por: Denisse Arancibia
Acabo de hablar con un exnovio. Me confesó su fantasía: desea que hubiese alguna alusión a nuestro amor juvenil en mi película y mientras yo trataba de encontrar las palabras para decirle amablemente que no lo hice recordé que esa es la razón por la que somos cineastas.
A través de nuestro trabajo intentamos complacer las fantasías más inocentes, ocultas, oscuras, graciosas y románticas de los demás (y las nuestras también).
Recuerdo que cuando tenía diez años, vi “Hook” con mi familia. En el preciso instante en que Peter Pan (Robin Williams) recuerda cómo volar sentí algo indescriptible. No se trataba de un simple nudo en la boca del estómago, tampoco un escalofrío; era algo más, era mi corazón diciéndole a mi cerebro: “esto tienes que hacer” o “esto tienes que intentar hacer”. No sabía qué era ni cómo se hacía; pero sentí una profunda necesidad de gastar toda mi vida buscando despertar aquella misma sensación en otro ser humano.
No puedo explicar de otra manera la lucha que todos los cineastas bolivianos afrontamos cada día de nuestra vida. Estamos en uno de los países menos amigables para ser artista (o para morir intentándolo). En mi país el arte no es considerado un oficio, muchas veces es considerado un hobby y un hobby no te da de comer. El estado nos da la espalda, somos un oficio sin ley impulsado por la pasión.
El problema lo conocemos de memoria: financiamiento. Financiar una película en Bolivia es un objetivo hasta iluso. Mientras no entendamos como estado y sociedad que el arte es una necesidad, es un pilar fundamental para la construcción de identidad, la situación no va a cambiar. Nos cuesta confiar en nuestros propios proyectos, es difícil encontrar quien invierta en arte; hay algunos que “ayudan” con algunas moneas al hobby de esos entusiastas y despeinados hippies que quieren hacer sus locuritas (¿se siente el sarcasmo?). Y es un círculo vicioso, nosotros los artistas no le explotamos la cabeza a los espectadores y ellos, a su vez, no comprenden que necesitamos de su apoyo y asistencia para continuar aprendiendo y haciendo cine.
Por otro lado tenemos que lidiar con la complacencia. En esta época de la abundancia de información hemos llegado a creer que no es necesario formarnos. Estudiar se ha vuelto cosa de tontos a pesar de tener espacios de formación, el talento y los quince minutos de gloria en el YouTube parecen ser suficientes y probablemente lo sean para algunos. El problema es que corremos peligro de perder el rigor en la creación de obras artísticas.
Y por último –y por ello no menos importante- está el ego. No diré más sobre este punto porque mi ego no me lo permite.
Pero todo vuelve al mismo punto: la pasión. La adicción que hace que ver películas sea vital. Las personas necesitamos consumir estas historias ficticias que nos cortan la respiración. Y yo me digo a mi misma: ¿qué mejor trabajo que ese? El trabajo y oficio del artista, o de los que intentamos serlo, es una necesidad básica de la sociedad. Necesitamos el arte como necesitamos comer o respirar y ya es hora de que lo sepamos como comunidad. Aceptemos de una vez que morimos por ver volar a Peter Pan, o por ver a Forrest y Jenny abrazándose frente al monumento a Washington, a Alex recuperarse de su lavado de cerebro al ritmo de Beethoven, a Diego y Gael besarse con pasión; necesitamos ver al Vito al Brillo y su Camión. Soñemos y luchemos porque Bolivia sigua produciendo ese cine que te revuelve las entrañas. Y entendamos que con el apoyo de todos el cine boliviano crecerá, madurará, evolucionará y revolucionará… más aún.

Leave a Reply