agosto 16, 2026

La necesidad de una lectura de clase del proceso de cambio

Las revoluciones no tienen receta: una a una se hacen con ingredientes y condiciones propias de su realidad específica. Cada una tiene su propia estratigrafía y analizándolas en corte transversal nos mostraran formaciones económicas sociales únicas, con diferentes composiciones estructurales.

La revolución de los soviets no se parecía a la revolución campesina china, ni ninguna de estas a la vietnamita así como tampoco a las revoluciones cubana o venezolana.

Por eso no sirve copiar modelos y justamente por eso hay que analizar la realidad concreta de nuestros pueblos, su pasado, su presente y a partir de ellos diseñar su futuro.

Sin lugar a dudas la caída del Muro de Berlín y la crisis del socialismo real impactaron profundamente en contra de una lectura clasista de la realidad.

Los análisis políticos encontraron nuevos derroteros y sentidos. Se dio fuerte impulso a aquellos que resultaban siendo micro sociales, de tendencia corta y generalmente localista, donde lo municipal tendía a ser la mayor expresión espacial de análisis.

Bajo esta dinámica, el análisis se focalizó en el género, lo indígena/originario, lo campesino, los grupos etareos, lo afro, las opciones sexuales, desagregando los conjuntos sociales y enfocándolos en los subconjuntos que los componen.

Sin duda alguna, en la perspectiva de la profundización de las sociedades liberales hijas de la modernidad, estos análisis resultan de mucha utilidad pues permiten visibilizar a estos grupos, dotarlos de identidad y construir sus ciudadanías efectivas. Así la inclusión social trastroca los órdenes sociales y diseña sociedades más igualitarias. Estas son tareas liberales democráticas son sin duda condición sin equa non de una democracia radical.

Pero al mismo tiempo estas posiciones fragmentarias, están marcadas de posicionamientos ideológicos cuyo objetivo es el statu quo social en sentido de ofrecer transformaciones de orden social, simbólico, normativo, pero no de carácter estructural, económico-político-social-cultural de carácter total: producen revoluciones sociales, pero no revoluciones políticas.

Para que el cambio total ocurra, será preciso que una clase, proponga su proyecto político y convertida en clase para sí, desarrolle su programa como propuesta política para el resto de la sociedad.

Esta noción implica una lectura diferente, de orden clasista y que tome en cuenta las grandes narrativas y no focalize la problemática social en torno a actores aislados.

Los procesos revolucionarios implican articulaciones de clases, alianzas a veces coyunturales a veces estratégicas, avances y retrocesos que dependerán de la potencia de la organización social y la organización política que la dirija.

Este último aspecto es fundamental desde una perspectiva de clase, que convertida en clase para sí se proyecte en nación, para nuestro caso en plurinación, y desde ese posicionamiento proponga un programa que resuelva las contradicciones aún existentes en una sociedad de clases.

Esta tarea de organización y proyección de la revolución es tarea del partido, movimiento o como se llame, que convertido en dirección política clasista, dirija el proceso revolucionario.

Al proceso de cambio le vendrá muy bien, ahora que se iniciará una nueva etapa con las elecciones del 2014, atreverse a reflexionar desde una perspectiva de clase y desde esa óptica construir el socialismo comunitario.


*    Fernando Rodríguez Ureña es zoociologo, con maestría en quimeras. Hizo su doctorado en la pluriversidad de Los Sauces en LianMa He Nan Lu. Alguna vez fingió como diplomático.

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