enero 12, 2022

El puente de papá

por: Richard Blanco

Temprano en la mañana conduzco de nuevo hacia el oeste.

Alejándome del sol que se levanta en la ranura de alcancía del espejo

retrovisor, subo por las torcidas losas de concreto y acero de un puente

que se arquea con todo su esplendor parabólico en forma de Y.

Olvidado de que abajo corre el río –de que insiste en correr

y restregar y acarrear a puñados la tierra–, me dispongo

a reunirme con los rostros de edificios que brillan

Sobre las copas de los árboles engranados en un calicó de verdes.

Y durante unos predispuestos segundos cada mañana, vuelvo

a mis doce años con mi padre de pie tras la ventana de su cuarto

en un décimo piso de hospital, mi padre contemplando este mismo

puente como un hueso de mamut adolorido

por la gravedad de su propio denso peso.

En el cristal, tibias dosis de luz hacían revivir la ciudad,

mientras yo velaba inquisitivo su sueño preguntándome

si le era posible soñar en medio de tal insomne blancura:

¿Estaría cayéndose, o volando acaso? Quién era él, quién era yo

bajo sus ojos revoloteantes como pájaros de tejado a tejado,

y se iban desgastando las estrellas mañaneras y los coches

se azuzaban a la hora pico por las avenidas

cual diminutos glóbulos de sangre por su vena, la intravenosa

descendiendo en espiral como un cordel

de transparente regaliz alimentando

su antebrazo entre moretones de lavanda y perla –colores

de la bruma matinal y las píldoras en su lengua–.

En tanto que la sala permanecía estéril por el habitual silencio

entre nosotros, se curaron sus puntos de sutura. Por tres días

le serví agua o jugo en marchitos vasos de papel,

salté, sin audio, de una a otra telenovela y concurso de televisión

y rellené los pedidos de comida prescrita como Dieta Blanda.

Durante tres noches le coloqué almohadas planas y extrañas

alrededor de su cuerpo que parecía una S caída junto a la cama

y allí mismo revuelta con sucesivas camadas de rígido percal.

Cuando se le ordenó caminar, lo tomé de la mano, nos dirigimos

juntos a la ventana y me dijo: –Algún día

aprenderás a construir puentes así–. Hoy

cruzo este puente, esta ciudad, y abarco todavía la callada

distancia entre nosotros con el recuerdo de un padre y su hijo

tomados de la mano, y amándose en secreto.


* Tomado de la revista Casa No. 282.

Sea el primero en opinar

Deja un comentario