por: Richard Blanco
Temprano en la mañana conduzco de nuevo hacia el oeste.
Alejándome del sol que se levanta en la ranura de alcancía del espejo
retrovisor, subo por las torcidas losas de concreto y acero de un puente
que se arquea con todo su esplendor parabólico en forma de Y.
Olvidado de que abajo corre el río –de que insiste en correr
y restregar y acarrear a puñados la tierra–, me dispongo
a reunirme con los rostros de edificios que brillan
Sobre las copas de los árboles engranados en un calicó de verdes.
Y durante unos predispuestos segundos cada mañana, vuelvo
a mis doce años con mi padre de pie tras la ventana de su cuarto
en un décimo piso de hospital, mi padre contemplando este mismo
puente como un hueso de mamut adolorido
por la gravedad de su propio denso peso.
En el cristal, tibias dosis de luz hacían revivir la ciudad,
mientras yo velaba inquisitivo su sueño preguntándome
si le era posible soñar en medio de tal insomne blancura:
¿Estaría cayéndose, o volando acaso? Quién era él, quién era yo
bajo sus ojos revoloteantes como pájaros de tejado a tejado,
y se iban desgastando las estrellas mañaneras y los coches
se azuzaban a la hora pico por las avenidas
cual diminutos glóbulos de sangre por su vena, la intravenosa
descendiendo en espiral como un cordel
de transparente regaliz alimentando
su antebrazo entre moretones de lavanda y perla –colores
de la bruma matinal y las píldoras en su lengua–.
En tanto que la sala permanecía estéril por el habitual silencio
entre nosotros, se curaron sus puntos de sutura. Por tres días
le serví agua o jugo en marchitos vasos de papel,
salté, sin audio, de una a otra telenovela y concurso de televisión
y rellené los pedidos de comida prescrita como Dieta Blanda.
Durante tres noches le coloqué almohadas planas y extrañas
alrededor de su cuerpo que parecía una S caída junto a la cama
y allí mismo revuelta con sucesivas camadas de rígido percal.
Cuando se le ordenó caminar, lo tomé de la mano, nos dirigimos
juntos a la ventana y me dijo: –Algún día
aprenderás a construir puentes así–. Hoy
cruzo este puente, esta ciudad, y abarco todavía la callada
distancia entre nosotros con el recuerdo de un padre y su hijo
tomados de la mano, y amándose en secreto.
* Tomado de la revista Casa No. 282.

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