por: Ricardo Avendaño Astorga
La denuncia de Césaire propone una reflexión sobre el “problema colonial”. A este respecto, apunta que la colonización tendría una punta de lanza – para hablar como Quijano – retórica, que establecería una “deshonesta ecuación”: colonización=civilización. En efecto, no existe – afirma nuestro autor – algo más des-civilizador que la colonización, en cuanto que ésta no solamente impide el arribo del subalterno a la “civilización”, sino que también des-civiliza al colonizador. Quizás no carezca de importancia señalar aquí que para Césaire el colonialismo no radica en el cuerpo del colonizador-conquistador, sino en el sistema burgués mismo. Esta premisa le permitirá afirmar que toda Europa fue cómplice del holocausto, pues éste no sería otra cosa que la emergencia del sistema colonialista en la misma Europa.
Es así que nuestro autor termina proponiendo una ecuación más “realista”: colonización=deshumanización; colonización=cosificación. El apéndice de la colonización se encarnaría, entonces, en la burguesía, la cual, continúa el autor, estaría condenada a reproducir con todo aquello contra lo que luchó en su tiempo.
Quisiera concentrarme, en el análisis cultural que realiza este autor. Según éste, la cultura dominante habría establecido una jerarquía cultural según la cual existiría una matriz cultural única desde la cual es posible conocer y estudiar las demás culturas. Se establecería además la imposibilidad de las demás culturas de conocer y estudiar la cultura matriz. En este punto, quizás sea interesante recordar la noción de la hybris del punto cero que hace referencia a este prejuicio occidental según el cual occidente sería la única cultura capaz de conocer la verdad de las cosas y de los otros.
En este sentido, parece evidente que el concepto de cultura ha estado vinculado, por lo general, a otros conceptos tales como: progreso, civilización y modernización. Tampoco hace falta un análisis exhaustivo para mostrar que la cultura moderna, lejos de concebir a las culturas desde y hacia ellas mismas, trató de concebirlas desde prejuicios modernos, ontologistas y etnocentristas, estableciendo como único parámetro y fin a sí misma, esto es, estableciendo a la civilización occidental como el nivel más alto y deseado de toda cultura
Sin embargo, me parece claro que el autor, al matizar el concepto de colonización con los de barbarie, des-humanización, cosificación, da a su análisis un claro toque marxista. Para explicar esto, se puede observar que esta concepción de cultura desde una única matriz cultural surge justamente de prejuicios culturales occidentales. Para tomar uno de estos prejuicios: la enajenación, que no es otra cosa que la independización del producto de trabajo del hombre y su posterior opresión y explotación. En otras palabras, las cosas ya no sirven al hombre sino que el hombre vive para las cosas. A partir de esta cosificación, surgido a partir de la valorización del producto de trabajo en detrimento de lo propiamente humano, es que surge esta interpretación de cultura que cosifica a las culturas y las mercantiliza.
Con esto se reafirma, entonces, la imposibilidad de occidente de ser el portavoz cultural y se reconfirma, también, la tesis de Césaire que falsea la ecuación colonización=civilización. Para decirlo como Borda, se debe aceptar la premisa que afirma que el conocimiento estará siempre determinado por la estructura de las sociedades en que son concebidas.
En el caso denunciado por Césaire, la sociedad colonialista, afirma Fanon, estaría atravesada por un dispositivo racial. Éste no se encarnaría en el colonizador sino en el sistema colonial. Como todo dispositivo, se va adaptando a los cambios sociales, muta y se matiza para seguir vigente y así poder sostener el sistema colonialista.
Este dispositivo actúa de manera heterárquica en distintos campos, uno de ellos, claro, el del saber, donde – para adoptar los análisis de Foucault – el poder filtra el conocimiento subalterno imponiendo sus reglas de supuesta inteligibilidad para descalificarlo y adjetivarlo de “primitivo”, “bárbaro”, etc. Ante esto, surgiría la posibilidad epistemológica de un giro decolonial que buscaría justamente la reivindicación de estos saberes largamente sometidos. No se trata de un abandono del conocimiento occidental, más bien, como afirma Fals Borda, se trataría de un conocimiento que se abra a los conocimientos subalternos y deje de lado sus prejuicios universalistas. Para decirlo como Mignolo, no otro conocimiento, sino un conocimiento-otro.
Para finalizar, quisiera hacer una referencia a la filosofía de Foucault, señalando la cohesión existente entre racismo-conocimiento: poder-saber. El primero, dinámico, político y difuminado actúa sobre el otro para filtrarlo, conjurarlo y trastocarlo.

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