noviembre 3, 2026

Perdidos sitios de la felicidad

por: Nelson Simón

No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz.

Delfín Prats


La casa de mi felicidad, existe en mi memoria.

Vuelvo a ella como quien abre una caja de música

descompuesta y percibe aquello que le fue familiar en esos

espacios cargados de significado que tiene el silencio.

Siguen sobrecogiéndome de una manera extraña el olor del

café y el sonido del jarrito de peltre en la cocina. Me

transportan a la casa primera y sus fantasmas. A la voz de las

tías, al padre ocasional, a la abuela que confunde los límites

del sexo al nombrarme, a la madre que se empina para mí

como las casuarinas.

El recuerdo también puede ser un río del que nunca sales

siendo el mismo. Escucho a las ventanas silbando. Los frutos

del jobo golpeando en el tejado. La gota pertinaz del tinajero

y el mugir de la vaca extendiéndose por misteriosos y oscuros

yerbazales. Son las voces secretas de aquello que te amó y

amaste. Nada palpable queda de todo lo que fue la casa y el

país. Quizá aquella luz que añoro fuera menos ambiciosa.

Quizá un poco más ingenua. Tal vez nunca existiera.

Lo perdido cobra dimensiones que de pronto no caben en el

pecho. Las cosas van muriendo y apenas te das cuenta de la

caída de la última hoja o de la primera floración que

contemplaste.

He cambiado de piel en tantas ocasiones que no me reconozco

ni en esa lejanía absurda del emigrante ni en las palabras que

sostiene al país.

Sólo mi memoria ha logrado reconstruir aquella casa como un

icono de la perdida felicidad, como único lugar dónde

sostener mis interrogantes.

Ni siquiera sabíamos que los retratos familiares también

envejecen. Que los muertos siguen dialogando desde su

rigidez. Que la felicidad sólo puede mirarse desde lejos.

Ni siquiera advertimos que teníamos el cielo, que la luz era

nuestra, mientras mirábamos al cielo utópico de otros héroes.


* Tomado de la revista Casa No. 251.

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