diciembre 1, 2020

La guerra sucia se pone en evidencia

En las últimas semanas, tal como La Época advirtiera hace más de seis meses, finalmente se ha puesto en evidencia algo que recién empieza: la “guerra sucia” contra el proceso de cambio y el gobierno del presidente Evo Morales, cuyo objetivo central es evitar la victoria del MAS y de los movimientos sociales en las elecciones de este año.

Esta “guerra sucia” contra el gobierno se basa en consideraciones morales bastante subjetivas y en una distorsión objetiva de los hechos, aunque sus verdaderos propósitos apuntan a minar la credibilidad social sobre los máximos conductores del Estado plurinacional o al menos de uno de ellos, como condición importante para destruir el proceso político y social más profundo de nuestra historia. Los operadores de la estrategia se cuidan mucho de no expresar su desprecio por una revolución que transformó radicalmente el bloque en el poder y los destinos del país, pero el objetivo estratégico de su acción es precisamente liquidar la revolución que colocó a Bolivia en un sitial envidiable en el mundo.

No cabe duda que los que han concebido esta estrategia de guerra han leído bien al estratega militar prusiano que derrotó a Bonaparte en la batalla de Waterloo, Carl Von Clausewitz, quien sostenía que la condición primordial para derrotar al enemigo en el campo de batalla no eran las armas de fuego sino su previa derrota moral. Y eso confía lograr la derecha boliviana, respaldada por una jerarquía católica que desde enero de 2006 se mostró contraria al desarrollo de una ola revolucionaria que, liderada por un bloque indígena campesino y popular, empezó a desmontar las bases estructurales de la colonialidad del poder. Es más, el titular de la Conferencia Episcopal de Bolivia –bastante conocido por sus ideas conservadoras- prácticamente ha desahuciado la continuidad del proceso de cambio al hablar de su desmoronamiento poco a poco.

Y claro, como era de suponerse, esta guerra se asienta en una campaña mediática para construir matrices de opinión negativas sobre el gobierno. Es bastante notorio el papel de algunos medios de comunicación y sus analistas que sin tener el cuidado de ofender la memoria larga de la gente lo que hacen es convertir en inocentes palomas a muchos de los involucrados en casos de corrupción, extorsión y de atentados contra la seguridad del Estado.

La amenaza a la revolución boliviana implica, por tanto, cerrar filas y pasar a la contraofensiva política.

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