noviembre 27, 2020

El fantasma de Salamanca anda por ahí

por: Vidal Amadeo Laime Humerez

Sin lugar a dudas nuestra historia contiene capítulos cuyas huellas indelebles trascienden, esquivan y evaden el rigor del tiempo. Este repaso forzosamente nos invita a conocer no sólo el contexto atravesado, sino también nos llama a auscultar aquellos personajes cuyas “hazañas” (por así decirlo) trajeron grandes y graves consecuencias para nuestro país [1].

El trabajoso Presidente

En ese recorrido largo y tortuoso, infaustamente entre una larga lista de gobernantes entreguistas encontramos a Daniel Salamanca, quién azuzado por las ínfulas proferidas por la clase política de aquel entonces condujo al país a uno de los mayores fracasos [2].

Si bien los criterios sobre Salamanca llegan a ser divergentes, lo cierto es que el “hombre símbolo” reflejaba nítidamente el pensamiento e ideología de una elite decadente, retrograda y provincial; el debate llevado a cabo entre Tamayo y Arguedas es un atisbo del inconmensurable odio que sentían algunos en contra de los pueblos y naciones indígenas.

Es una época en la que republicanos, liberales y conservadores, se disputan encarnizadamente el acceso y beneficios del poder político, en total sumisión a los intereses económicos de la rosca minera (Patiño, Hochschild, Aramayo). Son tiempos cuya remembranza aún despiertan un sentimiento de animadversión justificada. Y esto se explica fácilmente debido a que hasta principios de siglo nuestro país ya había padecido tres conflictos bélicos con consecuencias irreparables.

Pero es Salamanca quien, convencido por un aire redentor, conduce al país por un callejón lleno de promesas y discursos de victoria, los cuales inspiraban e incitaban un nacionalismo exacerbado. El resultado de tal aventura le costó al país ingentes cantidades de recursos económicos, pérdida de vidas humanas y por si fuera poco, implicó la mutilación de una considerable extensión territorial.

Tiempos en el que el parlamento cobijaba a políticos cuyo patriotismo se exaltaba en arengas y peroratas leguleyescas e interminables, las que invocaban con furor la defensa a rajatabla de los intereses nacionales. Sin embargo, tales palabras no resonaban ni lograban convertirse en acciones verdaderamente encomiables, ya que fueron disolviéndose poco a poco. La usurpación del Pacifico, la conflagración en el Acre y la pérdida del Chaco, confirman lo mencionado hasta ahora.

Este periodo adquiere un cariz desaliñado pues la clase política de aquel entonces guiaba su accionar intrínsecamente propalando ideas que avivaban el racismo, la discriminación y el odio más deleznable. Paradójicamente, aquellos que eran objeto de tales abusos e injusticias asistieron al Chaco y entregaron su vida a un país que ni siquiera los consideraba ciudadanos.

El belicismo de Salamanca –sin proponérselo– forjó en los combatientes del Chaco la formación de una conciencia nacional que iría germinando hasta convertirse en una fuerza indomable. La palestra la ocupaban ya no los letrados pertenecientes a una casta en detrimento, sino el movimiento popular campesino, sobre todo el movimiento obrero, que protagonizó heroicas jornadas de lucha.

El fantasma

Pero, ¿por qué retrotraer la memoria a un suceso tan lejano y distante a la vez? Particularmente considero que Salamanca, más allá de haber sido la máxima expresión de una clase política ajena y distante a la realidad nacional, es el símbolo de un pasado ignominioso. Sin embargo, hoy más que antes, este pasado oscuro quiere retornar camuflado en consignas que implícitamente buscan desmontar las transformaciones efectuadas desde la llegada al poder del primer presidente indígena.

Si para estos políticos no fue suficiente el haber amputado territorialmente nuestro país, tampoco bastó el haber instaurado políticas de corte neoliberal cuyas recetas y directrices rifaron nuestra dignidad nacional. En otras palabras, si hasta principios del siglo XX Bolivia lidió con adversarios externos, después de la recuperación de la democracia el enemigo ocupó un sitial interno. El común denominador de ambos periodos es que esta clase política siempre era la protagonista principal, pues siempre buscó la manera de escudarse en discursos de progreso, desarrollo y bienestar, utilizando su poder económico para atiborrar con argumentos leguleyos un aparente estado de situación “de crisis insostenible y desinstitucionalización insalvable”.

Al parecer el fantasma de Salamanca se apodera de aquellos que munidos de “grandes ideas” no logran transcender sus palabras más allá de recintos incólumes. Sin embargo, de llegar a asumir funciones en el ejercicio del poder lo más probable es que nos orillen a un rotundo fracaso. Por esa razón, cuando escucho decir que este proceso de cambio, instaurado por el movimiento popular campesino, tiene fecha de caducidad, no puedo sino evocar aquellos gobernantes que le hicieron un tremendo daño a Bolivia.

Evidentemente el proceso de cambio impulsado por el Presidente Morales atraviesa debilidades estructurales, fruto de una agenda que no fue atendida ni resuelta por los gobiernos anteriores, décadas de abandono que generaron una acumulación de demandas que ahora son claramente un anhelo legítimo; la respuesta obviamente se espera sea inmediata pues de ser así saldremos rápidamente del rezago que nos acongojó por mucho. Es esta la razón principal por la cual considero que el gobierno nacional trabaja infatigablemente, asimismo es el aliciente primordial que impulsa seguir apoyando los cambios suscitados en el campo social, económico, político y cultural.

Por lo expuesto, se puede entrever que nuestra lucha en contra de los constantes y los entregadores, es una lucha tenaz e incansable, los obstáculos son muchos y de diverso orden, pero no son imposibles de vencer. El panorama puede parecer desolador, sin embargo los procesos revolucionarios logran superar los flujos y reflujos del camino. El punto acá es identificar al Salamanca de nuestra época, pues es el enemigo que hay que enfrentar. La apuesta es sumamente alta, y el riesgo elevado. Pero al final estoy convencido que prevalecerá la conciencia del pueblo, quien decidirá si continúa el camino de las grandes trasformaciones estatales o decide volver al pasado.


* Politólogo

1 Una revisión meticulosa de los hechos acaecidos devela momentos constitutivos que marcan un antes y después.

2 Durante su presidencia Bolivia asiste al Chaco y entabla con el Paraguay un conflicto bélico que se extendería por tres largos años (1932 – 1935).

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