por: Valeria Silva Guzmán
Nada le pertenece al Estado. El pueblo ha sido enajenado de la manera más penetrante. Se instaló el más riguroso experimento neoliberal. Chile representa el mito de que el primer mundo puede existir en Latinoamérica. Este mito está compuesto por un lado desde la construcción de historia nacional bélica triunfante orgullosa del siglo XIX y, por el otro, por la idea de la instalación del progreso y de la perfecta urbanidad moderna que dejó Pinochet. El mito ha sido aceptado y socializado, sin embargo, más y con mayor fuerza fuera de Chile. Es común escuchar en Bolivia apologías al orden establecido en Chile, a la seguridad que le brindan los carabineros a los turistas, al bilingüismo de la ciudadanía, a la calidad de la educación, entre tantas otras cosas. Y también -como si fuera necesario decirlo- se alimenta el odio al chileno que nos quitó el mar que es el mismo que nos denigra desde juicios racistas, de partida, por la condición de ser bolivianos. Desmontar estos en primera persona me obliga a comunicarlo, escribiendo hoy desde tierras mapuches.
La existencia de la denominada cultura ciudadana es en el fondo el terror disfrazado de democracia. Esto se traduce principalmente en el uso anulado de los espacios como públicos a cambio del consumo de los lugares como clientes. Pero aunque esta lógica de compra-venta sea de masas esto no significa que en Chile se tenga a un pueblo conforme y satisfecho al respecto. De hecho, la sociedad chilena hoy vive un nivel de politización, profundamente ideologizada. Existen grupos organizados en innumerables sectores que rutinariamente hacen trabajo de vinculación en sus núcleos. Pueblos indígenas, trabajadores, estudiantes, vecinos, entre otros, comprenden a profundidad la necesidad de hacer que la sociedad amplíe los espacios de mediación entre el Estado y la sociedad civil, incidiendo de alguna manera en, al menos, una posibilidad de hacer temblar al eje estatal. En síntesis, no importa el lugar ideológico desde el cual se esté dando la organización, importa más lo que representa el hambre de organización y vinculación para hacer frente a un Estado neoliberal cooptado por las elites históricas que hoy en día, incluso, cuenta con íconos tradicionales de izquierda sirviéndose de manera mutua, lamentablemente.
Partiendo de que la democracia se refiere también a la accesibilidad igualitaria, sobre una base material, es indiscutible la intensidad ácrata que se vive en este país. El mito dice que el desarrollo de Chile ha creado un estado de bienestar generalizado, sin embargo lo que claramente existe es una oferta inmensa de venta de salud y de educación por ejemplo. El Estado chileno hoy por hoy asume su responsabilidad con el pueblo como mucho “agilizando” la posibilidad de acceder a un crédito, dejando en manos de la población toda la carga económica.
Aparece, entonces, como democrático el hecho de poder escoger donde comprar la educación, donde comprar la salud, pero lo que está siendo encubierto sistemáticamente es que una diminuta porción de la sociedad puede realmente escoger donde comprar, el pueblo está obligado a acceder a los créditos más veloces -que a su vez son las más desangrantes-, a las universidades menos rigurosas y a las carreras inventadas más sustentadoras del modo de producción capitalista. Estudiar una carrera que sólo le sirve al sistema para mantenerse en statu quo; graduarse amarrado a una deuda por hacerse profesional; trabajar totalmente flexibilizado y con seguridad social nula; adquirir otro crédito para pensar en tener una casa; más y más pequeñas deudas para tener un televisor grande, un automóvil: Chile, el país donde absolutamente todo está privatizado te ofrece este estilo de vida, ¿se parece acaso en algo al mito?.
Pero lo que sí es cierto es que el mito se viste de gala a la hora de enaltecer el orgullo nacional. Clases medias aspirantes a pequeñoburgueses han sido protagonistas de patéticas escenas de vigilia en las plazas centrales de las ciudades más grandes, en espera del fallo de La Haya. Pescadores artesanales del norte de Chile han manifestado claramente que ese conflicto es un tema que imbuye únicamente a las grandes empresas concesionarias pesqueras –mientras el sector lleva una lucha más profunda y estructural ante las malas condiciones de trabajo- y que, por lo tanto, es una disputa que no afecta al pueblo. Aún más radical es que en el sur de Chile, en tierra mapuche, resulta de mayor interés hablar sobre estrategias de articulación de los movimientos sociales –la experiencia boliviana- que del fallo de La Haya, es decir, una desvinculación casi absoluta con el chauvinismo conservador y los temas de “acontecer nacional” que los medios de comunicación masiva imponen coordinadamente.
Las preguntas acerca de cómo Bolivia logró dar un salto epistemológico, político y económico no cesan. El interés de los movimientos sociales en el proceso boliviano es muy profundo. En este contexto y en el calor del debate político se hace evidente que lo que Chile necesita es empezar a crear el bloque hegemónico que en síntesis es la sumatoria de fuerzas ansiosas de emancipación. Y no se puede dejar de decir que en Chile hay un pueblo que no sale en las postales, que no es angloparlante, que aún le sangran las heridas de la dictadura y que además, puede ver en una joven boliviana a una hermana y una compañera de lucha.
* Es investigadora
Twitter: @qaleqinaya

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