agosto 24, 2026

Réquiem por una canción de cuna

por: Verónica Rocha Fuentes

Al más pequeño, un bebé de tres meses, lo encontraron calcinado en la autopista que conecta La Paz con El Alto, varios de sus miembros habían sido devorados por los perros del lugar. Se presume que la imposibilidad de tenerlo hizo tomar a su o sus progenitores la decisión brutal de matarlo y quemarlo. O, quien sabe, viceversa.

Un poco más grandecita es la bebita de cinco meses, a la que un delincuente apuñaló en un intento por callar su llanto luego de que su hermano saliera corriendo al ver al infractor. Este hecho habría ocurrido hace un mes y medio. Un asaltante asustado y decidido a cometer su crimen inserta un objeto punzante a un bebé que no hace nada más que todos y todas las bebés: llorar.

Pensemos en un par de meses después y nos queda el horror de otra bebita de escasos siete meses que al parecer fue violada por un sujeto en estado de ebriedad mientras los padres salían a comprar y en la casa se consumían bebidas alcohólicas. De ser el caso, se hipotetiza que el enfermo psicosocial debió haber sentido alguna necesidad sexual inmanejable que buscó ser satisfecha en la criatura más indefensa alrededor.

Para acabar con el horror, pensemos en un bebé de nueve meses (es el mayor de esta secuela de tragedias) que, al igual que las anteriores, en esta semana ingresó al Hospital del Niño con una intoxicación por cocaína. En este caso, la misma madre habría denunciado dejar al bebé a cargo de otra persona que, aún por razones indeterminadas, hizo que éste ingiriera la droga.

Mi intención no es repetir el horror. Pasa que una vez en la superficie hay que saber qué se hace con él. El horror por el horror, la violencia en nombre de la violencia no son ni serán opciones para ninguna sociedad. No vamos a cuidar mejor a nuestros bebés matando a quiénes les hacen daño. No vamos a garantizarles un mejor futuro linchándolos mediática y socialmente. Para nada, por el contrario, además de este momento de horror, les estaremos garantizando un mañana lleno de sociedades que claman sangre por sangre.

Yo no debo explicarle a usted la calamidad que todas estas familias y estas criaturas deben estar pasando, ¿lo recordarán cuando crezcan?, me pregunto. Se trata de lo más tierno que podemos imaginar, lo más pequeñito, caritas de luna, pedacitos de vida, muñequitos y muñequitas quitapenas.

Estamos hablando de los rostros-país más indefensos y cándidos que, a nosotras las mujeres, nos miran por dentro, nos conocen desde siempre, nos tocan el corazón con sólo alzar sus manitas estando dentro nuestro.

Un Ángel poeta, en una búsqueda de respuestas señalaba “La lágrima fue dicha. Olvidemos el llanto y empecemos de nuevo, con paciencia, observando a las cosas hasta hallar la menuda diferencia que las separa de su entidad de ayer.” ¿De qué otra cosa nos puede servir este horror instalado en el pasado sino es para mirar cómo cuidamos a nuestros bebés de hoy? A nuestros bebés y a nuestros niños, así sin doble moral, peor discurso. Haciéndolo. Yo no tengo un bebé en los brazos, ni en los planes. Por ello mismo y más ahora que hace una semana me siento más obligada a cuidar a los que son de todos y todas.

Aunque me tilden de cruda y de que estas letras no sirven de nada. Aunque me digan que no entiendo el horror descrito porque no conozco la violencia o la maternidad, apostaré una vez más por la candidez de pedir canciones de cuna. Cuatro para comenzar, para que esas wawitas se sanen en cuerpo y alma. Y también un réquiem por todas las canciones de cuna que sean necesarias en el país, para que nos sanemos todos y todas el alma. Clamando lo que un amigo chileno clamaba acertadamente “un arrurú por todas nuestras guaguas (pues) en la política a veces sobran himnos y faltan canciones de cuna.”


*    Twitter:   @verokamchatka

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