por: Christhian V. Lizarazú G.
| “Homo homini lupus” “El hombre es un lobo para el hombre”. Thomas Hobbes |
| Éste escrito es una pequeña chispa que tan sólo anuncia una especie de dinamita futura. Se trata pues de la vuelta a la individualidad del hombre, hacia la superación de las abstracciones que del hombre se hacen en el supercolectivismo o en el supercapitalismo. Y puesto que para dicha tarea se requiere hablar y pensar sin moralina; simplemente me he propuesto acá decir lo que pienso, al hacerlo me guío conscientemente por la profundidad del aforismo hegeliano que dice: “El hombre solo existe en la medida en que se le oponen”. Más Allá del Malestar en la Cultura El hombre postmoderno es un domesticado, no es salvaje y sensible a la vez, ni visceral y erudito, no es un cosmos completo. Se ha constituido en una medianía, en un engranaje que está dispuesto a rodar hasta que se rompa, para luego ser reemplazado por otro. Y eso va bien para los entusiastas del progresismo siempre que el engranaje contribuya a la sobrevivencia de su parafernalia. ¿Pero qué tipo de hombre vive así?, pues el alienado, aquel que ha aceptado que pertenecer a la muchedumbre es su forma de sobrevivir. Nuestro país no es extraño a ello, basta ver por ejemplo, que en lo que se refiere a los grandes espíritus, sucede lo siguiente: El culto al disparate y al hombre común; llena de moho cualquier nueva expectativa de excelencia. Así; nuestro último gran político; Marcelo Quiroga Santa Cruz, personaje en el cual se unían la voluntad, la claridad y la sensibilidad, no es ya un ejemplo de presente histórico, sino un evento trágico. Nuestro último gran pintor; Raúl Lara, artista en el cual se unían una atmósfera metafísica y la fuerza corporal, es ahora sólo un dato para la historia del arte, y no una visión actual. Nuestro último gran filósofo aún no lo encontramos; un postulante destacado, Rubén Carrasco de La Vega, es solo un traductor inconsciente de Heidegger. Ahora ¿quiénes son los llamados hoy para pasar por la cuerda de estos hombres para superarlos?, no veo a nadie, presiento a algunos, aún tengo esperanza en los casos atípicos, en esos hombres y mujeres que son casos, esos casos que son existencias intempestivas en las sociedades. Afortunadamente, a pesar de que todo hombre nace a una cultura, no es esa cultura aún. ¡Aún estamos a tiempo de salvarnos del disparate! Hacia el Equilibrio de las Pulsiones La particularidad del hombre está en su fluctuación polar que se sucede como un fenómeno que engloba la bestialidad y la espiritualidad. O para decirlo con una combinación de términos freudianos y otros propios, es pulsión de animalidad y pulsión de ideas. En la época actual de idolatría de la técnica, la tecnología y la información; la pulsión primera es casi un pecado. Esto es así porque no se la comprende, la animalidad no significa ser literalmente una bestia, sino ser salvaje, hecho que es sutil y profundamente distinto. Si vemos la historia del hombre primitivo, veremos que éste no era un asesino, sino un salvaje, alguien que estaba dispuesto a enfrentar la existencia, apoyándose ante todo en su propio existir y afirmando ése existir como causa suficiente. En cambio el hombre postmoderno y civilizado tiene que recurrir a las cosas como causa necesaria para poder soportar -en muchos casos- su existencia. Lo que no quiere decir desde luego que haya que volver a vivir en las cavernas, como algún posible miope pretendiera aducir. Más al contrario lo que digo es que ante una sociedad que intenta avanzar hacia su consolidación global, la animalidad del hombre como una expresión de su salvajismo en tanto que fuerza ligada a sus ideas para defender justamente las mismas, se constituye en la pulsión a recuperarse para que la individualidad de los hombres se mantenga como lo más rescatable que hay en ellos. El equilibrio entre estas pulsiones de animalidad y de ideas, se devela como necesario en el fondo del comportamiento y pensamiento del hombre. Basta cuestionarse ¿por qué el hombre se refiere en fórmulas célebres a sí mismo como animal?, por ejemplo cuando Ernst Cassirer se refiere al hombre como animal simbólico, habrá que preguntarse: ¿el hombre como animal simbólico?, y habrá que contestar; lo simbólico en el hombre es que constantemente éste se llama a sí mismo animal. Y es que esto es comprensible, porque ¿cuál es la cualidad que el hombre más envidia y desea del animal?, pues la aceptación que se le da a éste de su condición de animal. Ahora ésta condición animal no solo se refiere desde luego a sus instintos salvajes, sino a su falta de “defectos” humanos tales como la envidia, la hipocresía, la traición, la falsedad, etc. Por eso por ejemplo, el hombre ama generalmente a los animales porque ama su compañía sincera; un tesoro cual amistad fecunda, ama así a los animales porque entre los hombres es más fácil sentirse sólo aunque rodeado de muchos. Además como el animal no es del todo extraño para el hombre, se pueden observar similitudes comportamentales simbólicas entre éste y aquél, por ejemplo: los hombres ordinarios son como perros de casa “finos”, ya que meterán la cola dentro de las patas siempre que el dueño de casa le haga valer su autoridad; esto porque el perro de casa le debe al dueño la comida, el cariño, el abrigo y el nombre, es pues criado para deberse a su dueño. En cambio el hombre extraordinario es como un lobo que en la soledad de su existencia aprende lo que hay que aprender para vivir como un ser individual, él caza su propia comida, encuentra su propio cobijo, afirma su existencia con el aullido de su nombre propio. Coincidir con Uno Mismo Recuperar al hombre en su individualidad, aquella que rechaza su abstracción matemática como simple número en el supercolectivismo, y como simple cosa-producto en el supercapitalismo, es hacerle volcar la mirada hacia las profundidades de sí mismo. Para ello debe comprender algunos hechos: La huida de sí mismo siempre es bien acogida por los grupos, el gregarismo es el chauvinismo socialmente aceptado. Ante dicha patética, la solución tampoco es el solipsismo, la solución no es una vuelta a la moral de Kant, la solución es la vuelta hacia uno mismo, hacia nuestra originalidad posible, hacia nuestra autenticidad reconocible. Ya que como diría Ortega y Gasset: “La verdad es la coincidencia con uno mismo”, y aunque ésta no sea la verdad con mayúsculas, es una verdad con la que cualquier mujer u hombre podría vivir. Pero cuando se afirma a alguien, se niega a otros. Porque todo hombre —en el más alto sentido de la palabra— es la antítesis de otro, hay hombres que entre ellos son como el agua y el aceite, es decir que siendo hombres no pueden mezclarse entre sí y no son lo mismo. Y para ello hay que tener el suficiente valor para negar a varios y afirmarse a uno mismo. Para ello hay que dejar atrás la moralina que en el fondo dice: duda de ti y te aceptarán, porque al hacerlo no serás lo suficientemente bueno ni peligroso como para que el grupo se convulsione por ti. Ahora, esa vuelta hacia el sí mismo, supone romper muchos prejuicios e hipocresías, hipocresías como aquella en donde el narcisismo colectivo es aceptado y es bueno, más el narcisismo individual no se acepta y es malo. Juzgar así es una equivocación promovida por instintos somnolientos, ya que eso supone no ser un buen psicólogo, ya que por ejemplo; el orgullo es para el hombre -muchas veces- como el éter para la tierra, lo protege -lo cubre- de perder su gravedad. Y si no hubiera nada grave en el hombre, no se le podría exigir nada a su vez. ¿Qué le podría exigir una sociedad sensata al hombre?, una simple “fórmula”; exigencias del hombre en sociedad: el hombre debe vivir primero para sí, constituir su valor, las sociedades necesitan algo que valga. Todo hombre necesita una sacudida, y toda gran sacudida promueve la escultura de sí mismo. La escultura de uno mismo es la eterna tarea del hombre, porque él es su más grande inquietud y propósito. La grandeza de dicha tarea viene -se podría decir- desde el génesis, el mismo Adán mirándose en el espejo no sabría quién es, sólo habría encontrado el misterio del primer hombre. |

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