noviembre 28, 2020

Perpetuando el patriarcado desde el proceso de cambio

Hoy recuerdo un texto escrito por Raquel Gutiérrez en el inicio de este milenio, titulado “Desandar el Laberinto”, en el cual la autora explora con lucidez la situación de las mujeres en lo que ella llama, el dilema del descubrimiento de los dispositivos que perpetúan la subordinación y opresión de las mujeres. Recordando este texto y varios más que describen estos dispositivos de poder, me doy cuenta que los mismos se mantienen intactos en este proceso de cambio y que además, son vistos con una inercia e indiferencia que aterra. Tantos avances en materia económica, de salud, de educación y en lo más importante, las relaciones entre hombres y mujeres, la concepción de la pareja, la situación de la mujer en nuestra comunidad, las cosas están intactas.

Duele la muerte de una mujer. No es un evento simple; no es un evento raro. Qué hemos hecho efectivamente, evidentemente, para cambiar ésta realidad? No basta una ley, es un comienzo, lo sé y estoy conforme de que exista por lo menos la norma. Sin embargo, para desgracia de todas nosotras, la ley no se cumple casi nunca o tarda demasiado en ser cumplida.

Ayer, en un proceso abreviado, demasiado rápido para entenderlo, se condenó a 30 años sin derecho indulto al asesino de Sophia Calvo. Excelente, histórico. Es que era un caso fácil, puesto que el asesino confesó, con todo detalle, como la interceptó, como la intimidó, la venció, la poseyó y finalmente, la mató. Fácil. Todo estaba dicho. A diferencia del caso de Patricia, la niña violada en su colegio, hacen 15 años cuyo asesino recién recibió condena, también ayer. Me puedo imaginar el calvario de ambas madres, la de Patricia y la de Sophia, pero sin duda, el mayor calvario lo vivió la de Patricia, porque además, es una mujer pobre. Mujer y pobre. Doble discriminación.

Frente a esta lacerante realidad nos preguntamos: Por qué aún vivimos situaciones de violencia contra la mujer cada vez más espantosa, cada vez más retrógrada, tanto desde el punto de vista simbólico como real? Trataremos aquí de explicar lo que a nuestro juicio es la razón de esta deuda pendiente.

Para poder establecer el desmontaje de la condición patriarcal de la sociedad que persiste en nuestro proceso de cambio, es importante comprender la naturaleza la familia como empresa de producción de bienes y servicios.

La familia patriarcal, desde la cual se organizan todos los vínculos societales, aún no ha sido desmontada; seguimos en la lógica que subordina a las mujeres como segundo sexo, cuyas capacidades reproductivas son objeto de control y cohesión social y por lo tanto, los vínculos sociales se basan, no en la relación inmediata que la mujer establece con su progenie, sino en el reconocimiento de esta descendencia por parte del varón. Es decir, la descendencia es “legítima” en tanto los hijos sean “hijos de un padre”. O sea, esta situación perpetúa, inclusive hasta nuestros días, el control y la gestión por parte de los varones de los cuerpos femeninos. Visto desde este ángulo entonces, la familia, “base de la sociedad” se convierte en una empresa de producción de nuevos sujetos, bienes y servicios, donde la mujer coloca su cuerpo y su capacidad procreadora como bien para el goce y placer del varón, a quien mediante una ceremonia denominada matrimonio, se le otorga la propiedad de su cuerpo.

En la familia nuclear capitalista clásica —de donde emergen todos los y las ciudadanos y ciudadanas actuales— el varón es el proveedor de montos de riqueza abstracta y la mujer la administradora de tales recursos que ella convierte en bienes de consumo (ropa, comida, etc.) que son utilizados por la familia. Se establece pues, una dependencia recíproca —aunque asimétrica— entre una y otro: el varón, dueño del espacio público, que provee riqueza abstracta finita que la mujer convierte en medios de subsistencia a través de su trabajo doméstico, invisibilizado y subsumido, quien además tiene la obligación de producir seres humanos “adecuados” al contexto de las relaciones sociales vigentes. Este simbolismo persiste aún a pesar de la emancipación económica de las mujeres que, lejos de convertirse en una ventaja, es más bien un problema, puesto que no se la ha liberado del rol establecido hacen centurias en el espacio privado de la familia patriarcal, el que sigue obligada a jugar simultáneamente a su inclusión en el espacio público del varón, donde además debe probar, una y otra vez, su capacidad, su aptitud para permanecer en él, rindiendo cotidianamente pruebas desiguales frente a los varones. Definitivamente, extenuante e injusto.

En esta situación queda pues el cuerpo de la mujer, que es parte de estas relaciones mercantiles de producción, entendido como propiedad del varón que lo posee cuando lo requiere, un bien más de consumo. El mundo de la riqueza abstracta es nomás masculino y desde ahí, se entiende el cuerpo femenino.

Entonces, en el tiempo actual donde se está neutralizado el espacio público que antes solo era del varón y ahora también pertenece a la mujer, se inauguran nuevas formas de dominación que incluyen dispositivos actuales pero que al a vez, están aún influenciados por estas arcaicas formas de dominación femenina, en las cuales al sociedad persiste en anclarse. En la medida que todo el sistema de dominación masculino continúa sin modificación de fondo, lo masculino continua siendo el eje ordenador del juego social, pese a la ambigua “feminización” del mundo social.

Por lo tanto, hay que ser autocríticos y reconocer que la violencia del patriarcado está intacta y que ella determina que los varones consideren a la mujer como una cosa que es de su propiedad y por lo tanto, la posean cada vez que lo necesiten, lo quieran o lo deseen, sea en relaciones consentidas dentro de una pareja clásica o sea por la fuerza, en ese acto primitivo, aberrante e invisibilizador de la mujer como ser humano que es la violación. Por eso tantísimos casos de feminicidio, de violencia simbólica o real dentro de los matrimonios, de las parejas estables. Por eso es que se habla de ciertos patones de conducta desde donde se comprenden el “deber ser” tanto de hombres como de mujeres.

Mientras existan y se mantengan las relaciones machistas de poder en una sociedad patriarcal, la violación del cuerpo de la mujer entendido como propiedad del varón, permanecerá. Esta es la deuda pendiente que una educación liberadora en todos los ámbitos y una autocrítica profunda de todos y todas, permitirán por fin desmontar. El auténtico desmontaje de estos dispositivos exteriores de jerarquización del hombre sobre la mujer, exige poner en duda el cimiento mismo de la sociedad tal y como es actualmente. En un proceso de cambio como el que vivimos, esto es algo que urge realizar cuanto antes.


* Médica, militante del proceso de cambio.

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