diciembre 4, 2020

El diario de campaña de la injusta guerra de 1879

En la víspera de la salida de La Paz, el Diario registró el entusiasmo ardiente de la gente: “Lloran los que se quedan, no los que van”, afirmó a tiempo de parafrasear a Lamenais: Benditas sean tus armas! y Castelar: Santo glorioso es sacrificarse por la Libertad y la Patria. Vivir la vida de los héroes y morir la muerte de los mártires”.

Un Diario de la Guerra del Pacífico

La tradición castrense de documentar sus fastos, facultó al presidente Hilarión Daza a instruir la redacción de unDiario de campaña al joven abogado José Vicente Ochoa, documento de valor trascendental para la historia de aquella guerra injusta, provocada y planificada por Chile para apoderarse de las riquezas del guano, salitre y cobre en el Litoral boliviano. Es imperioso que su contenido sea conocido por los ciudadanos de Bolivia, Perú y Chile, pues permitirá comprender mejor la naturaleza íntima de ese conflicto internacional, motivado por la ambición de la oligarquía chilena que buscaba ensanchar sus fronteras por medio de una guerra de ocupación y conquista. El Diario fue escrito en condiciones álgidas, “a vuelapluma, muchas veces sobre el lomo de bestia ó en medio del vivac de la campaña y quizá tras del fragor del combate”. El joven cronista llevó el Diario de Campaña “con fidelidad estricta y a medida que se producían los acontecimientos”, responsabilidad complicada y compleja pues debía mantener criterio independiente y procurar la revelación exacta de hechos y tratar de capturar “los caracteres de los diversos actores sociales”. El Diario debía ser “un retrato de la situación moral y material del Ejército de Bolivia, durante la Guerra del Pacífico”. Su autor, combatiente singular en ese insano conflicto, usaba la pluma más no el fusil o la bayoneta. Siguió al Capitán General y al Ejército que se desplegó de La Paz a Tacna; hizo viajes intermitentes con el presidente Daza y la Legión Boliviana a Arica, y luego enrumbó a Camarones, de cuya inexplicable retirada fue testigo.

En gran medida alcanzó su objetivo, pero como no podía ser de otra manera, su visión se extendió al Ejército del Perú y a la sociedad de Tacna y Arica. Revela las claves de esa campaña, desarrollada en medio de la miseria humana escondida detrás de los uniformes militares de gala de los Directores Supremos de la Guerra, los presidentes del Perú Mariano Prado y Bolivia Hilarión Daza. Felizmente para la historia y el honor de Bolivia, rescata el desempeño de pundonorosos jefes militares; de los jóvenes ilustrados de la élite de La Paz, Oruro, Potosí, Sucre, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra, que conformaron la Legión Boliviana y de la noble tropa de artesanos que formaba el grueso del Ejército Nacional, que enfrentaron su destino con genuino heroísmo, honra, valentía y temeridad.

Es cierto que su crónica adolece de un gran vacío, pues en ella no figuran los soldados indígenas ni las valerosas rabonas, combatientes extraoficiales de la guerra del Pacífico. No es de extrañar, pues ese ejército novecentista reflejaba la condición de casta de aquella cultura señorial, patriarcal, racista y elitista. Para ella, los indígenas y las mujeres no existían. Tacna bordeaba los diez mil habitantes y con el Ejército boliviano aumentó una suma igual “y quizá mayor”, dice el cronista, refiriéndose implícitamente a las Rabonas, mujeres del pueblo que seguían a las tropas del Ejército. “Mestiza, baja de estatura, de formas turgentes, facciones incorrectas, tez cobriza, cabellera de ébano, cortada al nivel de la nuca, y de tal modo desgreñada que suele cubrir su rostro pálido, ajado, como el velo de la viudedad, de la inocencia. Allá van cabalgadas en acémilas y asnos, llevando pendientes, tanto por detrás y por delante, como por uno y otro costado, útiles de cocina, comestibles, arreos harapientos de viaje, un niño de pechos a la espalda, un kepi en la cabeza, un fusil en la maleta, una fornitura en la montura o una bayoneta en la mano”. [1]

Estrategia expansiva chilena: invasión y asalto del Litoral boliviano

Chile heredó una miserable franja aprisionada por la Cordillera de los Andes al este y el océano Pacífico al oeste. La propiedad de Litoral boliviano nunca fue puesta en cuestión por Chile hasta el descubrimiento de importantes depósitos de guano y salitre en el desierto boliviano, por los hermanos Latrille, con permiso del gobierno de Bolivia. Desde ese hecho, Chile desarrolló una política de fronteras vivas:

La oligarquía chilena aprendió las lecciones que le dejó la amarga humillación que le infirió la Confederación Peruano-Boliviana, en la que sufrió notable derrota en Paucarpata, aunque en mala hora el magnánimo Mariscal Andrés de Santa Cruz, les perdonó la vida y permitió que la flota enemiga zarpara íntegra rumbo a Chile. Error que le costaría caro al Mariscal, pues la Armada chilena regresó triunfante y fortalecida, obligándole a suscribir el Tratado de Yungay en 1839, dando fin a la Confederación y forzando el exilio del gran estadista de origen aymara. Error histórico para Bolivia y el Perú, pues desde entonces Chile se preparó para la guerra de expansión, adquiriendo pertrechos, dotándose de una escuadra naval, formando un ejército de línea, lo más profesional posible, sin mucho recluta. Planificaron el asalto, metódicamente, con afán enfermizo, para asaltar territorio ajeno.

Por ley del 31 de diciembre de 1842, declaró de su propiedad “las guaneras que existen en las costas de Coquimbo, en el litoral del desierto de Atacama y en las islas y lotes adyacentes”. En 1846 invadió Punta Angamos. En 1853, fuerzas militares ocuparon Chancaya, al norte de Mejillones. En noviembre de 1857, volvió a ocupar Mejillones. En 1863, cínicamente propuso a Bolivia ceder su litoral y sus puertos, a cambio del apoyo de Chile para la ocupación por Bolivia del litoral peruano hasta Sama.

El Tratado del 6 de agosto de 1866 cedió a Chile, como límite, el paralelo 24, más la mitad de los productos de guano de Mejillones y de otros que se descubrieran entre los paralelos 24 y 23, la mitad de los derechos de exportación sobre minerales y la libre importación de productos chilenos por Mejillones. Interpretando erróneamente su alcance, otorgó permiso a Melbourne Clark y Cía, para explotar el litoral boliviano, provocando la reacción de Bolivia que rechaza el Tratado de 1866.

Buscando impedir el asalto: un Tratado de Alianza Defensiva

La tradición marítima y el poderío naval del Perú detuvo momentáneamente los aprestos bélicos de la invasión, pero paradójicamente esa supremacía motivó que Chile se armara. En 1871, Chile encargó en Inglaterra la construcción de dos poderosos buques blindados para imponer su supremacía naval: el “Blanco Encalada” y el “Cochrane”. Alarmado, el gobierno del Perú receló del armamentismo chileno, afirmando que “Chile se ha contraído a preparar sus elementos de guerra y fuerza naval, pues no tenía motivo ninguno especial que le aconsejara precaverse de enemigos exteriores. No es pues, arriesgado suponer que tales preparativos hayan tenido una mira hostil y agresiva, cuando no se explican por la necesidad de la defensa”. [2]

Ante esa coyuntura, el gobierno de Bolivia promulgó la ley de 8 de noviembre de 1872 que autorizó al ejecutivo para solicitar el apoyo del gobierno del Perú. El esclarecedor análisis del Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, establece que: “permitir que la agresión se realizara y que Chile se apoderara de ese territorio de Bolivia, hubiese sido una política suicida. Bolivia abandonada por el Perú, se habría arrojado, sin escrúpulos, en brazos de Chile; y habría tratado de recuperar en el norte, a expensas del Perú, el litoral del cual Chile la despojaba. El dilema era inevitable: o el Perú permitía la conquista chilena, y entonces en un futuro próximo, encontraría aliadas contra él a Chile y Bolivia; o intervenía en defensa de esta última, para obtener un arreglo equitativo que le asegurara su litoral, y entonces corría el riesgo de verse envuelto en un conflicto con Chile”. [3]

Ante lo inevitable, Bolivia y Perú suscribieron un Tratado Secreto de Alianza Defensiva, para impedir cualquier agresión desde Chile, “deseosos de estrechar de una manera solemne los vínculos que las unen, aumentado así su fuerza y garantizándose recíprocamente ciertos derechos”. Existía un interés genuino del Perú para suscribir el Tratado de Alianza Defensiva, muy diferente a lo que la historiografía tradicional ha señalado, es decir que Bolivia habría forzado al Perú a suscribirlo.

Chile tenía dos alternativas: avanzar sobre el territorio de la Patagonia, o invadir el norte, hasta el desierto de Tarapacá. Sólo con una guerra internacional podrían cumplir con ese propósito, por lo que planificaron cuidadosamente todos los detalles, antes de dar el golpe artero. Ante el imponente ejército argentino, decidieron marchar al norte. Tan anhelada oportunidad llegó cuando Bolivia usó su legítimo derecho de gravar una ínfima gabela a la industria extractiva instalada en el territorio de su Litoral, como afirma el joven Ochoa: “Sólo la perfidia de Chile, acosado por la fiebre de su bancarota, podía provocar esta guerra por la codicia de unos escudos, a fin de aliviar su caja pública y de extender su negra mano sobre territorios riquísimos de Bolivia y el Perú ambicionados há mucho por el chileno”.

Fue el pretexto que esperaba la oligarquía chilena para desencadenar los acontecimientos, ordenando invadir a la indefensa Antofagasta el 14 de febrero de 1879.

¿Provocó Bolivia la guerra? ¿Bolivia, honró sus obligaciones?

Al término de la guerra, el historiador peruano Tomás Caivano visitó Bolivia, como requisito previo para la publicación de su libro. Redactada con discurso victimizador la obra caló hondo en el imaginario y marcó impronta en la historiografía de esa época, juzgando con dureza a Bolivia: “Bolivia fue la causa principal o, por lo menos, el pretexto de la guerra del Pacífico; pero su acción poco o nada se dejó sentir en los campos de batalla, no obstante las solemnes promesas que hizo cuando, al principiar el conflicto, vio invadido por sorpresa su territorio de Atacama, y pidió, a título de aliada, el socorro y la protección del Perú”. [4]

En la víspera de la salida de La Paz, el Diario registró el entusiasmo ardiente de la gente: “Lloran los que se quedan, no los que van”, afirmó a tiempo de parafrasear a Lamenais: Benditas sean tus armas! y Castelar: Santo glorioso es sacrificarse por la Libertad y la Patria. Vivir la vida de los héroes y morir la muerte de los mártires”.

El Ejército nacional, formado para intervenir en la Guerra, salió de La Paz a enfrentar su destino. Ese Ejército marchó durante 13 días, cubriendo un itinerario que se mantuvo en secreto, pues los “espías de Chile en La Paz informan que el ejército salía por Puno, pero se llevaron un chasco, al tratar de cortar el paso”. El historiador peruano, ignoró la verdad de estos hechos, pues Bolivia envió su Ejército de línea, al que se sumaron artesanos voluntarios, los repatriados del Litoral y reclutas de la élite nacional, como el Murillo de La Paz, los Libres del Sud de Sucre y Potosí, Vengadores de Colquechaca, Vanguardia de Cochabamba, Velasco de Santa Cruz, que formaron la Legión Boliviana, bajo el mando exclusivo del Presidente Daza. Ese Ejército de 10.000 hombres, sin embargo, quedó estacionado en Tacna.

¿Por qué razón, el Ejército de Bolivia se mantuvo inactivo en Tacna?

El Diario revela que ese Ejército no se movió de Tacna por una estrategia definida por el Director Supremo de Guerra, Mariano Prado, y el alto Mando del Ejército peruano: “La permanencia en Tacna, que parece indefinida —dice el cronista—no hace más que aniquilar nuestras tropas […] La vida es carísima en esta ciudad; se ha triplicado el valor de todo y para todo. Tacna decaía en su comercio y ahora parece aprovecharse de nuestra estadía… Entre tanto cada día llega más gente boliviana y se anuncia la llegada de mayores tropas, que han de consumir los fondos de la guerra”. Intiuitivamente la población de Tacna elucubraba en torno a la presencia de la tropa boliviana. El inteligente cronista, en su Diario del 8 de mayo, recoge “…las hablillas que corren, como aquella de que lo único que afanaba al Perú para que el ejército boliviano venga a Tacna, era el peligro que esta ciudad y Arica corrían sin estar guarnecidos por el valor boliviano”.

El talante del Alto Mando boliviano era distinto. El 8 de junio, el Gral. Daza escribe al Gral Mariano Ignacio Prado: “Ojalá […] inicien pronto una campaña más resuelta y decisiva que la actual, en la que parece que la inacción nos mata”. El 9 de julio, reitera “la necesidad de emprender de una vez la ofensiva sobre el enemigo con el resto del ejército boliviano”. La respuesta de Prado y Montero hizo constar, desembozadamente, que “desocupando el ejército boliviano a Tacna y Arica, este Departamento quedaría expuesto a ser ocupado por el enemigo que se apoderaría de la llave de comunicación entre el Sud y el Norte del Perú y de éste con Bolivia”. Sin embargo, la “lamentable y pasiva residencia en Tacna” provoca la disminución notable de la Legión Boliviana, “por las muchas licencias que se solicitan.

Es evidente que los generales peruanos hicieron lo imposible para mantener a Daza en Tacna: El Director Supremo Prado le invita a conferencias secretas en Arica; Montero organiza cacerías en la Isla de Alacranes, “en la barca a vapor “Sorata”. [5] Se le ofrece ágapes y obsequios diversos. El 5 de mayo, el Gral. “Montero obsequió a Daza un rifle precioso, sistema Winchester, diciendo que él deseaba que con esa arma derribara muchas cabezas enemigas y coronara la obra de la victoria que el ejército unido ha de realizar bajo sus órdenes”. El 20 de mayo, “el Gral. Prado invitó a tomar dos copas: una por el valiente ejército de Bolivia y otra por todo el pueblo, por la nación, por la familia boliviana que le era tan simpática y tan querida, por ver en ella a la hermana nata de la República del Perú”. El 20 de septiembre, la Sra. Rosa Elías, esposa del Gral. Montero, le obsequió una pluma de oro “destinado al ilustre patricio [que] servirá para firmar los Tratados de Paz con el enemigo común, después de haber castigado sus actos de perfidia, y de hacer triunfar los fueros de la justicia y del derecho….”. El Gral. Luis La Puerta, primer Vicepresidente del Perú, le entregó el 3 de octubre una “magnífica montura con sus accesorios de obsequio”.


* Historiador. Docente titular de la Carrera de Historia Director de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

1 Joaquín Lemoine: “La Rabona”, en Diamantes sudamericanos. París, Louis-Michaud, [1908]: 29.

2 José Pardo y Barreda: Historia del Tratado “secreto” de Alianza defensiva entre el Perú u Bolivia. Lima, Editorial Milla Batres, 1979: 23.

3 Ibid, pp. 22.

4 Tomás Caivano: Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Callao, Lima, Museo Naval, 1977. Serie: Biblioteca del Oficial, Vol. 3. T. II, p. 5.

5 El Diario revela que “esta embarcación, vino desarmada del Titicaca y se ha echado a bogar en Mollendo, en las aguas del gran Océano”.

Be the first to comment

Deja un comentario