noviembre 24, 2020

El Estado como continuación de la guerra por otros medios

Partimos con una simple pregunta: ¿Existe una teoría del Estado en los escritos de Foucault? Consideramos que no, en tanto para Foucault los problemas de una teoría, mucho más una teoría general, se encuentran en el carácter fragmentario de la realidad que se pretende retratar o de la que se pretende dar un marco general.

Partimos con una simple pregunta: ¿Existe una teoría del Estado en los escritos de Foucault?

Consideramos que no, en tanto para Foucault los problemas de una teoría, mucho más una teoría general, se encuentran en el carácter fragmentario de la realidad que se pretende retratar o de la que se pretende dar un marco general.

Sin embargo, si existe una propuesta compleja de materiales para comprender qué es el Estado. Esta propuesta si bien se encuentra diseminada, repartida en múltiples reflexiones, es posible de ser reconstruida, no sin arriesgar que la fuerza del carácter fragmentario de su obra y de sus acercamientos a fenómenos tan complejos como el Estado se encuentra en que siempre es posible renovar otras lecturas posibles. Lo fragmentario siempre puede ser motivo de otras lecturas.

Los fragmentos pueden encontrarse en el curso de 1975-1976 denominado “Defender la Sociedad”, también en los cursos de 1977-1978 y 1978-1979 denominados “Seguridad, Territorio, Población” y “Nacimiento de la bio política”. Asimismo en entrevistas y ensayos, muchos de ellos recogidos en “La vida de los hombres infames” y “Estrategias de Poder, Vol. II de Obras esenciales”.

Foucault no ve en el Estado, ni siquiera como propuesta o hipótesis, aquello que, generalmente pensamos que es: orden, reglas, derecho, estabilidad.

Como bien se sabe, Estado proviene del latín status y tradicionalmente se refiere a aquello que está fijo, que está establecido, al orden mismo que parece desprenderse del uso cotidiano del vocablo estado. El uso inicial que hace de él Maquiavelo busca mostrar a una organización de gobierno relativamente estable, por ello en reposo. El Estado elimina la guerra civil, la hace desparecer en su interior. No sólo que antes del Estado hay una guerra de todos contra todos (Hobbes dixit), sino que esta desaparece a momento de instituirse el Estado. La paz de Westphalia supone eso, que sólo el Estado es el sujeto internacional del cual deviene un orden internacional. O dicho de otro modo la guerra es sólo posible entre Estados, porque al interior del Estado no hay guerra posible. El Estado westphaliano es entonces eso: reposo, y guerra concluida.

Foucault en todo caso considera que el Estado mantiene una guerra interna, es decir que al interior del fenómeno que llamamos Estado se mantiene un proceso de reinscripción perpetua de una especie de guerra silenciosa que se expresa en los márgenes de las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje y hasta en los cuerpos de unos y otros.

El Estado no es más que la continuación de la guerra por otros medios. Por ello Foucault no ve al Estado como algo fijo o estable, sino como un proceso de reacción, de enfrentamiento constante a otro enfrentamiento constante. La organización jurídico-formal del Estado no es sino el establecimiento formal de medios para pacificar. La paz del Estado no es otra que la guerra interna constante, la intervención del espacio público por la policía, por la economía, y en casos muy necesarios por el mismo ejército, aquel que debiera cumplir labores de defensa externa del Estado, generalmente se ha puesto a cumplir labores internas de pacificación.

La policía, el Derecho, la economía y el ejército nos recuerdan constantemente que el Estado libra todos los días una guerra en su seno mismo. Estos otros a los que se enfrenta pueden llamarse movimientos, multitud, gente, sindicatos, campesinos, indígenas, etc. Su nombre no los califica ni los termina finalmente por identificar. La necesidad de identificarlos es del Estado, no de ellos mismos, pues en última instancia su estrategia en muchos casos ha sido el anonimato. El Estado entonces no ninguna sustancia en reposo, sino que existe en el movimiento mismo de la represión y de la violencia, aunque muchas veces esta violencia tome caras y ropajes que hacen difícil reconocerla.

Movimiento, multitud, gente, sindicatos, o como quieran llamarse sólo tienen en común la capacidad de organización y la tensa reacción del Estado moderno por individualizarlos para que su organización sea por intereses, y con ello, sea mucho más sencillo evitar la organización o dirigir esta organización.

Veamos algunos ejemplos en la movilización de los últimos años en España.

Hablemos de la generación perdida en España.

La generación de más de 50% de desempleo juvenil, la más capacitada, pero con trabajos precarios o viéndose en la necesidad de emigrar. Ésta es la generación que da origen al movimiento de los indignados o movimiento 15-m.

Durante una de las mayores crisis económicas contemporáneas, un periodo de cinismo político y desesperanza, comienza la indignación de la gente, en principio jóvenes, pero luego la población en general. Esa indignación que luego se convertiría en esperanza de una humanidad mejor y en un movimiento que daría ánimo a la gente en España.

Después de ganar dos Eurocopas y un mundial, los españoles estaban suficientemente distraídos y poco organizados como para crear cualquier tipo de movimiento, pero pasó. Hasta el día de hoy nadie entiende muy bien cómo, pero la gente se unió.

Esta unión ayudó a superar el miedo o emoción paralizante que el poder usa junto a la intimidación o incluso la pura violencia.

La organización fue posible sólo a través del espacio cibernético, espacio menos controlado en ciertos aspectos y no tan corrompido como los medios de comunicación, aunque subjtivizante hacia una individualidad poco asistida.

El movimiento 15-m supuso un comienzo, un resurgir. La gente salió a las calles, se manifestó, mostró su indignación y retomó el espacio público. Se habitaron las plazas, la gente comenzó a organizarse, a auto-gestionarse y las plazas se volvieron el hogar de muchos y un sitio para todos y todas. Ese retomar de lo público supuso un quiebre, un desentendimiento por parte del Estado. La primera reacción fue desalojar mediante violencia policial, grupos de centenares o incluso miles de personas que levantaban las manos en son de paz gritando: “estas son nuestras armas”. Esto hizo que el movimiento cobrara mayor fuerza y todavía mayor indignación. Se ocuparon más plazas y las ya ocupadas se organizaron mejor. Se creó un espacio de convivencia absoluta. Se contaba con comedores, bibliotecas, lógicamente un espacio de comunicación y coordinación con las demás plazas e incluso guarderías. Espacios públicos y gratuitos de y para tod@s.

Se da inicio a una nueva forma de gestión. Se toman las decisiones mediante asambleas y consenso, la gente se auto-gestiona y reivindica la justicia social y la democracia verdadera. Se niega todo tipo de organización formal o liderazgo y se comienzan a dar nuevos significados a las instituciones como tal.

Para resumir de alguna manera lo que supuso este movimiento se pueden usar las palabras de Manuel Castells que lo describe como una revolución rizomática.

Mucha gente consideró que la ausencia de líder supuso el fin del movimiento, que a pesar de todos los meses de movilización la repercusión que se tuvo fue relativamente escasa. Se han creado diversas plataformas, entre ellas la anti desahucios, pero no se ha logrado cambiar la frialdad de bancos y prestamistas que siguen echando a la gente a las calles. Sin embargo hoy siguen habiendo cientos de asambleas autónomas en las ciudades y barrios. La actividad en internet permanece con la misma o incluso mayor fuerza.

Una vez el movimiento pierde fuerza llega el momento de auto reflexión. Se piensa si realmente se ha conseguido un cambio en la forma de pensar de la gente, lo que junto con la indignación supondría un cambio en la sociedad. La respuesta se ve en la encuesta realizada en enero de 2012 donde el 75% de la población encuestada sentía simpatía por el movimiento y compartía sus ideas. Además en las últimas elecciones europeas, PODEMOS, el partido formado por líderes del movimiento obtuvo 5 escaños. Muestra clara de que no se trata de un movimiento marginal.

Sin embargo, el debate dentro del movimiento continúa y se trata de replantear el movimiento desde dentro sin esperar que la sociedad cambie. Se trata de conseguir una nueva sociedad como resultado del proceso y no con una idea predeterminada de lo que se quiere conseguir.

Lo que supone el movimiento para el Estado es miedo. Miedo a la organización, a la auto-gestión y la sociedad unida. Es a partir de este movimiento que comienzan de nuevo las mayores muestras de represión y abuso policial. Se ven detenciones después de cada manifestación, golpizas y se da origen a la creación de la ley mordaza. La amenaza es inminente y la consecuencia es la violencia.

Concluir, si es posible…

Vistos estos ejemplos, el Estado se desarrolla y se transforma constantemente, ilumina y crea otros espacios de lucha ante la diseminación de las estrategias de lucha de los movimientos y multitudes. Lo que antes era para estatal, ahora busca ser estatal. Lo que antes era una lucha y exigencia al Estado, ahora puede ser una nueva condición de estatalidad, o una nueva condición de represión en el seno mismo del Estado. El Estado busca ser omnipresente, para estar en todas partes y no estar en ninguna a la vez.

Para Foucault, aquello que llamamos Estado no es sino el denominativo de muchas formas de organización e institucionalización de la violencia y la represión, allí donde esta es necesaria.

El riesgo de visibilizar el Estado como horizonte, con sus mecanismos y agenciamientos, llámense partidos políticos o espacios de intervención política, es grande, como pudo verse en el ejemplo anterior relativo a España, sin embargo la presencia fundante de violencia que permite encarar los conflictos en los lenguajes y agenciamientos estatales está aun presente, sin que por ello el Estado haya dejado de ser lo que Foucault insinúa, una continuación de guerra por otros medios.

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