En 1900 se realizó un Censo Nacional de Población, el más importante y fiable hasta entonces ejecutado. Los datos censales se conocieron recién dos años más tarde. Como no había recursos ni diputaciones en juego, se presentaron pocos reclamos, aunque a ojos vistas fue incompleto. Siguiendo un patrón de origen colonial, la población se dividió por razas. Un minoritario 12,72% (que concentraba todo el poder y la mayor parte de la riqueza) fue considerado “Blanca”, un 26,75% “Mestiza”, un 0,21% “Negra” y el 50,91% “Indígena”. (De un 9,41% los censores no anotaron la raza o no pudieron identificarla). Es interesante señalar que los oligarcas organizadores del Censo no tuvieron ningún reparo en catalogar a los indígenas como pertenecientes a “Naciones”. Conviene advertir empero que esta etnización censal tuvo un motivo diferente a aquel que primó en el 2012, cuando establecer estas categorías fue necesario para el reconocimiento de derechos o el diseño de políticas públicas hacia grupos históricamente vulnerables.
En 1900 el empadronamiento se realizó el 1 de septiembre, cuando aun flotaba en el ambiente el temor emergente de la guerra civil – mal llamada Federal- de principios de 1899. Álgido y crucial momento para los sectores criollos que vieron desafiado su poder por masas insurrectas aimaras al mando de los Willka. Al final pudieron desbaratarlos. Pero por el temor de estar rodeados por masas indígenas, que el puñado de blancos consideraba la causante del atraso de “nuestra civilización” (sic) y refractaria a toda “innovación y progreso” (sic), se requería saber su número y ubicación geográfica. No para respetar la diversidad de aquellas “Naciones” sino para ver cómo deshacerse de ellas, por la fuerza o cualquier otro medio. Se concluyó, no sin cierta satisfacción, que las pestes y el alcoholismo terminarían por diezmar a la odiada raza de modo que con el tiempo sería “borrada por completo de la vida, (o) al menos reducida a una mínima expresión”.
El censo del 2012, se encargó de desmentir su predicción y revelar la densa diversidad étnica de Bolivia. Lo sorprendente no es que “solamente” un 40,5 % declaró pertenecer a un pueblo o nación indígena, sino que tras siglos de sometimiento al ninguneo estatal y la discriminación social, un alto porcentaje afirmara su pertenencia a ellos. Situación que demanda de nuevas formas estatales y societales de convivencia en Bolivia. La pluriestatalidad no es un problema de números o porcentajes, sino de cualidades y derechos.
* El autor es historiador
Correo: keynes73@yahoo.com

Leave a Reply