noviembre 27, 2020

Bolivia, Rusia y la resolución de Naciones Unidas sobre Crimea ¿Es Putin un loco?

Al otro lado del sur, en Europa del Este, algunos se preguntan por qué Bolivia votó en contra de la Resolución de Naciones Unidas que condena la anexión de Crimea a Rusia. Con 100 votos a favor; 11 en contra; 58 abstenciones; y 24 Estados que no votaron, la resolución impulsada por Ucrania y respaldada por Estados Unidos y la Unión Europea, califica de inválido el referéndum en el que una supuesta mayoría de residentes de Crimea se pronunciaron mayoritariamente por pertenecer a Rusia.

Muchos podrían sugerir que la negativa boliviana a la resolución, y por ende apoyo a la posición rusa, tiene como causas: el compromiso de la petrolera Rusa Gazprom para inversiones de exploración petrolera en Bolivia, o la firma de un memorando de entendimiento para exploración y producción de hidrocarburos del gobierno boliviano con Rosneft, empresa petrolera propiedad del gobierno ruso. Otros podrían mencionar las ofertas de Rusia para el equipamiento logístico y bélico de las Fuerzas Armadas Bolivianas.

A pesar de lo anterior, existe un tema de fondo acerca de la distribución del poder a nivel global que debe divisarse en esta última votación de la Asamblea General de Naciones Unidas; y que explicaría parcialmente el accionar de la administración Morales en su representación en el exterior. La resolución en cuestión tuvo votos en contra por parte de países latinoamericanos además de Bolivia; como ser Venezuela, Cuba y Nicaragua; entre las abstenciones estuvieron Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay e Uruguay; mas allá, China, India y Sudáfrica también se abstuvieron.

Las negativas y abstenciones de este considerable número de países miembros pueden interpretarse como atisbo del erguimiento de un sistema internacional multipolar. Atrás queda aquella concepción de un mundo unipolar liderado por Estados Unidos. Entramos a una era donde la posibilidad de un poder global compartido entre los líderes regionales de los diferentes continentes; China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, se hace cada vez más visible.

Además, los Estados que no dieron apoyo manifiesto a la resolución, habrán también reconocido que si bien existe presencia militar rusa en Crimea, los reportes de violencia son mínimos o inexistentes, y que por ende, existe una relativa aceptación de la población de Crimea a constituirse parte de Rusia. Ejemplo extremo, pero ejemplo al fin, es la foto incluida en este texto que muestra una familia de Crimea pro-rusa posando con soldados rusos.

En fin, muchos de los Estados ajenos y lejanos al conflicto habrán también comprendido que la problemática de Crimea no es tal cual la cuentan las cadenas mediáticas de Occidente, estas últimas retratan un Vladimir Putin megalómano y casi demente. Más bien, Putin ha desarrollando una política exterior racional y realista basada en la existencia de minorías/mayorías pro-rusas -étnicas e identitarias- que se esparcen en algunos de los países del Este Europeo. Así como en Crimea existe un 58% de población rusa, Estonia por ejemplo, posee una minoría rusa que ya causa escozor en algunos Estonios que observan lo que ocurre en Crimea.

Quedará en manos de Putin desarrollar una política exterior medida, consciente de su poder, pero ajena a ambiciones demasiado altas. La resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas tiene carácter simbólico, ya que no tiene consecuencias prácticas, y es, como anteriores resoluciones de la ONU: un llamado a las partes a resolver el conflicto de manera pacífica. El caso de Crimea se perfila ya como una victoria rusa y la votación en la Asamblea de Naciones Unidas muestra destellos de reconfiguraciones en la distribución del poder en el sistema internacional.

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