enero 18, 2021

Un hombre multiplicado

por: Mauricio Leandro Osorio

Yo lo conocí, lo vi dos veces. Fui uno de esos fueguitos que ardían frente a su mirada. Ondeé la bandera de su voz y cuidé sus pasos en Chile. 

Chávez nació en 1997 en Bolivia, ahí lo conocí. A muchos nos esperanzó ese parto que se gestó un año después, con la victoria que obtuvo en Caracas. Recuerdo a mis profesores hablando de él camino hacía el colegio, como un hombre que se enfrentaba sin tapujos a los yanquis. Con esos comentarios y rumores, fue creciendo a pasos diminutos en mí. Forjó una colonia, así como las hormigas, en mis venas y me emocioné cuando abrazó como a un hermano al comandante Fidel y entregó su carne y su propia voz para que renacieran las ideas de Bolívar en él y en su pueblo.

No supe su nombre completo hasta la segunda elección presidencial, pero Hugo Chávez, así nada más, se hizo por fin héroe cuando con él, los venezolanos frenaron la tormenta que se asomó en abril del 2002 (ya no sería lo mismo que décadas atrás). Desde ahí, Chávez no hizo más que estirarse dentro de mi piel. En Venezuela se convirtió en un niño, fue una mujer, fue un anciano aprendiendo a leer (Yo sí puedo), fue un chileno con vista recuperada despidiéndose de la Guaira (Misión Milagro), fue un joven rapero que aprendió métrica con un profesor cubano  y despertó una mañana al ALBA.

Creció más y más, y como cada crecimiento, tuvo tiempos de adolescencia, tuvo instantes de dolor juvenil, pero nada impidió que se forjara completo. No pudo crecer más y para no estallar abandonó su cuerpo y se transformó en otro eterno joven revolucionario como el Che.

Se supone que no debía llorar por su muerte, si él mismo recordó mil y una veces a Alí Primera cantar: “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos, y a partir de este momento está prohibido llorarlos“, pero yo he sentido esto como un desprendimiento. En un instante el miedo floreció sobre mis nervios, pero Chávez no permite que mi mano, la que él domina en este momento, suelte el lápiz. Él quiere que siga escribiendo y que NO ME CALLE, él quiere vivir en mí, como vive en los nobles de su pueblo. Podría desbordarme y perder fuerzas como Maduro al tambalear con la noticia, pero debo ser optimista y confiar en el bravo pueblo.

Tengo un poco de amargor debajo de la lengua, por esa incertidumbre humana y extraña que deja una partida de quien se aprecia, se admira o se respeta. Me siento partido en dos, un hombre que toma esto como un simple día cobarde, pero hay otro hombre deshecho. Escucho ahora las teorías conspirativas, los golpes y las bombas crepitando en los cerros; la desazón del hambriento que obtuvo una vivienda digna 20 años después de las inundaciones del 80, el hambriento hoy, pero por su orfandad. Ahora entiendo lo que dijo en el último discurso que seguí, un discurso previo a las elecciones del 7 de octubre donde dijo: “Chávez tiene que ser el pueblo, todos somos Chávez“.

Hugo Rafael dejó de ser una celda nominal que abrió su nombre y dejó que de éste volaran libres sus sueños como una estampida de aves. Hoy puede sentirse feliz de ser por fin él mismo, un hombre multiplicado.

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