noviembre 25, 2020

Pensar más allá de la economía

por: Max Murillo Mendoza

Qué duda cabe: hoy en día todo lo que se respira es economía. Yo diría lamentablemente. Todo se ha monetizado, todo se ha vuelto intercambiable porque el dinero así ordena que sea. Cualquier creatividad humana cruza ni qué decir por la economía, por lo menos para que sea válida. Todos los países, incluso los comunistas, tienen que afilarse al ritmo de la productividad máxima para ser considerados importantes. Hoy en día la crisis económica de los países centrales capitalistas, pone todos los días en tapete ese complejo panorama de la economía. Pero a todas luces el tema de la economía es cada vez más un asunto que define objetivos, metas e incluso vidas. El empobrecimiento de Europa y Estados Unidos, demuestra también procesos al revés: países en vías de subdesarrollo (Max Neef). Es decir, que la abundancia supuesta del capitalismo ya no alcanza para todos, y entonces hay un retroceso brutal de esos estándares que hace 20 o 30 años veíamos con envidia desde los países del sur, que nunca avanzábamos sino retrocedíamos por las características del mismo capitalismo, y las condiciones internas de colonialismo y saqueo. El golpe de mazo que fue la explosión de la crisis en el año 2.008, está llevando a una caída de los valores del capitalismo porque los desahucios, el hambre y la desnutrición empiezan a ser parte del modus vivendi de los países de economías de avanzada. Como nunca antes, se ha puesto en entredicho la supuesta sostenibilidad hasta el infinito del capitalismo.

Casi inadvertidamente nos hemos convertido en sociedades absolutamente dependientes del capital, del dinero. Sin dinero no somos nadie. Sin ese particular sello del dinero nuestra identidad se pierde en el anonimato más contundente. Y probablemente en la pobreza y miseria absoluta. En las épocas neoliberales, se endiosó hasta lo religioso el triunfalismo del dinero: ser exitoso era sinónimo de ser un buen pirata yuppie, no importaba si ese dinero provenía de juegos limpios o no. Los resultados eran importantes: ser rico y frívolo. Lo demás era secundario. Las ideologías habían muerto, pues era hora de la joda y el triunfo del dinero fácil. Esos aires ideológicos del triunfo capitalista siguen respirándose hasta hoy. Sin embargo, la fiesta y la chupa fácil de esa ideología materialista capitalista, ha pasado. Las facturas son enormes, como el sufrimiento de millones de ciudadanos que están en las calles sin trabajo, sin vivienda y sin futuro posible. Los negocios, como en el buen capitalismo, han sido para unos pocos. Los demás siguen siendo nomás el rebaño que consume y produce riqueza para el festín de unos pocos. La galopante pobreza y marginalidad está acompañada de una pérdida total de valores morales y humanos: corrupción, ausencia de transparencia en los gobernantes de los países ricos. Y todo alrededor de la economía.

La mercantilización de las sociedades, y las relaciones sociales, no han sido eternas o desde siempre. Todo lo contrario. Miles de años antes de la modernidad, gran parte de las sociedades funcionaron más bien sin dinero, sin mercantilización. Como en las civilizaciones andino – amazónicas, que eran sociedades tan sofisticadas como las modernas, pues no necesitaron el dinero para funcionar. Y tenían ejércitos enormes, clases altas, millones de trabajadores e inversiones cuantiosas en obras de carreteras, puentes, viaductos, construcción de ciudades, etc. Todo sin dinero. Por lo increíble que eso parezca funcionó a la perfección. Nadie pasaba hambre o penurias. Esos Estados solventaban a todos con alimentos básicos y necesarios. Probablemente los símbolos de riqueza y poder (en términos occidentales) eran distintos; las concepciones de éxito y triunfo también eran distintos, quizás ni existían. Los abundantes metales preciosos no estaban considerados como instrumentos de cambio, sino como adornos y prestigio. Pues sí, nuestras mentalidades mercantilizadas y esclavizadas por el poder mágico del mercado, no alcanzan a entender que existieron sociedades (y quizás todavía hay comunidades) sin dinero, sin mercantilismo. Sin embargo fueron sostenibles por miles de años. Muchos más, de lejos, que lo insostenible del capitalismo y su modernidad que en apenas 500 años destruye todo, hace del mundo un lugar inseguro y totalmente contaminado e injusto.

Marx hizo profundos estudios sobre el fetichismo de la mercancía. Consideraba que las sociedades occidentales eran totalmente dependientes psicológica y mentalmente, de los juegos mágicos e independientes de las mercancías. Por eso la fascinación de los teóricos totalitarios del mercado por la oferta y la demanda. Pero a estas alturas de los resultados de esa fascinación, ya no es correcto ni moral ni ética y políticamente seguir soñando con los procesos económicos que conocemos. Las distintas reformas tampoco han funcionado. Por otro lado, ese fetichismo del mercado ha conducido al mundo a las más injustas formas de reparto de la riqueza. Los ricos se hacen más ricos. Los pobres se hacen cada vez más pobres. La modernidad es la productora de pobreza e injusticias más terribles de toda la historia. La mentalidad occidental llegó al extremo de privilegiar más a los Bancos que a los humanos. Justifican abiertamente que la pobreza o la marginalidad son efectos y desajustes de la economía, o ausencia de producción. Todas las excusas son razonables para justificar el pésimo reparto mundial de la riqueza. Hasta hoy los defensores de la economía de mercado sueñan ciegamente en esos mitos. Sueños trasnochados y fuera ya de toda realidad. Consideran además absurdamente que no hay alternativas, que el capitalismo es el único sistema mundial. Y eso no sólo es mentira, sino y sobre todo es impostura. El sistema feudal en occidente duró casi mil años; pero murió como cualquier sistema, desapareció para siempre. Y al parecer el capitalismo también está llegando a su fin como sistema.

La economía es sólo un instrumento que ha sido mal utilizado. Siniestramente utilizado para fines no precisamente comunitarios y colectivos, sino individualistas, egoístas, oscuros y corruptos. Si ese instrumento ya no es útil a la humanidad, sino dañino y cruel, pues es un imperativo categórico destruirlo. E inventar otros sistemas más humanitarios, menos destructivos y menos antinaturales. Sabiendo que es un monstruo enorme y dantesco, que engulle todo a su paso, incluido a nuestras mentalidades, que arrasa con cualquier posibilidad actual de alternativas y que su loca producción requiere de consumos alocados sin precedentes. Ciertamente no es nada fácil imaginar otras posibilidades. Al menos tenemos la posibilidad de remontarnos al pasado, en nuestro caso, y verificar las maneras de funcionamiento de aquellas “economías” no mercantiles, pero efectivas y eficientes, que han sido los instrumentos más importantes para articular sociedades complejas, con las mismas exigencias y necesidades de las actuales. Al parecer también han sido economías más respetuosas de la naturaleza, más holísticas y cordiales con el humano. Todos los argumentos actuales a favor de la economía clásica ya no son valederos, no tienen ya sentido porque defienden intereses concretos y personales, individuales y mezquinos: que unos pocos en el mundo sigan siendo los ricos y mandamases, y una mayoría de miles de millones pasen hambre y penurias, siempre con los espejitos de ilusiones pensando que el sacrificio vale la pena, porque vendrá pronto la redención y la gloria. Creencias y engaños religiosos que se esfumaron hace mucho tiempo. La insostenibilidad del actual modelo mundial de economía, explotará más temprano que tarde, sus limitaciones son evidentes como su estructura injusta y absolutamente cruel e inhumana.

Ojalá en algunos años más, el capitalismo y su economía clásica sean sólo un recuerdo. Como el sistema feudal. Y otros sistemas que el hombre ha creado en función de sus necesidades y maneras de sobrevivir; que ya son hoy por hoy recuerdos de su paso por este mundo. El sentido de la existencia humana es la lucha por la sobrevivencia, por la justicia y los valores que nos ayuden a hacer de la vida más placentera, más poética e igualitaria. Si para eso tenemos que hacer revoluciones, pues hay que hacerlas.

La Paz, 9 de julio de 2014

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