noviembre 26, 2020

San Pedro

por: Raúl Reyes / Javier Larraín

La historia se refiere a nuestra La Paz como una ciudad indómita, tumba de tiranos y testigo privilegiada de bruscas transformaciones, revueltas y golpes de Estado que se dieron a bala, piedra y palo. Pero, actualmente, con las marchas y bloqueos, el centro de la ciudad colapsa cuando la Oruro, la Colombia o El Prado quedan obstruidos por veinte o treinta manifestantes; somos víctimas de una loca geografía. 

Desde la histórica Ceja se divisa una hoyada con un maremágnum atípico, jamás parecido a las grandes ciudades del capitalismo que poseen una uniformidad de cemento. Las casas coloniales destacan por sus techos de teja que conviven, espalda con espalda, con edificios de treinta y tantos pisos que despuntan en el paisaje ondulado de construcciones, pero, que no alcanzan a los cerros, los miradores paceños, quedando inermes –cuales fichas de ajedrez– frente a una continuidad geográfica que se pierde en los pequeños valles del sur. 

El desarrollo industrial y comercial, y el proceso de urbanización, que implicó la desaparición de las tierras comunitarias en el territorio de San Pedro, fueron los principales efectos del establecimiento de la ciudad de La Paz como capital administrativa del país cuando los sucesos de la Guerra Federal. 

Durante el siglo XX, aquel cambio de la sede de gobierno, el ascenso al poder de los gobiernos liberales, la modernización del país, así como, también, la Revolución del 52’, los regímenes dictatoriales y la recuperación de la democracia, significaron trastrocamientos en la vida nacional, paceña y, de paso, en el pueblo indígena de San Pedro, devenido en barrio moderno. 

Su historia, convertida en el ajayu de La Paz, contiene lugares e importantes personajes que guardará nuestra memoria. 

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En la información proporcionada por Antonio Paredes, a inicios del siglo XX, San Pedro presenta una zona urbanizada y otra rural, divididas por el valle de San Isidro de Poto Poto. La primera encontró su límite norte en el puente de San Francisco, habitando una de las riveras del río Choqueyapu hasta chocar con el arroyo Llojeta. 

Por el este, la zona urbana subía por la quebrada formada por el mencionado arroyo hasta los linderos de la finca Allpacoma, mientras por el sur lindaba con las ex comunidades Callchani y Collpani, siguiendo por las haciendas Tacachira y Poma–amaya. Asimismo, en su extremo poniente sirve de límite a la finca San Roque, comprendiendo esta propiedad y la ex comunidad Yunguyo, hasta la Ceja de El Alto, bajando por la quebrada de Chijini Chico, por cuya cuenca corre el arroyo Charanta hasta su encuentro con la calle Sagárnaga, para llegar al puente de San Francisco. 

La zona rural comprende, además, algunas haciendas incluidas en la anterior parte, todas las tierras situadas en la serranía regada por el río Orkojahuira. 

Las ex comunidades de San Pedro fueron las siguientes: Charapaqui, Collpani –cuya mitad se encontraba convertida en una hacienda particular y la otra continuaba en manos de los indígenas–, Cupi–Lupaca, Calchuani, Yunguyo, Chusamarca, Ampaturi, Checa, Chinchaya, Canchi, Callapa, Cupini, Pacasa, Pesque–punco, Luqui–chapi, Pucarani–ayllu, Macollana, Primer Collana, Segundo Collana, Inca–llojeta, Achumani y Chamoco. 

A comienzos del siglo pasado, las mencionadas ex comunidades generaban al fisco un impuesto de 3.820 bolivianos anuales. Las viviendas aisladas, paulatinamnte, fueron acercándose por la construcción de nuevas viviendas y la continua expansión de la ciudad. Para la época, San Pedro era un conjunto irregular de construcciones articuladas por callejones estrechos no adoquinados. A esto había que añadirle la existencia de árboles en las quintas y los chacarismos. 

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Uno de los ayllus originarios de la parroquia de San Pedro y Santiago de Chuquiabo, el “Canchi”, construye su propia historia a lo largo del siglo XX. Su territorio era una comunidad donde los yatiris y callahuayas curaban a los enfermos mediante ofrendas a una piedra llamada Jach’a Kala, pila hallada próxima a un río desde donde se llamaba a los espíritus de las personas enfermas, escuchándose fantasmagóricas canciones y danzas por las noches, como si hubiese una eterna fiesta. 

En los años ‘30 el ayllu pasó a denominarse Tacagua, Alto San Pedro y Villa Nuevo Potosí, careciendo de un nombre definido. Por la misma década existía en el lugar una fábrica de tejas de cemento, facilitando el poblamiento del sector. Del mismo modo, la iglesia de San Pedro se amplió, creándose numerosas cofradías llamadas a amenizar las fiestas que se celebran el 3 de mayo. 

Tal vez la comitiva de Alonso de Mendoza, que tardó tres días desde Laja, bajó por uno de aquellos históricos lugares llamado Jacha Kollo, tal vez desdeñó las pocas casas de adobe, con techos de paja, del barrio de indios deSan Pedro y el antiguo barrio inca de San Sebastián, pero, sin duda alguna, ha de haber quedado maravillado con el correr de las aguas del Choqueyapu. 

Los antiguos vecinos de Alto y Bajo San Pedro cuentan la existencia del Señor de la Santa Cruz, conocido como el Tata K’awasiri o el Señor de las alturas que siempre está vigilando. Para realizar la procesión en su honor eligieron el mirador de Jach’a Kollo y, cada 3 de mayo, se da paso a la legendaria fiesta. Siglos atrás, hicieron construir, en España, catorce cruces altas, de tres metros aproximadamente. A las once de la mañana trasladaban al Señor de la Santa Cruz a Jach’a Kollo pero, con la Revolución del 52’ los hacendados vendieron esos terrenos, desapareciendo aquella tradición. Las cruces fueron distribuidas en distintos lugares como Villa Nuevo Potosí, Tacagua y Villa Pabón, el resto fue trasladada a Carabuco, Oruro, Potosí y Puno. 

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El actual mirador de Jacha Kollo se mantiene como un sitio elegido para practicar ceremonias andinas de celebración y agradecimiento a la Pachamama. La Madre Tierra se abre en el mes de agosto, aunque es posible encontrar algún yatiri masticando coca a la pista de algún visitante, para que conozca que le depara el futuro, con una lectura especializada en la hoja sagrada. 

Con el tiempo, el mirador recibió el nombre de Cruz Pata, por cuanto en su centro se haya una cruz blanca y el sitio se rodea de barandas. Desde allí se observan la zona oeste, norte, este, el centro y la zona sur de la ciudad de La Paz. 

El censo de 1943 señala que la población del distrito de San Pedro se hallaba dividida en las razas: “blancos, blancos latinoamericanos, mestizos, indígenas y otras razas”. De los 301.450 habitantes paceños, 8.706 correspondían a este distrito. Los blancos latinoamericanos representaban un 64.4%, los mestizos un 21.9%, los indígenas un 10.3% y, finalmente, se encuentran los blancos con el 3.4%. 

Entre enero y junio de 1945, la empresa encargada del alumbrado público, The Bolivian Power, instaló focos en diferentes calles de la ciudad de La Paz, de acuerdo a la siguiente relación: Un foco en la calle Hermanos Barragán, otro en la calle Almirante Grau, seis puntos instalados al final de la calle Villamil de Rada, un foco al final de la calle Murillo. En la zona San Pedro Alto se instalaron ocho focos en las calles importantes. 

Meses más tarde se realizaron varios trabajos en el río San Pedro. Esta intervención tuvo seis sectores: el primero queda entre las cabeceras y la avenida Buenos Aires, donde se realizó la nivelación y limpieza del cauce, construcción de cunetas y empedrado. El segundo, entre avenida Buenos Aires y calle Burgoa, realizándose la construcción de diques transversales y empedrado de cunetas. El tercero, ubicado entre la calle Burgoa y Nicolás Acosta, dio término a los muros laterales, radier y bóveda. El cuarto, entre la calle Nicolás Acosta y la avenida 20 de Octubre, vio la realización de las terminaciones y las reparaciones. El quinto, entre la avenida 20 de octubre y la plaza Roma, dio lugar a las reparaciones de radier y muros laterales. Y, en el sexto, entre la plaza Roma y el río Choqueyapu, se repararon los radiers y muros laterales. 

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Como gratitud a los héroes nacionales de la Guerra del Chaco, en 1946, la Alcaldía adjudicó tierras a los ex combatientes en la zona de San Pedro. Un número importante de ellos se habían convertido en obreros pertenecientes a sindicatos fabriles, razón por la que la zona vino a llamarse Vivienda Obrera. En sus áreas aledañas, se encontraban los terrenos de la Av. Buenos Aires y Jaimes Freyre, vendidos a bajísimos precios a causa de los eternos desbordes de los ríos Tacagua y Jankakollo. Mientras tanto, la zona de Alto San Pedro se embellecía con sus muchos árboles, sembradíos de choclos y construcciones sencillas que fueron las características de esos primeros años. 

Para esa fecha, en el barrio de Bajo San Pedro existían aún haciendas donde se criaban vacas, ovejas, llamas y caballos, las que con posterioridad se expropiarían para la apertura de nuevas calles como la Otero de la Vega. En las chacras se producían una variedad de verduras. 

Actualmente la región de San Pedro se encuentra como una de las zonas del Macrodistrito Cotahuma, junto a Sopocachi, Tembladerani, Llojeta, Bajo Llojeta, Pasankeri, Alpacoma, Tacagua y otras, siendo testigo viva de la historia de nuestra La Paz. 


* catalejo.laepoca@gmail.com

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