noviembre 27, 2020

Por una mirada no tendenciosa sobre la corrupción

La corrupción es mala. Sí, lo sabe usted, pepito, su hijo de cuatro años y, estoy seguro, lo sabía también ese miserable juez que hizo noticia la semana pasada, cuando fue captado por una cámara escondida tratando de chantajear a una madre por 15 mil dólares. No obstante, la indignación no debe hacernos perder el juicio, sobre todo cuando este fenómeno aparece con inusitada frecuencia en nuestras pantallas. Tratemos, pues, de reflexionar sobre este asunto con la cabeza fría. Los recientes arrestos de una ex ministra y un senador al cerrar esta semana nos obligan a abordar el tema urgentemente.

Iniciemos señalando que aunque la corrupción sea un dato objetivo en casi toda sociedad (probablemente toda) existen diferentes tipos de situaciones que hacen de estos hechos algo más o menos preocupante. Así, es muy diferente la corrupción de un policía que pide unas monedas para dejar pasar una multa, que la de un funcionario público o un representante político que se apropia de grandes sumas de dinero en desmedro de todo un pueblo.

La corrupción puede ser, por lo tanto, un hecho aislado e incidental o una especie de subcultura dentro del Estado, un fenómeno estructural que absorbe a todo aquel con quien tenga contacto. El caso del Fondo Indígena debe ser abordado tomando esto en cuenta. Por mucha resonancia que tenga en los medios de comunicación (lo cual es bueno, esa es su obligación democrática: revelar estos casos y denunciarlos), no deja de ser un caso aislado que está siendo investigado oportunamente y con resultados aún más rápidos.

La corrupción no sólo tiene consecuencias negativas para la sociedad donde ocurre, sino que también tiene causas. Obvio. Y esas causas pueden ser de muchos tipos: desde costos de oportunidad, falta de transparencia institucional, entidades fiscalizadoras débiles, altos niveles de pobreza que la convierte en una estrategia de sobrevivencia, normas imprecisas y fácilmente manipulables, cultura organizacional, desviaciones morales, etc.

La situación económica de nuestro país ha mejorado sustancialmente, por lo que la corrupción es cada vez menos comprensible como una estrategia de sobrevivencia. El juez de los 15 mil dólares estaba muy bien vestido como para pedir una coima. Las causas de los últimos casos de corrupción revelados son de otra naturaleza. Al parecer, fueron posibles por falta de transparencia y fiscalización. No es necesario cambiar la estructura de nuestro Estado para evitar que estos casos se reiteren sino simplemente realizar reformas administrativas que reduzcan los incentivos de los funcionarios públicos para portarse mal. Y para esto, una ley de acceso a la información es urgente.

Reflexionamos sobre esto brevemente en esta editorial, por la evidente falta de espacio. Creemos que es necesario un análisis serio sobre lo que está pasando, y no dejarnos llevar por las tendenciosas miradas con las que se aborda este tema, criminalizando a las organizaciones sociales, con evidentes intereses políticos. Urge comprender la raíz de un problema para solucionarlo.

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