agosto 16, 2026

Bolivia, Lenin y la lucha contra la corrupción

por: José Galindo

El libro El Estado y la Revolución difícilmente puede ser considerado la última palabra en cuanto a teoría del Estado –y sería imposible que sea así dada la antigüedad del texto- y es, sin embargo, una piedra fundamental para entender el pensamiento político occidental en este eje. Pero su utilidad no se limita a la comprensión de realidades abstractas, ni mucho menos debería ser considerado un trabajo atractivo sólo para marxistas. Fenómenos tan actuales y perversos como la corrupción, el clientelismo y el prebendalismo pueden ser abordados desde esta lectura.

El libro fue escrito al calor de la revolución rusa, en 1917, con el objetivo de orientar al partido bolchevique en su papel de partido gobernante. Se había tomado el Estado, y ahora se debía saber qué hacer con él. Y para hacer eso, se tenía que saber, también, que era en el fondo esta gran maquinaria de opresión; cuáles eran sus principales engranajes, qué motor lo mantenía funcionando, cómo construir el socialismo una vez depuesta la anterior clase dominante.

Las tesis de Lenin en este libro son abundantes, demasiadas como para abordarlas acá. Todas parten de los escritos de Marx y de Engels, la mayoría respondiendo a tergiversaciones del marxismo cometidas por Karl Kautsky y todas siguen la máxima marxista sobre la filosofía y el mundo… “de lo que se trata es de cambiarlo”. El libro fue escrito en un lenguaje fuerte, apasionado, pero también riguroso y coherente.

Algunas de estas tesis son, saber: el Estado es un instrumento de opresión de una clase por otra; el Estado es producto del carácter irreconciliable de la contradicción de clases dentro de una sociedad; el Estado burgués tiene dos brazos fundamentales, que son la burocracia y las fuerzas armadas; el Estado burgués debe ser demolido y reemplazado con el Estado socialista o “la dictadura del proletariado”, el Estado socialista se extinguirá gradualmente hasta dar paso al comunismo.

De entre estas tesis, es la relacionada a los aparatos represivos y administrativos del Estado la que nos interesa. Los gobiernos progresistas de nuestro continente han demostrado que es posible, para los oprimidos, alcanzar el poder del Estado, pero también han demostrado, a pesar de la experiencia, que no saben qué hacer con él. Corrupción, prebendalismo, clientelismo y otras prácticas que parecían ser simbólicas en el neoliberalismo se repiten acá y ahora, y son un desafío que merece mucha reflexión.

“La burocracia y el ejército permanente son un “parásito” adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito engendrado por las contradicciones internas que dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que “tapona” los poros vitales (…). En particular, precisamente la pequeña burguesía es atraída al lado de la gran burguesía y sometida a ella en medida considerable por medio de este aparato, que proporciona a las capas altas de los campesinos, de los pequeños artesanos, de los comerciantes, etc., puestos relativamente cómodos, tranquilos y honorables, los cuales colocan a sus poseedores por encima del pueblo”

En una sociedad como la boliviana, donde el trabajo dentro del Estado adquiere connotaciones hasta seductoras, estas palabras son importantes para comprender que se trata de un aparato cuyo principal motor es la motivación por el asenso social. Y nada puede ser mejor caldo de cultivo para la corrupción y otras prácticas políticas públicamente condenadas pero colectivamente admiradas que la administración pública entendida como botín cuya conquista es uno de los principales objetivos de los partidos que compiten por la conquista del poder, sea en una contienda electoral o en un golpe de Estado. Y así lo señala Lenin cuando habla de la propia revolución en Rusia y la actuación de los partidos de su Constituyente, afirmando que, “el juego de las combinaciones para formar gobierno no era, en el fondo, más que la expresión del reparto y redistribución del “botín”, que se hacía arriba y abajo, por todo el país, en toda la administración central y local”

La eliminación de estos destacamentos armados y de la burocracia, para ser reemplazada por funcionarios elegibles, revocables y remunerados con el salario de un obrero son las medidas que propone Lenin siguiendo las enseñanzas de Marx a partir de la experiencia de la Comuna de París acontecida a mediados del siglo anterior. Se trata de apuntar al “corazón” del Estado burgués, demoliendo sus cimientos más representativos, junto con el Parlamento de las repúblicas. Esta enseñanza adquiere especial relevancia en estos tiempos y en Latinoamérica. Brasil, Argentina y Bolivia, lamentablemente, han visto a sus gobiernos progresistas envueltos en tramas de corrupción que han jugado un papel importante en su debilitamiento. Más allá de que se haya tratado de una magnificación mediática de un fenómeno que era igual o más escandaloso durante la época neoliberal, lo cierto es que la corrupción es algo mucho menos aceptable en gobiernos “populares” que “conservadores”.

No bastaba, pues, con limitar todos los salarios al nivel máximo del primer mandatario, como en nuestro país, ni tampoco con hacer elegibles (y revocables) aquellos cargos usualmente determinados por la clase política a través del parlamento o el ejecutivo, como sucede con las elecciones judiciales. No sólo se debe democratizar la administración pública, sino que se la debe hacer poco atractiva para aquellos obsesionados con el arribismo social y el enriquecimiento fácil y esto se lo logra solamente haciéndola barata, sin posibilidades de enriquecer a los que se honran con servir al pueblo. No cambiar esto, no quitarle el atractivo económico a la función pública, permitió que se reproduzcan prácticas del pasado, motivando a viejos neoliberales a cambiarse al lado revolucionario, cambiando de partido de la misma forma que lo hacían en los días de la democracia pactada.

“Los obreros, después de conquistar el poder político, destruirán el viejo aparato burocrático, lo demolerán hasta los cimientos, no dejarán de él piedra sobre piedra, lo sustituirán por otro nuevo, formado por los mismos obreros y empleados, contra cuya transformación en burócratas se tomarán sin dilación las medidas analizadas con todo detalle por Marx y Engels: 1) no sólo elegibilidad, sino revocabilidad en cualquier momento; 2) sueldo no superior al salario de un obrero; 3) inmediata implantación de un sistema en el que todos desempeñen funciones de control y de inspección y todos sean “burócratas” durante algún tiempo, para que, de este modo, nadie pueda convertirse en “burócrata”.”

Lenin partía aquí de la premisa de que las funciones de la burocracia podían realizarse mediante simples procedimientos de contabilidad y registro y que cualquier persona medianamente educada podía desempeñar. Hoy en día quedaría por probar aquella premisa, en un mundo globalizado, complejo, con flujos financieros que sólo economistas pueden comprender a cabalidad, con u Estados que han adquirido funciones no sólo más complejas, sino también más especializadas, que requieren profesionales calificados. Pero sea cual sea la respuesta a esta cuestión, lo cierto es que el atractivo de la función pública es la miel que atrae no sólo a abejas laboriosas, sino también a moscas oportunistas.


*    Es estudiante de ciencia política en la UMSS.

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