diciembre 4, 2020

Un mundo amurallado

por: Franco Sampietro

Hacen falta actos que eliminen los nacionalismos y regionalismos fanáticos y en cambio ahonden las coincidencias.

“Ni los filósofos ni los pobres tienen patria”

Voltaire

Cuando en 1989 cayó el muro que dividía en dos a Berlín, el júbilo casi de éxtasis que acompañó al evento hoy podría ser visto como una muestra más de la incurable ingenuidad humana. “Un solo mundo sin fronteras”… ¿sin fronteras para quién?, ¿es posible que exista un eslogan más vacío?, ¿hay algún elemento que simbolice más nuestro tiempo que la frontera que prohíbe?

Por el contrario, el comienzo de esta tercera guerra mundial sui géneris nos muestra que el enemigo, pese a tantos controles, está en todas partes, preparándose para un nuevo ataque. Demuestra, también, que el hombre siempre se las arregla para burlar las fronteras, porque su fuerza de voluntad es más fuerte que su miedo.

Según el gobierno de Estados Unidos, vivimos en un estado de sitio permanente, amenazados por locos que odian la libertad y que nos odian a nosotros mismos por lo que somos, no por lo que hacemos. Su intención final es dominarnos, tal como hemos hecho nosotros con otras civilizaciones.

Barreras y murallas

Y es que esta crisis migratoria universal –que ya existía antes de los últimos atentados– refleja el eterno miedo hacia los bárbaros: a los otros, a los que son distintos a nosotros, ya sean africanos en Italia, mexicanos en Estados Unidos, bolivianos en Argentina o collas en Tarija. O incluso de un barrio distinto. Se trata de un miedo atávico, algo propio de la condición humana y que existe desde el origen del hombre (“en el alba del tiempo, fue Caín que mató a Abel”, anota Borges). Los muros, pese al paso de las civilizaciones y del tiempo, no han perdido su vigencia, sino que se han multiplicado. Basta ver cualquier barrio rico del Tercer Mundo para comprobar que las murallas se han convertido en señas urbanísticas. Estas barreras señalan la única frontera que de verdad importa: la que separa a pobres de ricos.

Más aún, no es lo mismo la mera frontera que la muralla o el muro que la exacerba: éste impide que los de afuera nos vean –y nos deseen– y evita la tonta idea de que quizás los bárbaros al otro lado del cemento no sean tan distintos a nosotros.

Vivimos en una época que celebra a la democracia, pero las fronteras son un freno a la democracia en un mundo globalizado. Casi todos los países pueden elegir a sus gobiernos, pero la falta de una democracia mundial restringe los derechos humanos a unas pocas personas del planeta. En una era dominada por una sola potencia militar y unas diez potencias económicas, el resto de las naciones no tiene poder de decisión sobre casi nada. Es decir, el orden mundial no funciona como una democracia sino como una aristocracia.

También la función original de la frontera ha cambiado, reinterpretándose para peor. Si su fin original consistía en proteger a sus habitantes de amenazas externas, el siglo XX invirtió penosamente ese esquema: la frontera se transformó en barrera para impedir la salida de sus ciudadanos. De hecho, los mismos países ricos que se dicen democráticos no dejan de presionar a los países pobres para que estos cierren voluntariamente sus fronteras, a cambio de ayudas y subvenciones.

¿Migrantes ilegales?

Con rostro compungido, los políticos coinciden en señalar a la inmigración ilegal como uno de los grandes problemas contemporáneos. Pero se trata de un eufemismo, ya que por definición la inmigración y la emigración no podrían ser ilegales porque cada cual tiene el derecho como ser humano a circular por la Tierra. O al menos eso dice la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948: “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Y los que ahora se quejan del arribo de extranjeros, podrían tomar en cuenta el ejemplo de España: cómo, en un lapso que va aproximadamente del 2007 al 2012 (unos 5 años) pasó de ser un paraíso de tolerancia a verse afectado por las tendencias xenófobas de las naciones ricas; para, finalmente, convertirse él mismo en país que empezó a exportar pobres, incluso de forma ilegal. Por otra parte, ¿no es también Estados Unidos un país hecho de inmigrantes?

El gran Jorge Volpi señala que la frontera que separa a Estados Unidos de México es el paradigma, la metáfora y finalmente el destino natural de la sociedad del siglo XXI. Esos 2.000 kilómetros que separan a México (en verdad, a toda América Latina) del vecino del Norte es la barrera más transitada del orbe, pero además allí “se concentran y exacerban los conflictos derivados de la desigualdad entre pobres y ricos. Aunque es una de las fronteras más vigiladas del mundo, cientos de ilegales se arriesgan a traspasarla a diario. Y si bien la mayor riqueza se concentra en el Norte, incontables ciudadanos estadounidenses se dirigen al Sur para realizar compras, divertirse y aprovecharse de la tolerancia mexicana hacia la prostitución, las drogas o el juego. Aunque los corporativos de las grandes empresas se localizan en las grandes urbes estadounidenses, las fábricas y maquiladoras proliferan en la zona mexicana gracias a la mano de obra barata. Las dos partes están tan conectadas que ya es posible hablar de una ‘cultura de la frontera’, con rasgos específicos que mezclan y renuevan los atributos de cada una. (…) No obstante esta fecundación mutua no ha hecho disminuir los odios y rencores ancestrales; por el contrario, en buena medida los ha acendrado. La violencia es la característica dominante de toda la zona”.

El colonialismo

Esto último vale también para Francia, que tiene entre su población legal nada menos que cinco millones de musulmanes, la mayoría provenientes de los países que explotó hasta la náusea como colonizador apenas en el siglo pasado. Justamente Francia, quien también inventó el término “nacionalismo”, en 1798: concepto nefasto que propugna el aislamiento, la sobreprotección de los rasgos particulares y las aduanas culturales. (Los nazis, en su extremo, llegaron a considerar la lengua y la literatura propias como un rasgo de superioridad racial).

Pero lo absurdo de todo esto es que en verdad las fronteras no existen. Son un invento arbitrario de la imaginación humana. Riszard Kapuscinski, por ejemplo, analiza en Ébano cómo los europeos se repartieron, destrozaron –y trozaron– a África, que de ser un continente con más de 2000 naciones pasó a ser uno de 40 países, dividiendo a tribus hermanas o uniendo por la fuerza a tribus enemigas (que acabaron, naturalmente, generando masacres como la de Ruanda).

Y si las fronteras son, en efecto, invenciones ficticias, la única forma de combatirlas es con la imaginación. Con la idea de que todos somos de la misma especie y comunidad de seres. A fin de articular esta idea elemental, hacen falta actos que eliminen los nacionalismos y regionalismos fanáticos y en cambio ahonden las coincidencias. Que propugnen valores distintos a los del egoísmo, el individualismo extremo y la pasión compulsiva por el dinero. Que, en suma, muestren una cara humana y no esta miserable caricatura de civilización que nos ha llevado a una espantosa Tercera Guerra.

Be the first to comment

Deja un comentario