sobre el diálogo entre las FARC-EP y el gobierno colombiano, que la editorial Ocean Sur comenzará a distribuir en los próximos días.

Sea el primero en opinar

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*