octubre 30, 2020

¿Por qué una pedagogía del oprimido?

por: Martín Mercado V.

1.

A continuación presentaré el argumento central de la “Justificación de la pedagogía del oprimido” del libro homónimo del autor brasilero. Desarrollaré el argumento intercalando cada parte integrante con algunas apreciaciones, dejando para el final de este texto un modesto comentario general.

2.

¿Porqué una pedagogía del oprimido? El argumento central es antropológico, guarda un telón de fondo metafísico, y un supuesto marco histórico. Este argumento podría sintetizarse del siguiente modo: el hombre se convirtió en un problema y pregunta por sí mismo (Freire, 24). ¿Por qué el hombre se convirtió en un problema? Porque está deshumanizado. ¿Cómo puede volver a humanizarse? Mediante el desarrollo y práctica de la pedagogía del oprimido. Paso a desarrollar este argumento.

3.

¿Por qué el hombre está des-humanizado? Freire afirma: “Humanización y deshumanización, dentro de la historia, en un contexto real, concreto, objetivo, son posibilidades de los hombres como seres inconclusos y conscientes de su inconclusión” (24). Analicemos esta cita. Primero: los hombres son seres inconclusos, pero conscientes de ese estado. Esto supone que los hombres saben cuál es su carencia: “la conclusión” o “la completitud”. Podría inferirse que la inconclusión es el estado des-humanizado del hombre y que el estado humanizado corresponde a su estado “concluso”. Sin embargo, parece que Freire hiciera depender tanto la humanización como la deshumanización de la esencia inconclusa del humano; lo que nos empuja del terreno antropológico al metafísico.

La cita es un pasaje oscuro, pero esta confusión parece resolverse si diferenciamos la naturaleza o esencia humana de su desarrollo histórico. Esto supone apelar a la diferencia óntica [1] entre esencia y existencia -restrictiva al humano según algunos pensadores. Tal diferencia supondría colocar por un lado la esencia del hombre: su ser inconcluso, pero consciente de ello; y, por otro, su existencia concretada en un momento histórico determinado: plasmado en su estar humanizado o des-humanizado.

El trasfondo metafísico de Freire es rellenado por relaciones dicotómicas aparentemente históricas. El hombre es, por esencia, un ser inconcluso. Esta esencia se manifiesta históricamente en la des-humanización producida por la relación opresor-oprimido. Ambos se deshumanizan ya que: “La deshumanización, que no se verifica sólo en aquellos que fueron despojados de su humanidad sino también, aunque de manera diferente, en los que a ellos despojan, es distorsión de la vocación de SER MÁS. Es distorsión posible en la historia pero no es vocación histórica” (24).

Pero, también por esencia, el hombre sabe que es un ser inconcluso. Esta auto-consciencia convierte al hombre en un ser contradictorio y dinámico. Esta auto-conciencia produce la vocación por la humanización. Esta vocación supone la tendencia a la perfección de la esencia del hombre. Por tanto, se presupone un estado de perfección en la que el hombre transforme su esencia y pase del estado a) un ser autoconsciente de su inconclusión al estado b) un hombre que es y se sabe concluso. El hombre posee una teleología que rebasa su existencia concreta por encima de sus propias decisiones.

Pero no solo una teleología lo supera, sino también la contradicción histórica en la que vive: ser opresor significa deshumanizarse al deshumanizar al oprimido. Ser oprimido significa desear ser más, pero no poder. Esto conduce a que el oprimido desee convertirse en el opresor, ganando sus beneficios, y olvide que su verdadero objetivo es la humanización y liberación, cesación de la relación opresor-oprimido. El oprimido desea ser el patrón; su conciencia queda prescrita por la figura del opresor: “En un caso específico, quieren la reforma agraria, no para liberarse, sino para poseer tierras y, con éstas, transformarse en propietarios o, en forma más precisa, en patrones de nuevos empleados” (27). Por su parte, los opresores son “falsamente generosos, [ya que] tienen necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin de que su ‘generosidad’ continúe teniendo la posibilidad de realizarse. El ‘orden’ social injusto es la fuente generadora, permanente, de esta ‘generosidad’ que se nutre de la muerte, del desaliento y de la miseria” (25). Esta contradicción (entre el opresor que -pese a sus buenos deseos- comete injusticia contra el oprimido y el oprimido que -pese a su deseo de liberación- desea convertirse en un nuevo opresor) es la que produce en la des-humanización en el ser humano. Esta contradicción impide que el hombre transforme su esencia inconclusa y no llegue a su estado de perfección. La pedagogía del oprimido es el único modo de transformar esa esencia inconclusa y pasar al estado de perfección.

4.

Aquí aparece la segunda parte del argumento de Freire: la pedagogía del oprimido queda justificada porque solo ella puede conducir al hombre más allá de su esencia inconclusa. ¿Por qué y cómo la pedagogía del oprimido lograría tan anhelado fin?

De modo central, la pedagogía del oprimido es aquella que hace de la opresión y sus causas el objeto de reflexión de los oprimidos. El trabajo reflexivo sobre las causas y el modo de su opresión producirá el “compromiso necesario para luchar por su liberación” (26). La lucha por la liberación exigirá el perfeccionamiento de la pedagogía propuesta. Al centrarse en la dura realidad de los oprimidos y darles mayor consciencia de ella y sus escabrosos detalles, la pedagogía del oprimido permite que de la debilidad de los oprimidos surja el fuerte anhelo de libertad y humanización de ellos y sus opresores. Solo los oprimidos pueden redimirnos de la maldad dialéctica de la historia en la que vivimos.

De la consciencia de los oprimidos por la necesidad de libertad y humanización de todos los seres vivientes, surge una lucha magnífica por la libertad. La única lucha justificable: “Lucha que sólo tiene sentido cuando los oprimidos, en la búsqueda por la recuperación de su humanidad, que deviene una forma de crearla, no se sienten idealistamente opresores de los opresores, ni se transforman, de hecho, en opresores de los opresores sino en restauradores de la humanidad de ambos. Ahí radica la gran tarea humanista e histórica de los oprimidos: liberarse a sí mismos y liberar a los opresores” (25). Es la única justificable ya que solo los oprimidos saben de qué manera son humanos inconclusos. Solo en ellos puede operar eficazmente la pedagogía del oprimido como enseñanza y aprendizaje de liberación. “Esta enseñanza y este aprendizaje tienen que partir (…) de los ‘condenados de la tierra’, de los oprimidos, de los desharrapados del mundo y de los que con ellos realmente se solidaricen” (25).

Cualquier otra lucha que no esté subordinada a esta, no es una verdadera lucha. Por ello, si los opresores quisieran luchar justamente deberán aprender a amar a sus oprimidos y dejarlo todo para convertirse en parte de ellos o en instrumento suyo. La pedagogía del oprimido les enseña a estos a comprender la crudeza de su realidad, su penuria, su debilidad. De este modo, ellos aborrecen su situación, aborrecen el estado actual de la realidad y luchan por transformarla. Freire opone la realidad domesticadora a la lucha libertaria así: “En este sentido, esta realidad, en sí misma, es funcionalmente domesticadora. Liberarse de su fuerza exige, indiscutiblemente, la emersión de ella, la vuelta sobre ella. Es por esto por lo que sólo es posible hacerlo a través de la praxis auténtica; que no es ni activismo ni verbalismo sino acción y reflexión” (31). Esta praxis “es reflexión y acción de los hombres sobre el mundo para transformarlo. Sin ella es imposible la superación de la contradicción opresor-oprimido” (31).

5.

Sin embargo, el problema más apremiante que debe afrontar esta pedagogía en cada uno de sus momentos históricos es la dualidad existencial del oprimido. “Sufren una dualidad que se instala en la ‘interioridad’ de su ser. Descubren que, al no ser libres, no llegan a ser auténticamente. Quieren ser, mas temen ser. Son ellos y al mismo tiempo son el otro yo introyectado en ellos como conciencia opresora. Su lucha se da entre ser ellos mismos o ser duales” (31).

Frente a este problema, Freire recuerda que la liberación de los oprimidos -al ser la humanización por medio de la cesación de la contradicción entre opresores-oprimidos- supone el parto de un hombre nuevo (32).

6.

No es difícil reconocer que Freire tiene las siguientes influencias. De Max Scheler en cuanto la existencia problemática para sí misma, tanto desde un punto de vista axiológico como por su “puesto en el cosmos”. La influencia de Hegel por la dialéctica metafísica que exige llevar las contradicciones hasta el paroxismo para que una nueva etapa pueda crearse. La influencia de Marx, centralmente en la idea de una clase mesiánica que podrá liberar a toda la humanidad mediante su propia salvación. Con todos estos, aparece la influencia de la revolución francesa: la fraternidad de los revolucionarios frente a los opresores malvados.

Me parece que la postura de Freire se consume en sus presupuestos antropo-metafísicos; esto disminuye el poder crítico de su discurso reduciéndolo a ciertas fórmulas dicotómicas y a valores utópicos demasiado esperanzadores. Basta un poco de sentido histórico e ironía para que su postura se desestabilice.

Bibliografía

Freire, Paulo, Pedagogía del oprimido [edición digital].


1    Óntico es lo referido al ente en su particularidad o singularidad. Su diferencia óntica es aquella que se reconoce como restrictivo a la particularidad de un grupo de entes.

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