por: Manuel Canelas Jaime
Finalmente el Tribunal Constitucional ha emitido su opinión sobre la cuestión de la constitucionalidad o no de que Evo Morales se presente nuevamente a unas elecciones sin tener que modificar previamente para ello la carta magna (como demandaban algunos actores de la oposición)
El Constitucional ha considerado que el actual presidente, y su vicepresidente, están habilitados para concurrir a las justas electorales previstas para 2014, entendiendo que se está en un nuevo marco político-jurídico y que se trataría de la primera re postulación en los parámetros actualmente vigentes. Buena parte de la oposición política ha buscado los epítetos más llamativos para calificar esta decisión, acostumbrados a la hipérbole sonora más que a la sosegada propuesta no han tenido reparo en hablar de “tiranía perpetua”, “noche más oscura para la justicia” “el fin de la democracia”, etc.
Un líder político debería estar siempre preocupado por a quienes representa, ya que el liderazgo es precisamente eso: una tensa y continua negociación entre representantes y representados, si estos no se reconocen en el líder, no ven que sus demandas y aspiraciones son encarnadas por él, este deja, paulatinamente, de serlo. Por eso es que resulta llamativo ver el contraste entre las sonoras figuras elegidas por ciertos “líderes” de la oposición para criticar el fallo y las poco abultadas, por no decir inexistentes, manifestaciones populares para salvar a nuestra democracia…
Uno puede sostener, sin riesgo a equivocarse, que la ciudadanía no percibe esa noche oscura de la que hablan unos pocos, o que no tiene ganas de ir a comprar una docena de velas por el entierro de nuestra democracia. Quizás uno podría aventurar que lo que sucede, es que los que tan alarmados gritan que las campanas están doblando por la democracia y la justicia nacional, no solo no son líderes ni de su barrio, sino que no inspiran ninguna confianza en las mayorías sociales del país, ya que la memoria larga, y en algunos casos la corta, no deja que resulte sencillo aparecer como paladín de la democracia cuando aún son frescas las participaciones estelares en la época de la democracia pactada, menguada diríamos uniéndonos a la cara moda de los adjetivos sonoros.
No conviene reducir la política de un país a la discusión de una cláusula transitoria y mucho menos pretender ser el Tribunal Constitucional del Tribunal Constitucional: en la medida que este falle según lo que yo considero justo, entonces aplaudiré su independencia; en la medida en que me contradiga, entonces yo, el baremo de lo justo, sancionare su subordinación al poder ejecutivo y abominaré su falta de independencia. Si alguien me apuntase que los últimos fallos de este tribunal (ley marco de autonomías, extinción de bienes) no han sido precisamente favorables al gobierno del MAS, recurriré, sin prisa y sin rigor, a la “teoría” de que era todo una estratagema para fingir independencia y luego sepultar la democracia con su fallo sobre la reelección… como se ve, hay poco que discutir con estas posiciones, siempre tienen un conejo en la chistera.
La realidad es que, más allá de los pareceres individuales, los fallos de un Tribunal Constitucional pueden no gustar pero, siempre en la línea de cuidar el Estado de Derecho y las instituciones, deben acatarse. O qué habrían dicho los críticos del MAS si este se hubiese rehusado a cumplir el fallo sobre la ley macro y la ministra Peña se hubiera apostado en la alcaldía de Potosí para evitar el retorno de Joaquino? Podemos apostar que adjetivos hubieran usado.
Ahora a la oposición, a la responsable, le toca abandonar su gusto por la hipérbole y construir una propuesta para seducir al país, con una estructura, una ideología y sus liderazgos, es lo mínimo que se les puede demandar, eso y que abandonen el lamentable recurso de embromar la demanda de la Haya para criticar la decisión del Tribunal Constitucional.
* Doctorando en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid.

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