octubre 28, 2026

Una perspectiva no pesimista de nuestra historia y nuestras pérdidas territoriales

por: Ernesto Castillo 

La geógrafa francesa Letitia Terrier Brúsle afirmaba en un trabajo suyo que, “todos los escritos geopolíticos en este país, elaborados por civiles o militares se focalizan en un tema único: mostrar la legitimidad de la existencia de Bolivia. Detrás de la omnipresencia de esta cuestión se dibuja una angustia colectiva, la de la desaparición…”

Factores estructurales, como la evidente dificultad de nuestro Estado para sentar presencia efectiva más allá del macizo andino o el propio contexto latinoamericano envuelto en ese entonces en guerras para determinar dónde empezaba y dónde terminaba el territorio de cada nación, son una introducción necesaria para comprender la verdadera dimensión de nuestra historia.

Esto me lleva a cuestionar una tesis muy popular durante los últimos años, aquella que sostiene que el problema con Bolivia es y siempre ha sido su clase política. Si es así, y si Zavaleta se equivocaba cuando afirmaba que los gobernantes de aquellos tiempos confundían el tamaño del país con el tamaño de su hacienda, entonces tal vez debemos introducir algunos matices respecto a nuestros juicios sobre aquellos que gobernaron Bolivia desde 1825 hasta el día de hoy.

Esfuerzos innegables para consolidar la presencia del Estado boliviano en las costas del Pacífico se realizaron durante las presidencias de Santa Cruz (aunque pensando más allá de Bolivia) y José Ballivián. Desde el intento de establecer la Confederación Perú-Boliviana hasta el pedido del segundo al Congreso boliviano para adquirir naves marítimas, dejan en claro de que se tenían en ese entonces ideas muy claras acerca de la realidad geopolítica de Bolivia.

De la misma forma, por muy sorprendente que suene, la propia creación del departamento de El Litoral durante el gobierno de Melgarejo es un elemento a tomar en cuenta. Más allá aún, las dignas posiciones sostenidas previamente, durante y después de la Guerra del Pacífico por diplomáticos como Rafael Bustillo, demuestran que los que dirigían Bolivia en ese entonces no eran tan pusilánimes como se tiende a pensar.

Y sí, tal como lo demuestra Carlos Mesa en su libro Historia del Mar Boliviano, existe una línea coherente en el Estado que viene desde la diplomacia boliviana respecto al tema del mar, desde las primeras peticiones ante la Liega de Naciones hasta la actual demanda contra el Estado de Chile en la Corte Internacional de Justicia. Tan mal, entonces, no estamos ni hemos estado en cuanto a la conducción de ciertos temas desde el gobierno, aun tomando en cuenta lo injusto del Tratado de 1904, que no cuestionamos en nuestra estrategia marítima por razones estratégicas.

No obstante, la responsabilidad de la clase política desde 1860 hasta 1879 en la perdida de nuestra salida al mar tampoco debe menospreciarse. Inexplicables errores como el cometido por Narciso Campero en su conducción de la Quinta División o el simple hecho de que se haya derrocado al presidente Daza en plena guerra, sin mencionar los impronunciables actos de Melgarejo al designar autoridades chilenas como ministros de carteras bolivianas, deben recordarnos que sí existen personajes más infames que otros en nuestra historia.

La agilidad y audacia de la clase política chilena fue éticamente cuestionable, sí, pero también fue efectiva. Las circunstancias la favorecían, al estar aliada a capitales británicos, mientras que nuestra suerte parecía una condena divina, luego del maremoto, la sequía y la peste de mediados de 1870. Pero en realidad no era una cuestión de fortuna. Ellos tenían una armada, nosotros no. Ellos tenían una línea de razonamiento heredada desde Portales, nosotros solamente la algunas cabezas de Estado con una conciencia clara, envueltas en las guerras que el poder siempre ha producido en esta parte del mundo.

Sostengo que es exagerado culpar a nuestra clase política por todas nuestras pérdidas territoriales e incluso por nuestra pobreza, pero tampoco debemos olvidar que una clase política, de cualquier tendencia (izquierda o derecha) tiene, en última instancia, la obligación de rendir cuentas por la situación de su país. Bolivia logró sobrevivir a varios despojos territoriales hasta bien entrado el siglo XX, y eso motivó incluso una revolución, la más impactante de nuestra historia. Esta certeza, entonces, es apoyada por la sola llegada de Villarroel a la presidencia.

Ahora bien, volvamos a la reflexión inicial. A pesar de sus derrotas, y considerando sus no pocas victorias y episodios heroicos, Bolivia se mantiene como un hecho y se pude decir que hoy, a casi dos siglos, es un Estado consolidado. Esta es otra observación muy precisa de Mesa en su libro. Perdió el Acre, pero se quedó con una gran parte de su Amazonía y es un actor relevante en esta cuenca. Bolivia perdió una parte del Chaco, pero sigue siendo un actor fundamental en la cuenca del Plata. Bolivia perdió el litoral y no es un actor de veto en la cuenca del Pacífico, pero hay una línea coherente para regresar allá.

Y los territorios que sí pudimos defender son hoy los epicentros de nuestras oportunidades económicas, desde los campos de gas en Tarija defendidos durante la Guerra del Chaco hasta los bosques de castaña que no nos quitó Brasil (de hecho somos los primeros productores de castaña en el mundo o al menos lo éramos hasta la repentina disminución de su producción por los efectos del cambio climático a principios de este año).

Las disputas territoriales en Latinoamérica continuaron durante mucho tiempo, hasta la década de los 90s del siglo XX con la guerra peruano-ecuatoriana por territorio amazónico. Hubo países que perdieron mucho, como nosotros o Colombia (de donde surgieron Panamá y Ecuador) y países que ganaron el doble, como Chile y Brasil. El francés Phillip Le Billone demuestra que países ricos en recursos naturales son más vulnerables a guerras civiles e internacionales. Bolivia es una prueba viviente y sobreviviente a esa afirmación.

Al final, logramos colonizar exitosamente nuestro propio territorio, aunque no siempre gracias a los esfuerzos del Estado, tal como demuestra Pilar Gamarra en su libro El Desarrollo Autónomo de la Amazonía Boliviana. Y es más, la identidad boliviana se sobrepone a todas las demás identidades dentro de nuestro territorio, como es el caso del departamento de Pando, de acuerdo a Wilder Molina y como parece haberlo logrado el Estado Plurinacional. 


*    Estudiante de la política

Sea el primero en opinar

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*