junio 19, 2021

Notas para un análisis histórico del Derecho y el Estado

La historia lineal también se la puede encontrar como un fundamento de la modernidad industrial que propone lanzar el tiempo para adelante como si se tratase de una línea de progreso y aceleración.

Introducción

Se puede realizar un análisis lineal de la historia. La linealidad es una característica de la historia judía, de la historia cristiana. Me explico, en la concepción religiosa de la historia hay un génesis y hay un apocalipsis, o un evento de cierre, de llegada, de punto final. Hay un fin. Incluso ese fin se convierte luego en la razón de ser todos los eventos [1].

Un historiador de la edad media llamado George Duby, escribió un libro titulado: año 1000, la huella de nuestros miedos. En este libro Duby retrata la manera en la que la gente europea en el año 1000 pensaba que estaba a punto de vivir el fin del mundo, que se vivían miles de azotes naturales, catástrofes y todo por los pecados de la gente.

Todas las generaciones sienten que viven en el fin del mundo [2]. Incluso cuando se escribía el apocalipsis, su autor (el apóstol Juan) pensaba que estaba a punto de llegar el fin del mundo. El año 2000, el año 2012, etc., son las versiones contemporáneas de este fin del mundo, y a la vez las expresiones más claras que tenemos sobre la concepción lineal de la historia.

Esta linealidad de la historia puede llevarnos a pensar que las cosas suceden por algo, es decir que existe una teleología, una razón que se explica al final. Como una especie de tele-novela, en la que todos los caminos conducen al final, y se justifican con el final. Esa manera de concebir la historia es también consecuencia de la linealidad que se precisa a momento de narrar una historia, de escribir la historia. Es una condición de la historiografía. Se comienza con un origen, se parte necesariamente de alguna prótesis de origen (es decir precisamos el origen para empezar). Recuerdo que Marshall Mcluhan señalaba que la invención [3] de la imprenta condicionó muchas cosas, entre ellas que el mundo tal y cual lo conocemos deba de ingresar en una hoja de papel. Entre las consecuencias de este introducir el mundo en un papel se encuentra la linealidad historiográfica.

La historia se la escribe desde el presente y tiene muy pocas condiciones de escapar del presente, en consecuencia, muchas veces se hace historia para dar cuenta de este presente, y en esta tarea se esconde un tufo teleológico e historicista.

El historicismo es el nombre técnico de la historia lineal.

La historia lineal también se la puede encontrar como un fundamento de la modernidad industrial que propone lanzar el tiempo para adelante como si se tratase de una línea de progreso y aceleración.

Hay otras formas de analizar la historia. Hay una serie de observaciones críticas a la manera en la que se concibe a la historia lineal. No ingresaré a ellas. Lo que quisiera revisar, incluso dentro de esta historia lineal son determinados momentos, determinados episodios que son fundamentales para comprender la historia del Estado y del Derecho en Bolivia. Creo que podemos denominar a estos episodios como “momentos constitutivos”.

Momentos constitutivos

Momento constitutivo es una categoría desarrollada por René Zavaleta Mercado en la que se trata de dar cuenta de aquel momento en el que las cosas empiezan a ser lo que van a ser por un largo tiempo. Es decir, cuando se estructuran formas de vida social, económica y política que se han de desplegar por un largo tiempo, hasta que llegue un nuevo momento constitutivo. Entonces, se trata de un momento de articulación de saber-poder-praxis y subjetividad.

La estrategia de Zavaleta consistía en recorrer la historia hasta encontrar un cambio estructural que daba cuenta del presente en que vivimos, entonces rastreaba las causas que producían este momento constitutivo a partir de la revisión histórica, de los procesos políticos que lo puedan explicar. Entonces comprendía que hubo un momento constitutivo anterior.

En la idea de Zavaleta de lo que es un momento constitutivo se encuentra presente una manera, una forma específica de articulación del Estado y la sociedad, también llamada forma primordial.

Un ejemplo. Zavaleta consideraba que un momento constitutivo fue la revolución de 1952, debido a que ésta (re)configura un determinado modelo de estructuras y de formas de vida social que se desplegaron por un largo tiempo. La revolución no sólo generó transformaciones en la noción de ciudadanía, o en la tenencia de la tierra, sino que generó las bases, muchas veces inconscientes, de cambios y transformaciones en las maneras de intervención política de la población, me refiero a procesos de organización de la sociedad civil, movilizaciones sociales, articulaciones de territorios, y con estas prácticas, territorializaciones y desterritorializaciones.

Entonces una manera de analizar la historia puede ser buscando estos momentos constitutivos, estos momentos en los que se genera una manera de articulación de las relaciones de poder en una sociedad determinada.

Los momentos constitutivos están relacionados con procesos políticos específicos, es decir procesos de organización de la sociedad civil, de articulación de discursos, como formas y modos de representar y politizar las crisis y conflictos que llevan a la generación de un momento constitutivo.

Esta estrategia me parece plausible para dar cuenta de un análisis histórico de las relaciones de poder en nuestra sociedad, y también de las transformaciones del Derecho y del Estado.

Una manera de dar cuenta del Estado

Desde mi comprensión el Estado no es algo. No es una cosa. El Estado es una estructura de relaciones de poder.

Pero si no es una cosa, no es algo. ¿Cuándo y cómo podemos estudiar al Estado? La respuesta a esta pregunta es la tesis central de mi intervención aquí, en este curso.

El Estado se materializa en determinados momentos, en determinados actos. Lo hace con mucha fuerza y deja una huella, una marca de costumbre.

Haré un paréntesis, para contarles algo que leí recientemente.

“Minas, mote y muñecas” se llama el último libro que leí, le pertenece a un antropólogo británico llamado Andrew Canessa. El libro trata de su interacción con un pueblo denominado Wila Kjarka, que habita en la provincia Larecaja de La Paz. Cuando Canessa explica la cosmovisión o la religión de este pueblo se encuentra algo muy interesante. No puede hacerlo, intenta preguntar al Yatiri pero no encuentra respuestas claras. Resulta que la cosmovisión y la religión no es algo que suceda todo el tiempo en la vida de los wilakjarkeños, sino que sucede en determinados momentos de su vida que se imprimen con tal fuerza que se vuelven en un sentido común de este pueblo.

Retornemos al Estado. Éste se materializa en determinados momentos y deja una huella perecedera, imprime su huella en los cuerpos, en las prácticas, en las instituciones. Al igual que la religión o la cosmovisión en cada uno de nosotros y no sólo en los wilakjarkeños de Canessa.

Estos momentos pueden ser constitutivos de la identidad de una sociedad, de la relación de legalidad, institucionalidad y legitimidad. Recordemos que en un momento constitutivo se articula una forma de relacionamiento del Estado con la sociedad civil.

Entonces, como diría Bourdieu [4], Gupta [5] y García Linera [6], el Estado no es más que un conjunto de relaciones, una creencia colectiva generalizada, el interés común ilusorio.

En la sociología de Bourdieu la función del Estado es estratégica, en tanto es la instancia reguladora de las prácticas que permiten garantizar y legitimar la producción de un orden común.

Bourdieu define al Estado “como un conjunto de campos de fuerzas en el que se desarrollan luchas que tienen por objetivo el monopolio de la violencia simbólica legítima, es decir el poder de constituir y de imponer como universal y universalmente aplicable en lo concerniente a una nación –es decir, en los límites de la frontera de un país, especialmente a través del derecho, la escuela el impuesto, la burocracia, etc.– un conjunto de normas coercitivas”. [7]

El Estado es entonces una máquina relacional de dominación. Pensar al Estado de esta manera nos acerca más a la noción foucaultiana de Estado y de Derecho.

La manera foucaultiana de ver al Derecho y al Estado

Para Michel Foucault el Estado es una máquina terrible de dominación.

“Desde hace siglos el Estado ha sido una de las formas de gobierno humano, de las más extraordinarias y también de las más temibles. El hecho de que la crítica política haya reprochado al Estado que sea simultáneamente un factor de individualización y un principio totalitario resulta muy revelador. Basta observar la racionalidad del Estado naciente y conocer cuál fue su primer proyecto de policía para darse cuenta que, desde sus comienzos, el Estado fue a la vez individualizante y totalitario” [8].

El Derecho no deja de ser otra máquina terrible de dominación. Foucault propone estudiar las relaciones de poder, que tanto el Estado como el Derecho ponen en juego, a partir de sus efectos, es decir allí donde el poder se vuelve capilar.

Foucault repite en su curso de 1976 (Defender la Sociedad [9]) que se debe estudiar al poder por el lado de los efectos que produce, por el súbdito que constituye y no así del lado que lo intenta justificar, dicho de otro modo, no del lado de la soberanía.

Estudiar al poder desde sus efectos, desde lo que estos generan, es también una forma de leer estas materializaciones del Estado y del Derecho.

Foucault propone, además, en su curso de 1976, una estrategia de estudiar al poder como una forma de represión, esa la relación de máquina terrible que mencionábamos con el Estado y con el Derecho.

Foucault en su curso de 1976, Defender la Sociedad, se pregunta: ¿De qué se dispone actualmente para hacer un análisis del poder?

Creo que podemos decir que, en verdad, disponemos de muy poca cosa, señala Foucault. Contamos, en primer lugar, con la certeza de que el poder no se da, ni se intercambia, ni se retoma, sino que se ejerce y sólo existe en acto. El poder es relacional, precisa de relaciones.

Si el poder se ejerce, entonces un análisis del poder debería ser un análisis de los mecanismos de ese ejercicio de poder.

Si el poder es en sí mismo puesta en juego y despliegue de una relación de fuerza, Foucault se pregunta ¿no hay que analizarlo en primer lugar y, ante todo, en términos de combate, enfrentamiento o guerra?

Entonces tendríamos que el poder es la guerra, la guerra proseguida por otros medios, en consecuencia se invertiría la proposición de Clausewitz (la Guerra es la política por otros medios) y se diría que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Esta es tal vez la lección más importante de Foucault en este curso de 1976.

Sin embargo decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, supone decir algunas cosas más:

Primero que las relaciones de poder, tal como funcionan en una sociedad como la nuestra –señala Foucault–, tienen esencialmente por punto de anclaje cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable.

Segundo, el papel del poder político, a través del Estado y del Derecho, sería reinscribir esa relación de fuerza, por medio de una guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, en los cuerpos de unos y otros, señala Foucault.

“A saber que dentro de esa paz civil, las luchas políticas, los enfrentamientos respecto al poder, con el poder, por el poder, las modificaciones de las relaciones de fuerza -acentuaciones de un lado, inversiones, etc.-, todo eso, en un sistema político, no debería interpretarse sino como las secuelas de la guerra. Y habría que descifrarlo como episodios, fragmentaciones, desplazamientos de la guerra misma. Nunca se escribirá otra cosa que la guerra misma, aunque se escribiera la historia de la paz y sus instituciones” [10].

Entonces, siguiendo la estrategia de Foucault, es posible realizar un análisis histórico del Derecho y del Estado a partir de las relaciones de poder que pone en práctica. Así también podemos ver las materializaciones del Estado que dejan huella, una huella perecedera.


1 Sobre la influencia judía en la concepción de la historia véase a Mircea Eliade, El mito del eterno retorno, Madrid, Alianza, 2000.

2 Esta idea la tomo de Slavoj Zizek. Viviendo el final de los tiempos. Madrid: Akal, 2010.

3 Se dice que la imprenta la inventaron los chinos y que Gutemberg solo adaptó este invento y lo presentó a Europa.

4 Bourdieu, Sobre el Estado. Barcelona, Anagrama, 2014.

5 Abrams, Gupta et al. Antropología del Estado, México, FCE, 2015.

6 García Linera, Prada, et al, El Estado, campo de lucha, La Paz, Muela del Diablo y Clacso, 2010.

7 Chevallier, Chauvire. Diccionario Bourdieu. Buenos Aires: Ed. Nueva Visión, 2011, página 85

8 Cita tomada de Michel Foucault, la vida de los hombres infames, La Plata Argentina, Editorial Altamira, página 137.

9 Para mayor referencia puede verse a Michel Foucault, Defender la Sociedad, Buenos Aires, Ed. FCE, 2002.

10 Michel Foucault, Defender la Sociedad, Buenos Aires, FCE, lección del 7 de enero de 1976.

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