agosto 22, 2026

Cara de un ángel

por: Denise Chávez

«Un cuento largo»

Luardo mi padre. Dolores mi madre. Héctor mi hermano. Mara mi prima. Padres. Madres. Hermanos. Hermanas. Primos. El concepto de nombrar se pone en medio. Ahora que soy mayor me permito ver a mi familia como personas. Personas como yo misma con hambre y esperanza. Personas con defectos.

Luardo fue alguna vez papá, y mientras yo crecía Dolores llegó a ser Dolly.

Yo siempre fui Soveida. La Soveida que se sentaba en otros cuartos.

¿Qué clase de nombre es ese?

Es el nombre de una mujer muerta. La otra Soveida era una mujer embarazada con dos niños chiquitos. Solamente tenía veintisiete años cuando se murió instantáneamente en un accidente automovilístico. Dolores leyó sobre ello en el obituario. Le gustó el nombre. Se le quedó. Yo, Soveida Dosamantes, soy su tocaya. Sin marido. Sin hijos. Hija de. Hermana de. Esposa de. Madre de nadie sino de ella misma. Una niña indefensa que nunca hubiera escogido ese nombre.

Estoy casi sin padres. Mi madre, Dolly, es para mí más como una hermana que una madre. Mi padre, Luardo, nunca fue un padre verdadero, era más como un tío desagradable. Mi familia verdadera son mi abuela, Mamá Lupita, y mi prima, Mara.

Yo nunca conocí la cara de la verdadera Soveida, pero sí me la he imaginado muchas veces en mis sueños. Veo a su orgullosa y fértil desnudez, una visión de la vida bailando en un cuarto cercano, su cabello largo y oscuro fluyendo. En mis sueños es siempre joven, no como sería ahora: de setenta y dos años, canosa, con panza hinchada, una niñera chupando el pasado como una menta.

No los quiero llamar por esos nombres. Madre. Padre. Hermano. Hermana. Primo.

Cuanto más vivo, más veo que es la misma vida, el mismo cuento, los mismos personajes. Todos con la misma cara.

Cuanto más pienso en ello, más tuvo que pasar.

Mi abuela Lupita dice:

Soveida, te gusta leer. Lo que estás leyendo es el cuento del mundo. Todos tienen un cuento, tu mamá tiene un cuento, tu papá tiene un cuento, aun tú tienes un cuento para contar. Cuéntalo mientras puedas, mientras tengas la fuerza, porque cuando llegas a tener mi edad, el contar se hace más difícil. Los recuerdos son la ropa en tu clóset que nunca te pones y tienes miedo de tirarla porque lastimarás a alguien. Pero te das cuenta un día muy largo, m’jita, de que no queda nadie a quien lastimar sino a ti misma. De repente te haces vieja. Amas tu vida. Cantas. Bailas. Ríes. Amas. Lloras. Tuvo que pasar. ¿No ves? Te acuestas. Y después te despiertas de repente con una boca llena de cenizas, solamente cenizas. Un recuerdo de dulzura enterrada en la tierra. M’jita, todos tienen que morir.

Yo hablo por ellos ahora. Madre. Padre. Hermano. Hermana. Prima. Tío. Tía. Marido. Amante. Sus memorias son mías. Ese dulce contar mío. Mía la ceniza. Es un cuento largo.


* Tomado de la revista Casa No. 252.

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