No cabe la menor duda que en el mundo actual se continuará ampliando el debate sobre la libertad de expresión, la democracia y el derecho ciudadano a acceder a una información de calidad que esté lo más alejada de la manipulación y los intereses particulares.
Un grupo bastante pequeño de medios y periodistas con intereses y sentimientos contrarios a los que se construyen desde los procesos de cambio en América Latina, se han convertido en la columna de vanguardia de las fuerzas destructoras del capital, lo cual no significa otra cosa que de los intereses de una burguesía imperial y de sus oligarquías locales. Los que forman este grupo siempre han existido, aunque su articulación se da, como es lógico suponer, en el momento que irrumpen en escena procesos y gobiernos que se proponen un horizonte poscapitalista. Es más, algunos de estos –periodistas, analistas o líderes de opinión- incluso no ocultaron los excesos de injusticia cometidos por uno u otro gobierno neoliberal, pero finalmente depusieron sus diferencias de matiz para ponerse la camiseta del capital al momento que percibieron el rumbo político de los gobiernos revolucionarios y progresistas.
Al producirse esta tensión, en medio de un desarrollo científico-tecnológico desde la década de los 90, los actores tomaron partido y se sumaron a los movimientos del tablero político y geopolítico. Este grupo del que estamos hablando optó por instrumentalizar conceptos y temas como la libertad de expresión para afectar la imagen de gobiernos y líderes que, por el contrario, son el resultado de la ampliación de la democracia y síntesis de los intereses y sentimientos de la inmensa mayoría de la gente. Nunca hasta antes de estos procesos, que tienen otro tipo de errores que se los debe rectificar, la gente tuvo la libertad de canalizar, en las calles y en las urnas, lo que piensa y lo que aspira como horizonte de vida.
Al ponerse de lado de los intereses particulares, la libertad de expresión se convierte ya no en una condición fundamental de la democracia, sino mas bien en una amenaza a la democracia. Cuando se construyen realidades virtuales y mediáticas a partir de agendas basadas en los intereses de unas minorías, lo que se atenta es contra el sentido y el bien común. Y esto es lo que hacen algunos medios y periodistas. La libertad de expresión no solo es para los que trabajan en el periodismo, pero es quizá donde mejor se puede ver la grosera manipulación que se hace de ella.
La manipulación del concepto de libertad de expresión, que no es otra cosa que la puesta en marcha de la Guerra de IV Generación, es un atentado a la democracia, cuyos estrechos límites liberales en América Latina se han ampliado y enriquecido en los últimos dieciocho años por el papel protagónico de los sectores sociales. La gente se ha elevado de su condición de ciudadano-voto a sujeto de la construcción de su propio destino. Y eso es lo que los partidarios de la condición clasista y colonial de la sociedad asumen como amenaza y sacan de sus cajones de escritorio la bandera de principios como la libertad de expresión que nunca la quisieron para disfrute de las mayorías.
Pero el tema de la libertad de expresión no representaría una amenaza para la democracia si no estaría siendo manipulada, con cierto éxito habrá que reconocer, por quienes se refugian en ese concepto para defender un tipo de sociedad y de Estado que más bien sintetizan los intereses de acumulación y reproducción del capital. El momento en que se toman algunos elementos de la realidad para construir una realidad mediática, deliberadamente se transita de la libertad de expresión a la dictadura mediática. Y eso es lo que hace ese grupo de la sociedad.

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