por: Gustavo Pereira
El insurrecto no nombrará primavera ni otoño
No celebrará cigüeñas ni urracas ni jilgueros
No añorará la nieve ni su lejana desolación
No pronunciará nombres de dioses inescrutables ni de supuestos héroes
desdecidos por la historia
No consultará otro horóscopo que el de las desgarraduras imperceptibles ni más
augures que los del hechizo de estar vivo
No navegará por fiordos ni conocerá la desventura del mar Muerto
No caminará por Corinto ni zarpará en sus trirremes ni volverá a pactar con
Periandro
No sentirá el temblor de la magia de las manos que esculpieron a Petra ni
obtendrá de los nabateos el secreto de las piedras eternas
Sus pies no pisarán las mezquitas de Estambul ni las arenas de la Kaaba
No tañerá su cuerda en Suchuan con el Viento del Este ni recorrerá su alma el
río Amarillo a la búsqueda de Tu Tzu-mei
No verá la sombra de Nezahualcóyotl proyectada en Chapultepec cuando los
amantes se digan hasta siempre
ni hará de su orfandad un calendario sepultado en el deshonor
El insurrecto cruzará como un relámpago su breve certidumbre
y se estará allí
lejos de Jerusalén y de La Meca
presa del último extravío que le fue permitido.
* Tomado de revista Casa no. 246.

Leave a Reply