noviembre 23, 2020

Mitos de la deuda externa

por: Pamela Tarifa Z.

Las aserciones de algunos analistas acerca de la peligrosidad de la deuda externa en nuestro país, fundan en la población una desinformación total, puesto que no abarcan el contexto en su integridad.

Se habla de esta deuda sólo en términos monetarios y no así en términos de lo que efectivamente representa en una economía como la nuestra.

No se menciona, por ejemplo, que el ratio de nuestra deuda externa sobre nuestro Producto Interno Bruto representa aproximadamente un 17.6%. Y que este porcentaje se encuentra muy por debajo del límite referencial (50% del PIB) establecido por organismos internacionales. Tampoco se apunta a que la relación del servicio de la deuda sobre las exportaciones (un referente de igual importancia) alcanza apenas a un 3.2 %. Estos datos pueden dar la certeza de que nuestra deuda externa es completamente sostenible en los estándares internacionales.

Al margen de los datos precedentes, es importante tener conciencia de la funcionalidad de esta deuda. Por la experiencia de nuestro país resulta sencillo crear mitos y parafrasear que cualquier deuda es peligrosa, y que el Estado debe preocuparse más bien en reducirla a su mínima expresión para tranquilidad de las y los bolivianos. Acabar con la deuda pública a como dé lugar.

Aunque parezca repetitivo, es preciso recordar que la deuda externa que Bolivia ha contraído desde el 2006 se ha utilizado para financiar proyectos de inversión en desarrollo e industrialización. Esta deuda no financia el pago de sueldos y aguinaldos para el sector público como de hecho antes lo hacía. Antes del 2006, la gran preocupación ante una elevada deuda externa, era plenamente justificada, ya que el Estado no tenía idea de cómo pagarla, claro, como iba a tener idea si la utilizaba en gasto público y no así en inversión.

Por eso hay que diferenciar los contextos. La deuda externa ahora se destina, por ejemplo, a financiar el desarrollo de Políticas de Gestión de Riesgo de Desastres ($us. 197.2 millones en esta gestión). Cuán importante es este tema en un país como el nuestro que año tras año sufre las inclemencias de fenómenos climáticos. Éstos que causan dolor en los bolivianos y un importante retroceso en el desarrollo económico del país. La inversión en esta clase de políticas, sin duda alguna, contribuye a reducir los posibles impactos socio-económicos negativos producto de los desastres. Además mejora la capacidad de enfrentar y afrontar tales situaciones, lo que se refleja en una reducción de la vulnerabilidad de los pobladores y de las actividades económicas que ellos realicen.

La inversión que se efectúa en Proyectos de Infraestructura Vial, como los que financia la deuda externa del país, son otro ejemplo ($us. 112.3 millones), cuyo merecido realce lo tienen el Proyecto de carretera Rurenabaque-Riberalta y la carretera doble vía La Paz-Oruro (esta última con una inversión de $us. 16.4 millones). El desarrollo de la infraestructura vial es una cuestión transversal al crecimiento económico, al turismo y el desarrollo social de las comunidades y el propio bienestar ciudadano.

La inversiones que se realizan en los proyectos mencionados, y otros como la vía Uruguayito-San Ignacio de Velasco (Santa Cruz), el Proyecto Agua Riego para Bolivia, el Proyecto de Transmisión Eléctrica Cochabamba-La Paz, el Programa Nacional de Riego con enfoque de Cuencas II y el Programa Mi Agua II (que son financiadas precisamente por la deuda externa que tanto se critica), dan cuenta de que no es momento de inquietarse.

Para Bolivia, que se encuentra en “vías de desarrollo”, la inversión representa un papel fundamental en su crecimiento económico. Y si esta inversión debe ser costeada por deuda externa, que así sea. Total, no es gasto, es inversión, esa es la gran diferencia.

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